Ni el Estado ni el mercado resolverán los problemas solos

Alejandro Katz
Alejandro Katz PARA LA NACION
La democracia necesita de una sociedad civil activa y dinámica, que asuma el papel central en la resolución de los problemas y en el diseño autónomo del futuro
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6 de julio de 2017  

Quizá sea ilusorio creer que antes de convertirse en un deslucido y rutinario ejercicio las elecciones fueron el territorio privilegiado para la disputa de ideas expresadas en programas. Quizá sea cierto que nunca hubo demasiadas ideas en la política, como insisten los escépticos que, en el límite del cinismo, ven allí una pura lucha por el poder. Es posible, por supuesto, que el pasado no haya sido tan rutilante como en ocasiones somos propensos a pensar y que el presente no sea tan gris como solemos verlo. Pero quizá sea más razonable suponer que, a la par de la disputa de poder, la política partidaria y la dinámica electoral fueron también el escenario del combate de ideas o, como se dice en ocasiones, con una expresión hiperbólica, de "proyectos de país". Y es también razonable suponer, entonces, que el actual proceso electoral, a pesar de la pobreza discursiva de los protagonistas, es, además de una lucha por el poder y por los privilegios que confiere, una batalla acerca de cómo deberían ser las cosas.

Una interpretación, la que está más a la mano, porque les resulta cómoda y posiblemente útil a los contendientes, pero también conviene a los medios y simplifica las cosas a la ciudadanía, sugiere que esa discusión opone el populismo estatista al neoliberalismo de mercado. Aunque no llega al extremo de la caricatura, se trata naturalmente de una simplificación. Como en toda simplificación, hay en ella algo de verdad: los peronismos tienen dificultad para construir un pensamiento que no exacerbe la intervención del Estado en la vida económica, política y social. No pudieron tampoco, a lo largo de su historia, comprender la relación entre el presente y el futuro, y por ello consumieron las posibilidades del futuro en aras de la satisfacción en el presente. Tan grave como eso, nunca pudieron hacer compatible su concepción del mundo con el ideal pluralista que caracteriza la aspiración democrática: la idea de un otro no idéntico pero tampoco opuesto -tan sólo diferente- les resulta habitualmente extraña y en el extremo, repugnante.

Fuente: LA NACION

También hay algo de verdad en la idea de que el Gobierno sostiene una visión sesgadamente orientada al mercado o, como se dice habitualmente, neoliberal, fundada en la creencia de que el mejor camino hacia la prosperidad consiste en que cada individuo persiga su propio interés y de que el mercado es el único camino para expresar ese interés. Esa creencia entraña también la desconfianza en el Estado y una ausencia de juicio a la vez moral y político respecto de la desigualdad que impera en nuestra sociedad, y desconoce la evidencia tanto empírica como teórica de que la parte principal de los logros de cada individuo depende literalmente más de los azares de su nacimiento y de las oportunidades que tuvo por origen que del propio mérito.

Lo que estas visiones en tantos aspectos enfrentadas tienen en común es que ambas idolatran una fuerza que estaría por encima de la sociedad y que, sustituyéndola, podría resolver sus problemas y construir la mejor versión del destino común. Al estatalismo de los kirchneristas -y del peronismo en general- el oficialismo le opone la primacía del mercado; al estímulo del consumo por medio de la inflación de la moneda le contrapone unas "inversiones" que nunca terminan de llegar y que, si lo hicieran, se concentrarían en sectores que, como el agropecuario, el minero y el energético, precisan escasamente del resto de la sociedad, tanto para la producción como para el consumo.

El énfasis de unos en la preeminencia del Estado y las invocaciones que los otros hacen para atraer el capital son recursos tomados de cajas de herramientas ya conocidas, cuyos resultados futuros no podrían diferir demasiado de los que ya han generado en ese pasado que es la materia con la que está constituido nuestro arcilloso presente. Ningún futuro venturoso se construye rehabilitando la imaginación de los fracasos ya conocidos.

Lo que unos y otros soslayan es la centralidad que la sociedad misma debe tener como el actor principal para la resolución de las dificultades y para el diseño autónomo del futuro. "Si éste no es ya el tiempo -escribía Juan Carlos Portantiero hace veinticinco años- del Estado como organizador absoluto de la sociedad, tampoco lo es el del mercado haciéndolo por sí mismo." Y, luego de señalar que una sociedad civil "abierta, activa, creadora" debe ocupar el lugar central, agregaba: "Esa primacía de la sociedad sobre el Estado el neoliberalismo la plantea desde lo privado, pero es posible pensarla desde lo público, desde la polis".

En una perspectiva comprometida con el futuro, la función del Estado no consiste en buscar el modo de atraer el gran capital, sino en contribuir a crear las condiciones para que sea la misma sociedad la dinamizadora de la vida económica tanto como de la vida política y cultural. Así como un modelo basado sólo o principalmente en la provisión por parte del Estado vuelve a la gente dependiente, aislada y altamente vulnerable ante las decisiones de la administración, un modelo basado en el mercado hace a las personas temerosas y, de este modo, propensas a defender sus propios intereses contra los de los demás, destruye todo sentimiento de comunidad -fundamento de la vida política- y multiplica la angustia que genera un mundo cuyo sentido se nos escapa cada día, al tiempo que extrema desigualdades que ya han llegado a niveles ética y políticamente repulsivos.

Ni el estatalismo ni el mercado resolverán los grandes problemas de nuestro país, entre otras razones porque proponen respuestas erróneas a las preguntas equivocadas y porque se apoyan en sistemas de valores que no están a la altura de las exigencias de nuestra sociedad en el tiempo actual, subordinados a lógicas que, como la del Estado y la del mercado, por definición limitan la autonomía de los individuos y de la comunidad y son insuficientes para proveer un principio de sentido a la vida colectiva.

Es evidente que tanto el Estado como el mercado tienen importantes funciones que cumplir, pero la idolatría de uno o de otro, la aspiración a la primacía hegemónica del Estado o del mercado revela que los defensores de uno u otro modelo anteponen la defensa y ampliación de sus privilegios a la búsqueda del bien común.

Así como tenemos amplia y reciente evidencia del efecto corrosivo que el populismo tiene sobre la vida toda de la sociedad, la creencia acerca de que el capital traerá las soluciones que el país necesita y que para que lo haga deben alinearse todas las decisiones públicas para poner a la sociedad a su servicio no sólo es ideológicamente reprobable, sino que es teórica y empíricamente falsa. La convivencia del liberalismo político con una democracia social sólo puede lograrse estimulando y desarrollando una sociedad civil activa y dinámica, que construya un espacio público vibrante en el cual se discutan y lleven adelante las reformas avanzadas que permitan, nuevamente con palabras de Portantiero, "articular máximos compatibles de libertad, de igualdad y de solidaridad".

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