Recorrido por la bretaña francesa en bici

Histórico molino harinero en St, Grégoire, sobre el canal s''Ille-et-Rance en Francia.
Histórico molino harinero en St, Grégoire, sobre el canal s''Ille-et-Rance en Francia. Fuente: Lugares - Crédito: Constanza Gechter
Cuatro días y 180 km pedaleados en un recorrido que bordea canales, atraviesa bosques y pueblos medievales llenos de encanto y llega al mar, sobre el Canal de la Mancha.
Constanza Gechter
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6 de julio de 2017  • 15:00

A los franceses les encanta recorrer su país en bicicleta. Los senderos se entretejen en casi todo el territorio, y Bretaña, aunque rústica y la más húmeda de las regiones, no es la excepción.

Con 800 km de Voie Vertes o vías verdes libres de autos y una docena de itinerarios bien marcados para bicicletas, visitar Bretaña en dos ruedas da una perspectiva totalmente distinta. Sobre la bici se activan todos los sentidos y la campiña se absorbe con más intensidad, se evitan en gran parte las rutas pavimentadas para ir por caminos secundarios bien señalizados, y el desafío no consiste solamente en llegar sino en disfrutar de la travesía.

Nuestro elegido es el canal d´Ille-et-Rance entre la ciudad de Rennes y St. Malo, más un trozo de costa por la Bahía de St. Michel hasta su famosa abadía. Unos 180 km divididos en cuatro días de andar por las dos Bretañas: un interior más boscoso con canales y esclusas de hace 200 años, castillos y pueblos medievales, y otra más agreste de costa escarpada, viento y mareas cambiantes que mira hacia el Atlántico y al Canal de la Mancha.

DE RENNES A HEDÉ

A Rennes llegamos en tren por la tarde de un día bretón, ventoso y húmedo. Las casas burguesas de estructura de madera que en 1720 se salvaron de un incendio –la mayor concentración en toda la región–, se codean con arquitectura de vanguardia como la del Teatro Nacional de Bretaña con fachada vidriada y curva, o los Champs Libres, que alberga biblioteca, el Espacio de las Ciencias, Planetario y el Museo de Bretaña, una buena introducción a la región.

Al día siguiente, en la vereda del hotel nos aguardan con las flamantes bicicletas, el equipo y el instructivo perfectamente detallado del periplo, día a día, mapa a mapa, y distancias a recorrer en cada etapa. También vouchers de alojamiento, etiquetas para el equipaje que dejaríamos cada mañana en el hotel para ser trasladado, e información turística de los destinos. Tres bicicletas de travesía o paseo para los hombres, y tres tipo Pedelec para las mujeres con asistencia eléctrica al pedaleo facilitado por una batería por si fueran necesarias al borde del mar; aunque más pesadas, con subidas, bajadas y viento, algo de ayuda sería bienvenida. Además, alforjas, candado, casco, inflador y un kit de reparación para alguna emergencia simple.

Aunque el paseo fuera para ciclistas no especializados, todos vestimos calzas de ciclista. Con la perspectiva de cuatro días de siete horas sobre las bicis, las calzas acolchadas marcarían la diferencia entre disfrutar o no de la bicicleteada.

En fila india salimos pedaleando de la ciudad y enseguida encontramos el canal, que de urbano se transforma poco a poco en bucólico. La red de canales que cruza las provincias de Morhiban e Ille-et-Villain fueron caminos de agua que mandó construir Napoleón a partir de 1800, amenazado por el estricto bloqueo naval de los ingleses para facilitar el tráfico de mercancías entre los principales puertos del Atlántico y el interior de Francia. Por el chemin d´halage –sendero paralelo al canal–, caballos y hombres remolcaban los barcos desde las orillas. Los 85 km del canal d´ Ille-et-Rance y su sucesión de pequeñas esclusas se terminaron en los años 30, y décadas más tarde, con la llegada del ferrocarril y luego del auto, abandonaron su función comercial.

Pub en Rennes, Francia.
Pub en Rennes, Francia. Fuente: Lugares - Crédito: Constanza Gechter y Luis Agote

El turismo les ha dado una segunda oportunidad. Hoy tienen fines puramente recreativos y no son pocas las barcazas de distinto tipo que los recorren. Para abrir y cerrar las esclusas está el éclusier o esclusero, una suerte de personaje local. Cada uno está encargado de dos o tres esclusas, como Philippe Hubert, a quien conocemos en la esclusa Les Brosses, la número siete, y que dice amar el trabajo que realiza hace 16 años. Dos kilómetros y medio separan Les Brosses y la ocho, que se llama Le Grugedaine. Entre ellas circula Philippe en moto a lo largo del camino de sirga que bordea el canal para asistir a los barcos que deben sortear las esclusas. Va y viene, viene y va. El ex imprentero está fascinado con su trabajo libre de estrés: cuenta que ayer abrió ocho veces sus dos esclusas, un buen promedio para la temporada alta que va de abril a octubre.

Su trabajo es de lo más solicitado por hombres y mujeres. Su vida es tranquila pero social, e incluye una preciosa cabaña junto al canal que debe mantener impecable, así como su jardín: los encargados compiten por tener su esclusa más atractiva y llena de flores. Hay veces que hasta las propias compuertas de madera de entrada y salida de agua sirven de maceteros.

Con las esclusas se nivela el canal por sectores para hacerlo navegable. El proceso de nivelación le lleva a Philippe 15 minutos y está feliz de recibir ayuda de los ciclistas ocasionales, con quienes charla mientras el agua se eleva ese necesario metro y medio. Para que los barcos puedan superar las diferencias de nivel de agua del canal, al acercase el barco cierra la compuerta inferior de modo que el barco quede dentro de la esclusa; las agua del depósito suben y quedan a la misma altura que las del curso superior del canal. Luego abre la compuerta superior y el barco continúa transitando sin dificultad por el canal.

Quienes navegan lo hacen sin apuro. Como no pueden circular a más de ocho kilómetros por hora, saben que entre Rennes y St. Malo tardan cerca de tres días, y que la lentitud forma parte del placer. Tampoco hace falta ser un experto marinero ni tener un carnet especial. Muchos duermen y comen en el barco, y bajan a pie o en bici a los pueblos para aprovisionarse. Esta modalidad de turismo “slow” y relajado es muy popular en el país galo.

Pedaleamos el último tramo antes de Hedé bajo una fina garúa, pero dentro de un bosque que funciona de paraguas. Los 55 km del día justifican la pâtisserie de la tarde, más la copiosa cena en el hotel: langostinos a la plancha con puré de batatas y salsa, filete de buey con legumbres de estación, y trilogía de chocolate –mousse, helado y torta–, además de la clásica tabla de quesos con un lugar propio en la ceremonia de la comida, después del plato principal y antes del postre.

HACIA DINAN

Sobre el canal y junto al pueblo de Hedé, una escalera de once esclusas a lo largo de solo dos kilómetros es un ejemplo de pericia ingenieril de principios del siglo XIX: permiten superar 27 metros de desnivel en el punto más alto de todo el canal. Es curioso pensar que, a razón de 15 minutos por esclusa, cruzar este sector demanda a los barcos unas tres horas.

Verdísimo paisaje de cuentos de la Bretaña francesa.
Verdísimo paisaje de cuentos de la Bretaña francesa. Fuente: Lugares - Crédito: Constanza Gechter

Entre Hedé y Dinan, la sucesión de pueblos abarca Tinteniac, St. Domineuc, Evran –la charcuterie que encontramos abierta nos proveyó el almuerzo que disfrutamos en un sector de picnic a pasos del agua–, y Lehon, un poblado de cuento construido alrededor de una enorme abadía. Es una suerte que el sendero de bicis no dé opción: a este pequeño pueblo hay que atravesarlo sí o sí, como también al altísimo túnel vegetal que a la salida de Lehon conduce a Dinan.

El canal propiamente dicho termina en Dinan –uno de los pueblos medievales que mejor está preservado de toda la región-, encaramado en el profundo valle del río Rance. Desde el puerto, la subida hacia la ciudadela por las viejas calles empedradas es empinadísima e imposible de pedalear. Por eso, deambular a pie por la rue du Jerzual es un descubrimiento: de la puerta entreabierta de una casa de madera se escapa el sonido de un antiguo clavecín, y en sus crêperies preparan las famosas galettes saladas de harina integral o las clásicas crêpes dulces de postre que acompañan con sidra en taza. Los kilómetros de altas murallas y la docena de torres que en su momento protegían la ciudad agregan su encanto; se las puede caminar para ver los techos de pizarra negra de la ciudad y el valle entero a vuelo de pájaro.

DESPUÉS, ST. MALO

Contra los 42 km que anduvimos el segundo día, desvíos incluidos, los 30 que nos esperan a St. Malo no parecen un desafío complicado. El canal se convierte en un río ancho y el paisaje se asemeja más a un delta, hasta que una bifurcación nos interna de lleno en el campo, lejos del agua. Ya en Dinard el ferry cruza pasajeros y vehículos en pocos minutos hacia St. Malo, uno de los destinos turísticos más populares en toda Bretaña. Es famosa por sus playas, por tener una de las más grandes variaciones de mareas, y por su casco amurallado de cuando los ingleses constituían una amenaza constante. St. Malo resistió hasta la Segunda Guerra Mundial, momento en que la ciudad de intramuros fue destruida en un 80%.

Con la marea alta, el Canal de la Mancha es bravo sobre la costa, al punto tal que unas veces al mes el mar entra en las calles y destruye lo que encuentra a su paso. Por eso, los brise-pames rompen las olas en algunos sectores clave: son postes de madera verticales que debilitan la furia del mar. Es curioso ver cómo, durante la marea baja, las playas pasan de inexistentes a bien anchas y las paredes de cemento de la piscina de agua de mar de la Plage de Bon Secours atrapan el agua, que se renueva luego con la siguiente la marea.

El clima y la perspectiva de un mediodía lluvioso obligan a un cambio de planes. Hacer el tirón de más de 60 km a Mont Saint Michel va a ser difícil. Además, aquí la ruta se comparte con autos y es en pendiente. El plan B es pedalear por la escarpada costa hasta la más cercana Cancale, almorzar y volver al punto de origen, para dejar las bicis y tomar el tren camino a la famosísima abadía rodeada de agua.

El mercado de domingo de Cancale tienta al picoteo: melón, salamín crayon que de lo finito parece un lápiz, queso de oveja, turrón de Bretaña, mega alcauciles, tres colores de tomatitos cherry, nueces y almendras. Así, todo mezclado y puesto a puesto. El broche de oro, las ostras criadas en la misma Cancale en ostreros al borde del mar. El programa se concentra en Port de la Houle y consiste en acercarse a cualquiera de los ostricultores, elegir la variedad de ostra y decidir si se compra por docena o media. Abiertas con cuchillito especial, se entregan con limón para comer ahí nomás, en las gradas que miran al mar.

Mont Saint Michel en Bretaña, Francia.
Mont Saint Michel en Bretaña, Francia. Fuente: Lugares - Crédito: Constanza Gechter y Luis Agote

Ya en Normandía y para que la visitemos a pie, la abadía de Mont St. Michel, una fortaleza inexpugnable accesible durante siglos por vía terrestre únicamente en los momentos de marea baja, nos espera sobre su inmenso promontorio rocoso a 80 metros sobre el mar. En tierras llanas, solo rodeada de una maravillosa bahía y aislada por la marea alta durante unas horas, el masivo islote se destaca lejos en el horizonte. En sus murallas o en lo más alto de la abadía, parecemos estar en la proa de un barco. La hora es justa: al atardecer de un día tormentoso el lugar adquiere una magnitud aún más fuerte, mientras aguardamos que la abadía y sus callecitas medievales comiencen a iluminarse.

Si pensás viajar...

Rando Vélo, Loire Valley Travel | 2 rue Jean Moulin- 41000 Blois- France | info@randovelo.fr | info@biking-france.com | www.randovelo.fr | info@biking-france.com

La excursión incluye el alquiler de bicicletas por cuatro días, alforjas, candado, casco, inflador, kit de reparación, mapas e itinerario detallado. Además, cinco noches de alojamiento en habitación doble con desayuno, una cena en Hede, servicio de transporte de valijas entre hoteles, y pasaje en ferry entre Dinard y St. Malo.

Nota publicada en julio de 2017.

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