Con Kaufmann, nace un nuevo Otelo

En la Royal Opera House de Londres, el tenor está presentándose por primera vez en el título más complejo del repertorio verdiano; triunfa también el director Pappano
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7 de julio de 2017  

Jonas Kaufmann cumple su rol con la necesaria oscuridad y enorme entrega
Jonas Kaufmann cumple su rol con la necesaria oscuridad y enorme entrega

LONDRES.- El día en que los grandes -grandísimos- cantantes abordan por primera vez un nuevo papel pasa de inmediato a la historia. El 21 de junio de 2017 se recordará para siempre como el día en que Jonas Kaufmann se convirtió por fin en Otelo en un teatro de ópera. Tras su largo período de inactividad el pasado año y sus frecuentes cancelaciones, pocos hubieran puesto la mano en el fuego de que este estreno llegara realmente a producirse.

Kaufmann comenzó cantando con valentía: salvó su temible aparición en escena (tan solo trece compases, pero a plena voz,y que obligan a ascender, en frío, hasta un fugaz Si natural), pero no transmitió una imagen de poderío, y esta seguiría siendo la tónica durante el resto de la representación. Este agudo lo canta sobre el comienzo de la palabra " uragano", y es que la ópera tiene un arranque feroz y huracanado, aunque la tormenta es no solo física, sino también psicológica, ya que tendrá efectos devastadores en todos los protagonistas. Salvado este escollo inicial del primer acto, Kaufmann cantó muy bien su dúo final con Desdémona, aunque le costó llegar al agudo final y mantenerlo, en este caso un La en pianissimo sobre " splende".

El mejor Kaufmann llegaría después del descanso, especialmente en su monólogo tras el dúo con Desdémona del tercer acto (" Dio! mi potevi scagliar..."), un prodigio de fraseo y construcción, y en la escena del asesinato. Porque su técnica, su perfecta dicción, su entrega, su asombrosa musicalidad, sus magníficas condiciones de actor, su extraordinaria media voz, siguen ahí, inalterables, y sus virtudes para el papel superan abrumadoramente a sus puntuales carencias. No le ayudó tener a su lado a Maria Agresta, una cantante de voz grande que, haciendo honor a su apellido, tiende a un canto agreste, no siempre refinado, sin modular el volumen a las distintas circunstancias que ha de vivir su personaje. No compone una Desdémona frágil e inocente, sino rotunda y poderosa, aunque en la canción del sauce sí supo transmitir temor y fragilidad.

El verdadero triunfador de la noche fue Antonio Pappano, que considera Otello un Everest del repertorio operístico y que ha demostrado ser, sin asomo de duda, uno de sus mejores escaladores. Desde la desaforada tormenta inicial hasta los acordes morendo de los últimos compases, convirtió a la orquesta en la verdadera terapeuta del drama: supo escuchar y arropar a los cantantes y, al mismo tiempo, perfilar la psicología de sus personajes con mano maestra, una labor solo emborronada -y no es él el responsable- por la muy pobre prestación de los contrabajos en solitario cuando Otelo aparece con su cimitarra en el dormitorio de Desdémona, un golpe de genio de orquestación por parte del viejo Verdi. Fue modélico, por ejemplo, su énfasis en los trinos que suelen acompañar la presencia de Yago: esa oscilación constante entre dos notas contiguas constituye la mejor plasmación musical de su carácter desestabilizador, una taladradora que socava los cimientos de todo. Sabedor como pocos de sus problemas, Pappano mimó a Kaufmann y mantuvo a raya la tendencia al exceso de Agresta: cuentan quienes estuvieron en los ensayos que la frase más repetida del director a la soprano italiana era "un po meno forte".

Poco puede decirse de la puesta en escena de Keith Warner: nada estorba ni chirría, pero tampoco aporta ningún hallazgo. Es Yago, solo, en silencio, a oscuras, quien desencadena la tormenta inicial tras arrojar al suelo una de las dos máscaras que sostiene en cada mano (Comedia y Tragedia). Esa misma máscara trágica, negra, la aplastará a la fuerza sobre el rostro blanco de Otelo al final del tercer acto, cuando canta despectivamente " Ecco il Leone!" Y parece ser la misma con que se ve Otelo reflejado en un espejo en el segundo acto, al dar comienzo su transformación en un monstruo. La escenografía, una suerte de caja negra a modo de túnel que se angosta hacia el fondo y se adivina como un trasunto de la lóbrega mente del protagonista, funciona eficazmente y evita los choques o incongruencias con el texto, pero Warner parece haber perdido la oportunidad de hacer algo más creativo, sutil u original, más deudor del drama original de Shakespeare, en una ocasión tan señalada, cuando las miradas operísticas de todo el mundo estaban puestas en esta producción, aguardada con una expectación inusitada.

No hubo al final, al igual que sucedió en el Teatro Real a comienzo de temporada, esos "applausi frenetici" de los que dejó constancia Giulio Ricordi en el estreno de la ópera en el Teatro alla Scala en 1887. Los aplausos se repartieron casi por igual para todos los protagonistas, pero el volumen y las aclamaciones crecieron, y mucho, como es de justicia, cuando apareció en escena Antonio Pappano.

Este Otello seguirá en cartel hasta el 21 julio (la próxima función es este mismo lunes). Es muy posible que las representaciones, superado el estreno, y con un público de menos postín, vayan a más, sobre todo si el tiempo da un respiro, ya que Londres vivió el miércoles las temperaturas más altas en el mes de junio desde que hay registros. Todos nos alejamos exhaustos de la Royal Opera House.

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