Hipocresía y homosexualidad en una tragedia nacional de vanguardia

Verónica Dema
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9 de julio de 2017  

Fernando Sayago, Florencia Naftulewicz y Hernán Muñoa
Fernando Sayago, Florencia Naftulewicz y Hernán Muñoa Crédito: Alternativa Teatral

Los invertidos / Libro: José González Castillo / Intérpretes: Fernando Sayago, Florencia Naftulewicz, Hernán Muñoa, Ulises Pafundi, Livia Fernán, Daniel Toppino, Osky Ramaglia, Alejandro Falchini, Gabriel Serenelli y Mora Monteleone / Música: Diego Lozano / Vestuario: Nicolás Nanni / Escenografía: Nicolás Nanni / Iluminación: Claudio Del Bianco / Dirección: Mariano Dossena / Sala: El Galpón de Guevara, Guevara 326 / Funciones: sábados, a las 23 / Duración: 90 minutos / Nuestra opinión: muy buena

El cuadro del francés William Adolphe Bouguereau Dante y Virgilio en el Infierno es el prólogo del espectáculo: esa única pieza iluminada es un anticipo al mejor estilo griego de lo feroz de la historia. En una apuesta escenográfica que no es usual en el teatro independiente, cada detalle de esta puesta de Los invertidos, la obra de José González Castillo, estrenada en 1914, que dirige Mariano Dossena, remite con exquisitez a aquella época. La propuesta es un viaje en el tiempo al interior de una familia en una Buenos Aires de hace cien años.

Como todo clásico, Los invertidos plantea un tema que resulta actual. Mezcla de vodevil, tragedia y suspenso, con gran poesía en sus parlamentos, desarrolla la historia de una familia adinerada sacudida por la revelación de la doble vida sexual de Flórez, padre y marido, con su íntimo amigo de la infancia, Pérez. Clara, esposa de Flórez, es quien desnuda esa historia de amor prohibida, negada, entre hombres.

En una ciudad como la de Buenos Aires, que se define como gay friendly, en un país con la ley de matrimonio igualitario vigente hace siete años y con una ley de identidad de género de las más progresistas del mundo, la voz de Castillo resuena verosímil. Será porque todavía se habla de "lo gay" como noticia, porque el bullying homofóbico se lleva la vida de muchos jóvenes, porque aún se escuchan expresiones como "los raros", "los ladeados", "los promiscuos", los invertidos".

Y también porque la obra aborda el tema de la hipocresía y de la infidelidad en el mundo heterosexual, que en esta pieza es la ley, el orden, la muerte. Si Clara, la esposa de Flórez, no hubiera sido infiel, no sabría que su marido la engaña con otro varón y que disfruta de encontrarse en un club de "falsas mujeres" donde lo femenino se despliega sin culpas. Por eso aquí la hipocresía va de la mano de la tragedia, que, por otra parte, se intuye desde el primer momento en que el hijo lee el informe que está haciendo su padre sobre un "hermafrodita asesino".

El trabajo actoral es preciso y, a la vez, se percibe muy sentido. Dossena pudo lograr que los protagonistas habiten cada pensamiento, palabra y acción, que administren la energía y la tensión que requiere la obra, una propuesta de largo aliento, con tres actos, y en un escenario de grandes dimensiones como es el de El Galpón de Guevara. Los desempeños individuales son muy buenos y la sintonía actoral, sobre todo entre el doctor Flórez (Hernán Muñoa), Pérez (Fernando Sayago) y Clara (Florencia Naftulewicz), quienes sostienen el peso de la historia, son una fortaleza vital de esta puesta potente y trágica.

En la música original de la puesta está el carácter épico que despierta la obra. Diego Lozano gestó una partitura cuasi operística que le da soporte a la progresión dramática y, a la vez, la potencia, se vuelve protagonista durante ciertos instantes. La música es ese elemento artístico fundamental que recibe al espectador, lo prepara, que divide los cuadros, que resalta tensiones. Suena moderna con tintes antiguos, es decir, sintetiza en gran parte el concepto de la obra.

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