Kendrick Lamar rapea sus contradicciones

Alejandro Lingenti
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21 de julio de 2017  

En el videoclip de "Humble", el electrizante segundo corte de DAMN., su nuevo disco, Kendrick Lamar aparece caracterizado como una especie de sacerdote del rap que reparte consejos a los que quieran escucharlo. Su mantra repite una recomendación en particular, centrada en la importancia de la humildad, una cualidad que no abunda entre las estrellas del género. Pero en apenas tres minutos, el joven y multifacético músico de Compton (ciudad del condado de Los Angeles que tiene desde hace años los índices más altos de pobreza y criminalidad de Estados Unidos) se las arregla para incluir otros tópicos: los elogios que recibió de Barack Obama, la frivolidad del mundo de la moda, el racismo y la brutalidad policial en su país. Parece mucho para un tema de apenas tres minutos. Y sin embargo funciona. Lamar ha hecho todo un arte de las combinaciones complejas y se ha perfilado de ese modo como un artista omnívoro, capaz de abarcar mucho sin dejar de apretar nada.

En To Pimp a Butterfly (2015), su álbum más celebrado, el que lo convirtió en una de las estrellas más importantes del hip hop actual, la sobrecarga era musical: un sabroso batido de free jazz, funk de espíritu psicodélico y rap cósmico, con el aporte estelar de George Clinton en el tema de apertura y tributos más o menos solapados a buena parte de la ecléctica aristocracia de la música negra (Miles Davis, Marvin Gaye, Curtis Mayfiled, Prince, Sun Ra). En DAMN., en cambio, la información más abundante circula por la lírica, que fluye como un caudaloso manantial en un ambiente sonoro más simplificado: un back to basics apoyado en samples boom-bap (estilo clásico de la costa oeste) y cajas de ritmos de vieja data (la Roland TR-808, nacida en los 80 y hoy casi una pieza de museo).

Consciente de la altísima expectativa que DAMN. generó a partir de la consagración unánime de su antecesor, Lamar recurrió también al impacto publicitario que, sabía de antemano, podía provocar la aparición en escena de uno de los predicadores más conspicuos del universo del pop contemporáneo: Bono, cuya voz suena lánguida, menos afectada que de costumbre en "XXX", un tema que, como otros del disco, cambia más de una vez de paisaje, citando incluso los climas de Zooropa, el disco que Brian Eno le produjo a la banda irlandesa en 1993. La otra invitada especial es Rihanna, cuya voz potencia la sensualidad de "Loyalty", que arranca con una ingeniosa inversión de la intro de "24K Magic", corte del disco homónimo que Bruno Mars editó el año pasado. La estrategia rindió: aún cambiando el rumbo musical, Lamar consiguió mucho espacio en los medios y mantuvo el favor de una audiencia masiva (vendió más de 600.000 copias, entre descargas digitales y unidades físicas, en la semana del lanzamiento de DAMN.).

En un país que se ha entregado a la codicia desenfrenada y los delirios extravagantes de un magnate tan cursi como Donald Trump, la popularidad de Lamar es sin dudas un dato significativo. Sus fantasías de venganzas ultraviolentas al estilo de Tupac, uno de sus héroes, se combinan con la proclama en favor de una ley que controle la venta de armas en Estados Unidos. Sus manifestaciones de explícita arrogancia conviven con la culpa que le generan. En lugar de ocultar contradicciones, Lamar las exhibe en público. Como si encarnara las flagrantes paradojas del tiempo que le ha tocado vivir, la época en la que su admirador más encumbrado, Obama, fue premiado con un Nobel de la Paz a pesar de haber completado dos períodos de su mandato con tropas estadounidenses en combate activo.

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