Sexo y pareja: ¿quién cede en la relación?

Crédito: ilustración de Elda Broglio
En una pareja sabemos que cada decisión puede ser una eterna negociación. ¿Qué pasa cuando el poder se estanca o la flexibilidad nos cuesta?
Ana Paula Queija
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27 de julio de 2017  • 00:51

Poco hay en las relaciones adultas de esa fantasía de pareja que soñábamos en la adolescencia. Sabemos bien que la vida de a dos es una construcción, y para levantar un palacio hay que cargar ladrillos bajo el sol y trabajar muchas horas. Queremos un amor que empuje, que contrarreste los altibajos y que nos regale la energía para ceder y llegar a acuerdos. Porque de eso no zafa nadie. Porque “almas gemelas” no quiere decir almas idénticas ni decisiones alineadas. ni mucho menos acuerdos tácitos. Eso de entenderse con la mirada suena precioso en las películas, pero cuando uno tiene ganas de dormir y el otro le prende la tele, por más de que le clave rayos X con la mirada, cuesta evitar una discusión.

Y así transcurre la vida de las parejas, decorada con discusiones, negociaciones, crisis y encuentros.

Acá, intentamos hilar más fino en los roles que a veces asumimos y te damos algunas claves para el equilibrio.

¿en qué lugar están?

Es cierto que la pareja es una sociedad –la más íntima de todas– y, como en todo consorcio, hay momentos en los que alguno cede a favor de las decisiones de otro y otros en los que le toca liderar. El tema es hasta dónde cedemos para no sentir ese “vacío” que invade cuando uno es muy condescendiente y hasta dónde imponemos nuestra perspectiva, sin querer ser los únicos presidentes de la “empresa” amorosa.

Hay muchas formas de resolver las diferencias, pero hay una que resulta esencial: el rol del que cede y el rol del que gana no pueden ser roles fijos o estereotipados, es necesario que circulen. Así, nadie se siente sometido ni vencedor y se evitan acumular resentimientos que luego se cobrarán por otro lado. Para que no se vuelva tan complicado, el poder dentro de una pareja tiene que ser dinámico, repartido y, sobre todo, respetuoso, pero no siempre se da así. ¿Qué rol ocupás en tu vínculo?

“Siempre cedo yo”

“Gordi, el viernes hay cena con mi familia”, le whatsappeás, y después de tres horas te contesta que justo ese día hay un asado en lo de Pepito, uno de sus 35 amigos. Vos sabés que Pepito no es tan íntimo y que él tiene un evento todos los fines de semana al que lo acompañás. Sin embargo, accedés sin dudarlo y le confirmás que van a ir a la juntada. Cuando te observás en la escena, pensás que te hubiera gustado estar en la reunión que organizó tu mamá y que la próxima vez vas a ponerte primera en tus prioridades. Pero llega un nuevo fin de semana y pasa lo mismo. Esta situación se repite cuando él no quiere hacer algo de la casa y lo terminás resolviendo vos; o cuando se pasa el sábado entero haciendo su deporte favorito en lugar de elegirte, por más que se lo pidas. Entonces, sentís que vivís postergándote con tal de complacerlo. ¿Es sano sentirse así?

¿Cómo manejarlo? Este modelo más ligado a la sumisión responde a una relación en la que el timón lo tiene el miedo. Puede que hayas vivido una historia similar en tu casa –muchas veces, nuestro pasado nos condiciona– o que él te transmita cierta inseguridad, que te hace caer en la necesidad de complacerlo. Pero ese sometimiento sutil hace que quedes descalificada, no solo frente a vos misma, sino frente a tus hijos –si es que los tenés–, quienes podrían repetir estas conductas devaluatorias hacia su mamá o, por el contrario, hacer alianza con ella y rechazar al padre mandón. Empezá por detectar esos comportamientos propios y priorizá tus deseos, hasta lograr un equilibrio con los suyos. La forma en que te sientas después de hacerlo te va a indicar si algo cambió.

“Siempre cede él”

Tu poder se cuela en todo y con un simple gesto digitás cada movimiento de la relación, desde si puede ir a jugar al fútbol un jueves a la noche hasta qué tipo de laburo acepta. Manejás la economía de la casa y, en consecuencia, sos la que define cuándo es un buen momento para irse de vacaciones y cuándo no; opinás sobre su familia, sobre sus amigos, y hasta le elegís la ropa. Esta lógica lo va despersonificando, hasta transformarlo en una persona “a medida” de lo que vos esperás, pero ¿dónde quedan sus gestos espontáneos, los chistes, las sorpresas? Tarde o temprano, se los vas a reclamar, y seguramente él te va a contestar que viene poniendo toda su energía en responder a tus exigencias. Ponés tanto esfuerzo en tallar esa escultura acorde a lo que soñabas de un hombre que el polvo termina tapando a ese del que alguna vez te enamoraste.

¿Cómo manejarlo? En estos casos, lo ideal es buscar su inclusión en las decisiones de la pareja, evitando los reclamos y reproches, y proponiendo directamente su participación en situaciones concretas. Hay que bancarse que no todo puede ser como nosotras queremos, si la intención es tener una vida de a dos. La idea es entender que una pareja se forma con dos personas independientes y que tienen que disponer de un tiempo en el que cada uno se maneje con total libertad. Si vos querés ir al Barrio Chino el sábado, ¿por qué obligarlo a que se amolde al plan? Probá algunos espacios de autonomía; incluso, si te despegás un poco, vas a encontrar tiempo y lugar para otras personas con las que podés pasarla muy bien. En paralelo, te vas a liberar del vacío que te genera sentir que, si dejás de controlar todo, se va a ir a pique la relación.

“No cede nadie”

Sentís que la relación está enquilombada y se está desgastando. Vos querés casarte y a él no le interesa; él quiere gastarse toda la plata en viajes y vos preferís ahorrar para un departamento. Cada discusión es una batalla perdida para ambos, porque, en lugar de llegar a un encuentro, terminan agotados de tanto pelear. Si tienen hijos, son ellos los que más sufren, porque los enfrentamientos entre padres nunca están buenos. Además, vas internalizando un modelo de confrontación permanente y eso muchas veces también se lo terminás heredando a ellos. Las personas que imponen siempre su voluntad suelen ser poco empáticas, algo manipuladoras, y no tienen en cuenta al otro o simplemente se sienten con más derecho a tomar las decisiones por ambos.

¿Cómo manejarlo? Puede haber un cierto juego erótico en la batalla permanente, que los mantiene juntos y separados a la vez. Muchos hablan de la reconciliación como un momento de luna de miel que reaviva el amor; pero cuando el poder pasa por querer domesticar al otro, se termina deteriorando la relación y hasta puede volverse violenta. Hay que entender que no siempre son simétricos los roles –de hecho, sería poco eficaz que así fuera–, lo que no significa que uno sea menos que el otro. Ceder ante alguien es generoso y lindo y, aunque no lo creas, te dará más satisfacción que la pelea constante. Elegí qué batallas querés dar, pero no presentes las armas con todas.

“Cedemos los dos”

Lo ideal en el vínculo de pareja es el sano equilibrio de poderes, donde no te sentís egoísta ni tampoco sumisa. Es el caso de las parejas que aceptan ir rotando los liderazgos según la tarea que les toque encarar, ya sea en el ámbito doméstico como en el financiero, y que cuentan con total apoyo y colaboración del otro. La valoración mutua abre una cadena virtuosa, mientras que la competencia genera dolor y resentimiento. Puede haber –incluso a modo de juego– una competencia divertida, siempre y cuando sea con complicidad y disfrute. Claro que muchas veces no es fácil, como en esos momentos críticos en los que hay que tomar decisiones importantes y no se logra llegar a un acuerdo, pero el poder dinámico es el modo más sano de relacionarse en una pareja.

¿Cómo manejarlo? Lo importante para que no se pierda este equilibrio es el mutuo reconocimiento y la valoración. Ninguna persona cuenta con todos los recursos y capacidades, por eso es bueno reconocer los puntos donde el otro es más fuerte y delegarle tareas, así como apreciar los propios. Si para él es muy importante ver la final de la Champions, dejalo llegar tarde al tecito familiar. Y si para vos es importante que la casa esté súper ordenada, a él no tendría que costarle tanto mantener la ropa en su placard. Asimismo, si sabés que él es mejor cocinando, permitile que lo haga a su manera, en lugar de exigirle que no use tantos utensilios o que lave y guarde cada cosa que utiliza.

¿Tengo armonía o tengo razón?

Cada choque ante una decisión –ya sea una cuestión cotidiana o algo que pueda cambiarles el rumbo de la vida– es una oportunidad para repensar el vínculo y mejorarlo. La clave es tratar de mantener tu propia ecuación siempre positiva, para no sentir un vacío personal o un potencial “pase de facturas” cuando te volvés muy dominante. Dejá de observar el vínculo como una lucha por un poder “territorial” o como una puja por los atributos de mando y hacé el ejercicio consciente de mirarlo al revés: sacales jugo a las ideas del otro, en lugar de intentar que se alinee con las tuyas. Ceder –en cuotas lógicas, amorosas y de ambas partes– es lo más inteligente, sobre todo cuando lo que queremos es armonizar la vida en pareja.

¿Cómo son las cosas en tu relación? ¿Quién cede más seguido? También leé: Dinero y pareja: "Todo lo pago yo" y "Tengo miedo a formar pareja y volver a sofocar mi identidad"

Expertos consultados: Lic. Miguel Espeche Psicólogo y psicoterapeuta, especialista en vínculos y Lic. Claudia Messing Psicóloga, terapeuta vincular-familiar y socióloga. Preside la Sociedad Argentina de Terapia Familiar.

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