Diario de viaje: Vietnam, el pueblo indomable

De la comida de mercado y los trajes a medida en Ho Chi Mihn hasta los rituales milenarios en Hoi An, retrato de un país que florece en la vitalidad de cada vietnamita.
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28 de julio de 2017  

Vietnam es un lugar con deliciosas particularidades
Vietnam es un lugar con deliciosas particularidades

Por Silvina Pini

Fotos y videos gentileza Mario Cherrutti

Su cabeza con el casco reglamentario asomaba detrás de una pila de bolsas de arroz de veinte kilos que llevaba entre el manubrio y el asiento de la moto. Avanzaba a contramano, como muchos de los siete millones de motos que atruenan las calles sin semáforos de Saigón. Parada en la esquina de Le Loi y Dong Khoi, pensé que jamás iba a llegar a la vereda de enfrente. Se me ocurrió tomar un taxi para cruzar, pero hay pocos. Los autos en Vietnam son extremadamente caros, por eso el país tiene el récord Guinness de motos por habitante. Avanzan en todas direcciones, sin respetar una sola regla de tránsito, incluso por las veredas.

“Go, go”, me decía una anciana con sombrero de bambú que advirtió mi vacilación. Y para darme ánimo echó a andar sin mirar, ni acobardarse, ni detenerse, ni correr, convencida de que nadie la atropellaría. “Funcionan como una célula”, pensé, un mismo cuerpo que anticipa y coordina los movimientos de todos sus miembros. Un solo cuerpo motorizado por la confianza, la misma que les permitió ser el único pueblo capaz de derrotar al ejército más poderoso del mundo hace cuarenta años.

Cada vez que tenía que preguntar algo sobre la ciudad, no sabía si debía llamarla Saigón o Ho Chi Minh. Mi duda se anclaba justo en el resabio de tensión entre Vietnam del Norte y Vietnam del Sur. Saigón había abrazado las costumbres occidentales después de setenta años de pertenecer a Indochina, pero lo primero que hicieron los soldados del Vietcong tras el triunfo en 1975, fue cambiar el nombre de la ciudad por el del general más importante de la revolución. Saigón es un nombre cicatriz, que evoca el pasado francés y lujurioso.

Ho Chi Minh me saludaba desde lo alto del pedestal, en un monumento bastante discreto por tratarse de un héroe comunista, justo delante del Palacio de la Reunificación. Detrás de la estampa de bronce flameaba la bandera nacional, roja con una estrella amarilla. Consecuencias del Doi Moi –la Perestroika en versión vietnamita–, muy cerca y con los mismos colores, el cartel de Mc Donald´s tienta a los habitantes de uno de los últimos cinco países socialistas que quedan sobre la tierra.

Sin embargo, los vietnamitas parecen dejar las marcas foráneas a los extranjeros mientras ellos siguen fieles a su gastronomía callejera y los sastres que hacen trabajos a medida. Chinas y coreanas fashionistas, gastan fortunas en los shopping de lujo y cruzan las calles cargadas de bolsas que son en sí misma objetos de diseño. Yo preferí seguir a los locales y perderme por los angostos pasillos del populoso mercado de Ben Thanh donde medio centenar de sastres trabajan entre paredes hechas con los mismos rollos de linos, algodones y sedas. Hùng me tomaba las medidas mientras su mujer Dan anotaba. Los dos sonreían y repetían “in two hours, in two hours”.

Las gran mayoría de las mujeres, sobre todo en las ciudades más chicas, siguen vistiéndose bajo la estricta etiqueta vietnamita: para trabajar, pantalón y camisa de la misma tela, por lo general estampada, medias y ojotas de fibra vegetal, y el infaltable nón lá, el típico sombrero cónico de hojas de bambú. Fuera del trabajo eligen un ao dai, túnica hasta la media pierna, ceñida al cuerpo, generalmente de seda, que se abre desde la cintura y se usa con pantalones. Mi ao dai sería de seda fucsia con pantalones de algodón rosa pálido.

Y así como el Doi Moi trajo a Mc Donald´s y a Armani, Starbuck´s no podía ser menos y abrió sus primeros locales en Saigón y en la capital del país, Hanoi. Claro que el café no es cualquier cosa para los vietnamitas que adoran sentarse en la vereda –hay varios cafés por cuadra– a beber su café intenso y chocolatoso, que preparan con un colador sobre la taza.

Sentada en un banquito en la vereda, con un café y mi ao dai fucsia en una bolsa de plástico, entendí que las veredas son el gran espacio social. Allí sucede todo: comen, estudian, se enamoran, trabajan. Son también un muestrario de oficios, se ve a la pedicura que trabaja ensimismada sobre los pies de una clienta y al que está reparando una heladera, mientras circulan vendedores ambulantes con sus cañas de bambú sobre un hombro y las omnipresentes motos.

En Vietnam no hay alta o baja cocina, en la cocina socialista hay cocineros que se especializan en unos pocos platos y que sirven en mesitas y bancos de plástico tan bajas que dan la idea de que comen en el piso. Me pedí bun bo bam bo, fideos de arroz con verduras y con un aderezo de maní, y pho, la sopa que toman a toda hora.

Algunos tienen junto a los fuegos, un pequeño altar en honor a Buda, portátil, por lo general iluminado con un neón rojo. En días festivos, el altar sale a la vereda y billetes falsos, inciensos, frutas y arroz rodean al Buda dorado y sonriente.

Esta ceremonia se celebra una vez al mes, cada luna llena, en el mágico pueblo antiguo de Hoi An. Cuando llegué por la mañana, no sabía por qué las casas y hoteles habían sacado las sillas a la vereda frente al río. Después supe que el espectáculo era la luna llena emergiendo del agua y el pueblo apenas iluminado por las linternas de papel porque la luz se corta religiosamente 21.30. Los comercios colocan su altar en la puerta, inician el ritual con una fogata y rezan, sosteniendo inciensos sobre la frente, en honor a sus ancestros. Me lancé por las calles adoquinadas del centro donde una multitud de turistas deambulaba con la misma idea. La luz de las linternas acentuaban las pieles brillosas del calor y humedad que es sinónimo de Vietnam y ancianas vendían flores de loto de papel con una vela en el centro para echarlas al agua.

Visto desde el espacio, Vietnam tiene forma de “s”, un dragón oriental en movimiento. Viajé hasta allí atraída por sus pagodas, sus playas y gastronomía. Nunca hubiera pensado que su mayor atractivo era su gente. Pequeños físicamente y siempre contentos, esconden una determinación e inteligencia que era mejor no desafiar.

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