La escuela debe hablar claro

31 de julio de 2017  

Los eufemismos han colonizado el lenguaje de la escuela, y el resultado está a la vista: entre padres, chicos y maestros, cada vez es más difícil entenderse. La educación ha dejado de llamar a las cosas por su nombre; ha eliminado de su diccionario las palabras claras e inequívocas. Las ha reemplazado por neologismos de significado difuso. Y todo eso, lejos de mejorar las cosas, las ha empeorado notablemente.

Allí donde hubo "reglamentos de disciplina", ahora hay "acuerdos de convivencia". No es un simple cambio de denominación. Expresa, en palabras, una cultura escolar en la que las reglas son reemplazadas por supuestos acuerdos. El resultado: más confusión, más violencia, más tensión en las escuelas. Y más desconexión con la "vida real", donde las reglas (aún difusas y transgredidas) siguen rigiendo la vida en sociedad.

Allí donde había "ortografía" ahora hay "responsabilidad en el lenguaje". Parece que la ortografía remite a reglas rígidas, y eso no se lleva bien con las nuevas pedagogías. Los resultados están en las pruebas PISA: los chicos escriben cada vez peor. Y creen que lo importante es hacerse entender y no escribir correctamente. Los dictados están mal vistos. Y aquella vieja práctica de "escribir cien veces" una palabra de manera correcta es considerada una expresión de la "vieja pedagogía, conservadora y autoritaria". Ni hablar de "penitencias", "amonestaciones" o "cuadro de honor". Son todos conceptos que remiten a la prehistoria y a aquella idea perimida de los "premios y castigos".

La escuela, desde hace tiempo, les tiene miedo a las reglas. Y el "diccionario educativo" refleja ese temor con una colección de ambigüedades y eufemismos que dificultan la comunicación y, en definitiva, el entendimiento.

Hay que poner en valor la buena comunicación. En tiempos de redes sociales, de conexión permanente, de cadenas de WhatsApp, cada vez nos cuesta más entendernos. Y la escuela, lejos de defender la calidad de la comunicación, parece contribuir a un diálogo de sordos en el que los eufemismos le ganan a la claridad.

La comunicación necesita de un lenguaje rico y a la vez accesible, sencillo y llano. Estrenar definiciones rebuscadas para aquellas cosas que todos entendíamos es un aporte a la confusión general y no al buen entendimiento. Encerrarnos en la "comunicación virtual" es otra forma de incomunicarnos con nuestra propia realidad.

Las tecnologías nos han acercado, nos facilitan la vida, nos dan nuevas herramientas. Pero también pueden empobrecer nuestro lenguaje; pueden restarle tiempo a nuestra comunicación; pueden meternos en un vértigo que no contribuye al diálogo ni al entendimiento. Esa especie de asamblea permanente por WhatsApp (emparentada con el "activismo de sofá" que se practica en las redes) no parece ayudar demasiado a aceitar la comunicación entre padres y docentes. Frente a estos riesgos, la escuela debe tejer una estrategia. Defender los principios del lenguaje claro, del diálogo "cara a cara" y de la comunicación honesta quizá sea una forma de contribuir a un mejor entendimiento social.

La escuela debe discutir cómo se para ante un nuevo contexto social y cultural. Debe definir cómo se comunica con su tiempo. Y un camino posible quizá sea el de volver a hablar claro. Quizá los alumnos estén esperando que les digan que las reglas son las reglas. Tan simple como eso.

Director de Periodismo de la Universidad Católica de La Plata, ex secretario general de Redacción del diario El día

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