Pesadillas

1 de agosto de 2017  • 14:42

En el último mes, cada noche tuve pesadillas. Nunca fui muy fan de analizar los sueños, pero a veces sí los escribo, especialmente cuando siento que hay algo ahí –con tal nitidez– que tengo que dejar registro. Les cuento uno: soñé que era víctima de una inundación y me moría. Totalmente desorientada con mi nueva condición, un amigo me avisaba: “Sole, lo que pasa es que estás muerta”, y ahí estaba en otro mundo, ya invisible para el resto, pero completamente tranquila. Había caos a mi alrededor, pero yo era inmune, contemplando. Me acuerdo, incluso, de que encontraba mi cartera llena de agua y mi celular, ¡que funcionaba!, y decía: “Qué increíble este modelo water proof” (sí, raro). En ese momento, tuve una certeza: les tenía que avisar a los que estaban vivos que yo era feliz, que no se preocuparan. Y en ese intento frustrado, me desperté inquieta.

Soy escorpiana y la muerte no me es ajena, vieron que una de las metáforas de nuestro signo es el Ave Fénix, morir y renacer una y otra vez. ¿Intensos? Naaa. Por eso, en la charla tan profunda y sincera que tuvimos con nuestra chica de tapa, Gime Accardi (pág. 38), le conté esta experiencia y me dijo con seguridad: “Es fuerte lo que soñaste, porque es así como lo contás, cuando uno muere, al principio, no sabe que se murió y después solo quiere que los que se quedaron sepan que está bien”. Yo se lo contaba como al pasar. Como se lo estoy contando a ustedes, y ahora que me releo digo: “¿¡A dónde está yendo este editorial!?”. Ya parece un relato de Víctor Sueiro. Recalculando…

En el último mes, cada noche tuve pesadillas. No me pasaba antes, yo era de las que ponen la cabeza en la almohada, se duermen a los cinco segundos y amanecen en la misma posición el día siguiente. Ni soñaba, o al menos no lo recordaba. Y ahora cada vez que me voy a dormir es una aventura oscura y pantanosa en la que me encuentro con mis fantasmas: una maquinaria perfecta de catarsis nocturna. Pero eso sucede en la clandestinidad de mi mente, nadie conoce mis tramas de villana, o esos dolores íntimos, o mis venganzas silenciosas.

Y a la luz del día, vuelvo a ser yo, aunque todavía envuelta en esas imágenes y sensaciones; entonces me digo a mi misma: “Ya está, no pasa nada, no sos vos, esto no pasó, relajate”. Y acá llego al quid de la cuestión (disculpen que me entretuve):

esa de las pesadillas, ¿no soy yo?

En mi búsqueda de ser buena persona, a veces barro bajo la alfombra eso que no me gusta de mí: el enojo, el rencor, el miedo, la ansiedad. Imposto un modo para sostener lo que creo correcto, pero tarde o temprano te tropezás con la montaña de mugre en el piso. A veces, es una explosión de ira; otras, una discusión imprevista, una contractura; otras, una gripe crónica, o pesadillas... Pero un tropezón no es caída. En esa búsqueda, el único camino que encontré es el de la integración: no demonizar lo incómodo, lo “feo”, lo “malo”, sino entender que es la otra cara de la moneda. No hay vida sin muerte. Sin compasión, no sirven de mucho todos esos despertares, o espacios de autoobservación, o sabiduría milenaria, o libros de coaching. Hay que tener mucho coraje para mirar tus debilidades, así que felicitaciones, cada una de nosotras está en ese proceso de caerse y levantarse, ¡¿y qué?! Y sí, te volvés a caer. La vida está hilada por el éxito y el fracaso, por lo bueno y lo malo, por lo que nos gusta y lo que no, por la felicidad y la tristeza. ¿Podemos cambiar este juego de opuestos? No, nos reconocemos a través de los contrastes, por eso, en estas épocas de turbulencia mental y emocional, me doy una palmadita y me digo: “Es lo que hay”. Eso es para mí “El éxito del fracaso” (pág. 64), amarte tanto como para bancarte en las buenas, pero también en las malas.

Espero que disfrutes mucho este número. •

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