La serendipia en el país del árbol sagrado

Silvina Pini
Silvina Pini PARA LA NACION
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5 de agosto de 2017  

SRI LANKA.- Viajar esconde la ilusión de dejar en Ezeiza un ser aburrido y conflictuado y aterrizar como otro mejor en el nuevo destino. Sri Lanka, la isla en forma de lágrima situada al sur de la India y más pequeña que la provincia de San Luis, me esperaba con los brazos budistas abiertos. ¿Cómo no lanzarme a adoptar las costumbres locales para olvidarme de quien era y de donde venía? Rápidamente acepté que los siete mil elefantes que habitan la isla pueden obstruir los caminos y por la noche deambular por los arrozales -y los jardines del hotel-. La solución es llevar fruta en el auto, sobre todo sandía, preferida por los trompudos, para colocarla al costado del camino y conseguir que despejen la ruta. Para repeler las incursiones nocturnas, los esrilanqueses hacen guardia en un mangrullo y provocan un estruendo similar a un bombazo para espantarlos. Los primeros estallidos en mitad de la noche causan taquicardia, pero a los pocos días se incorporan al ruido de la selva. Los elefantes son animales venerados. A nadie se le pasa por la cabeza hacerles daño y, por si acaso, la ley indica pena de muerte a quien se le ocurra matar uno.

Incorporé también al paisaje los omnipresentes monjes budistas en sus túnicas naranjas. Unos quince mil en una población de veinte millones que viven de las donaciones y meditan bajo los árboles. Todos tratan de meditar, al menos una vez en su vida, bajo el árbol sagrado en Anuradhapura, en el norte. Una variedad de higuera, plantada en 288 a.C. y considerado el árbol con flores más antiguo del mundo. Este árbol es un esqueje de otro de la India donde Siddhartha Gautama se sentó a meditar y alcanzó el Nirvana convirtiéndose en el primer Buda.

Feliz me calcé mi sari al estilo indio una mañana para cosechar té en las colinas brumosas de Nuwara Eliya en el centro del país. A la tarde, con una taza de té orgánico, hojeé un libro de historia que contaba que en la época de la colonia, la isla se llamó Ceilán y que mucho antes, los persas la habían llamado Serendip. El cuento persa "Los tres príncipes de Serendip" narra cómo los protagonistas explicaban sus problemas con casualidades increíbles. El cuento dio origen a la palabra serendipia, las felices coincidencias de ir por algo y toparse con otra cosa extraordinaria.

También me acostumbré en seguida al picante del plato nacional: un bol de arroz blanco con distintos platitos de incendiarios curries, de vegetales, de lentejas, pescados o carnes. En Sri Lanka comen con la mano. Con pericia envidiable, toman arroz y lo mezclan con los curries con los dedos de la mano derecha (la izquierda no se usa). Comer con la mano sí, un choripán, un choclo en la playa, pero ¿arroz con cordero al curry? Ni siquiera lo intenté. La argentinidad me alcanzó como un misil y me convertí en lo que era: una extranjera. Me pregunté si acaso sería mi serendipia haber ido a Sri Lanka para olvidarme de quien era y haber reconocido frente a bol de arroz que era irremediablemente argentina.

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