El desafío de interpretar el resultado

Alejandro Katz
Alejandro Katz PARA LA NACION
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14 de agosto de 2017  

En unas elecciones presidenciales, en las que fundamentalmente está en juego un solo lugar al cual aspiran todos los candidatos, "ganar" es obtener el derecho de acceso al sillón presidencial. Pero ¿qué significa ganar en las primarias que se realizan con vistas a unas elecciones legislativas, en las que mayoritariamente no hay ni siquiera competencia entre candidatos de un mismo espacio? ¿Qué es lo que está en juego? La disputa es por la interpretación. Dado que los votos obtenidos no producen ningún resultado real, hacerlos producir sentidos se vuelve prioritario.

El esquema de interpretación más sencillo es el que identifica "triunfo" con "verdad" y "derrota" con "error". Por ello, se multiplican los discursos que traducen los resultados en términos de "profundizar el rumbo" o "ratificar lo hecho". Pero esto no hace más que exacerbar la hiperbólica tradición política de nuestro país, en la que exagerar los méritos propios y disminuir los ajenos funciona como regla de la competencia política.

La democracia es, más que un sistema de elección de gobernantes, un dispositivo epistémico para conocer mejor cuál es el interés común, un dispositivo que funciona sobre la base de la deliberación, el debate, el diálogo. Las elecciones deberían ser, más que un ejercicio de autoafirmación, uno de reconocimiento: no ser utilizadas para confirmar nuestros puntos de vista previos, sino para indagar en lo que piensan los otros y aceptar la parte de verdad que hay también en ellos.

Interpretar el resultado sólo como la confirmación de que la política oficial es la adecuada es desaprovechar el inmenso valor que tiene saber escuchar a los otros. El modo de consolidar aquello que el gobierno hizo bien, y gracias a lo cual volvió a obtener el favor de un muy importante sector de la ciudadanía, exige que sepa considerar el punto de vista de aquellos que dicen algo diferente.

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