Un gallo para Esculapio: cuando la televisión crece

Repasamos lo mejor del nuevo unitario producido por Underground
Martín Fernández Cruz
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16 de agosto de 2017  • 03:46

Primer trailer de Un gallo para Esculapio

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En el pasado, Bruno Stagnaro quebró la historia del cine y la televisión en Argentina. Por un lado, la irrupción de Pizza, birra, faso, fue clave en la construcción del llamado Nuevo cine argentino. Luego con el estreno en televisión de Okupas, indudablemente Stagnaro logró uno de sus picos creativos más elevados, integrando desde ese momento un olimpo televisivo en el que compartiría podio con otros dos realizados también vinculados al cine: Damián Szifron y Adrián Caetano (que dicho sea de paso, fue el codirector de Pizza). En el 2000, Okupas golpeó tan fuerte al aún hoy adormecido tempo creativo de muchas ficciones televisivas locales, que no hubo forma de darle demasiada continuidad a esa mirada sino hasta la llegada de Un gallo para Esculapio, donde nuevamente Stagnaro demuestra por qué su presencia en la pantalla chica es tan necesaria.

Buscando a Roque

Roque, el protagonista de la historia

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El protagonista de la historia es Nelson ( Peter Lanzani ), un joven del interior que viene a Buenos Aires para encontrarse con su hermano Roque. Pero cuando llega a la estación de Liniers, nadie aparece para recibirlo. Nelson espera, mira con miedo el mundo que se abre por fuera de esos micros en continuo movimiento, hasta que descubre su primera lección: en Buenos Aires, héroes y villanos habitan en todos los lados posibles, y como los tiburones, Nelson deberá moverse para no morir. Su única compañía en la ciudad es un gallo que termina convirtiéndose en su mercancía más preciada. Impulsado por una corazonada y sólo con una dirección que parece más un jeroglífico que un domicilio, el protagonista empieza a investigar dónde puede estar Roque, y de esa forma se adentra en el mundo de la riña de gallos, un ámbito en el que rápidamente surge un nombre: Esculapio ( Luis Brandoni ), la única llave que podría conectarlo con su hermano, y en el medio, un tendal de personas que le aseguran que ese tal Roque no es trigo limpio. Y mientras desde la perspectiva de Nelson, el Chelo Esculapio es un misterio, para el espectador el mapa de situación es más completo. El hombre es el líder de una banda de piratas del asfalto, pero a pesar de eso, el interrogatorio no va tanto sobre su vida delictiva sino más bien sobre su vida familiar, en donde aparece una esposa a la que cuida atentamente, y un hijo con el que se presupone no tiene demasiada relación (el booster lo lleva en el baúl, como una rueda de auxilio que no usa pero necesita, como un vínculo que no necesariamente está presente pero que puede darle un cable a tierra).

De esa forma Stagnaro plantea un juego a tres puntas: primero la del espectador, que irá descubriendo poco a poco cuál es la realidad emocional de Esculapio; luego la de Nelson, que deberá descubrir quién es Esculapio y qué relación tiene con la ausencia de Roque, una figura que desde el vamos parece más un fantasma que una persona; y por último también descubrir realmente quién es el Chelo, un personaje con aspecto de villano clásico, desalmado hasta la médula pero con una posibilidad de redención a través de una familia cuya dinámica es aún un misterio.

How the west was won

Chelo Esculapio, uno de los grandes misterios de la serie

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Analizar la obra de Stagnaro, en parte, es descubrir a un autor encerrado en una paradoja fascinante. En la cáscara, ese director encuentra un pulso rabioso vinculado con la ciudad y sus alrededores, con mundos actuales (pero no modernos) que filma con rabia, casi preocupado por perderse ese pulso urbano que vibra furioso entre ferias ambulantes, garrafas robadas y algunos Evel Knievel del bonaerense que festejan con cerveza maniobras absurdas en las que se juegan la vida. Pero aunque la superficie de Stagnaro parezca anclada en el hoy, su espíritu pareciera conservar un núcleo clásico, una construcción clara en la que hombres dueños de pasiones inmanejables, se sumergen en el lodazal de la aventura que significa el salir a la conquista del territorio virgen. Y ahí aparece la figura de Nelson, un vaquero moderno con un férreo código de principios que deberá decidir si quiere o no quebrar (ahí se encuentra el desafío del personaje). Nunca mejor dicho, Nelson se larga a la conquista del Oeste, y por las calles de Morón descubre un universo que le era ajeno y al que intentará reclamar como propio.

El joven héroe lleva en su cuello una valiosa medalla de la virgen de Itatí, un dato clave en la evolución del personaje. Por otra parte, Nelson cuenta una y otra vez el dinero con obsesión casi enfermiza, comprendiendo que el único valor que mueve el lugar al que llegó, tiene que ver con la plata. Casi haciéndose eco de El Dinero de Robert Bresson, los billetes en Un gallo para Esculapio se acumulan, pasan de mano en mano, entran, salen y parecieran perder su valor simbólico para convertirse en una herramienta de lavar culpas (“tomá, es para el gurí” le dice a la supuesta ex mujer de Roque cuando la conoce). En ese mundo, el dinero compra amistades, alquila camas y hasta representa el doblegar a los rivales. Pero irónicamente, esos billetes parecen ajenos para Nelson, porque su verdadero tesoro lo lleva pegado al cuerpo con esa medalla, con el salchichón (alimento sagrado) y principalmente con Van Dan, su gallo.

Pero de a poco, el protagonista empieza a corromperse por el sitio al que quiere dominar, y el momento en el que sacrifica a la Virgen, es cuando se entrega a la lógica del territorio salvaje, entrando a un juego que culmina con el robo de su gallo, producto de la ilusión no solo de encontrar a Roque, sino empujado por la vanidad de creer que el mundo estaba a sus pies luego de ver a Van Dan ganar una feroz riña. Cuando Nelson pierde los estribos y resigna su dignidad, finalmente toca fondo y es ahí en el infierno donde encuentra a Esculapio, porque el joven necesitaba ensuciarse para hallar a la mano negra responsable de todo eso. Como un Esperando a Godot a la inversa, Nelson sale a buscar una visita que nunca llegó, revelándole así un sitio absurdo e ingresando a un lugar en el que la vida parece no perseguir ningún sentido más que el de sobrevivir. Porque en Un gallo para Esculapio, todos son sobrevivientes. Las peleas de gallos, filmadas con una elegancia que parecen esos encuentros pugilísticos del Gática de Leonardo Favio, se convierten en el primer ring en el que Nelson deberá probar su valía, permitiéndole escalar en esa red desconocida que lo podría acercar a Roque.

La tele que merecemos

Un gallo para Esculapio es una de las grandes apuesta de Telefe

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Producida por Underground y con el apoyo del INCAA, este unitario escrito por el propio Stagnaro junto a Ariel Staltari llega para demostrar que también en Argentina, las series no necesitan compararse con el cine para tener gran peso. Las ficciones televisivas, o al menos las mejores, demostraron hace tiempo que tienen códigos propios que no requieren de la pantalla grande para hacerse valer. Y así como las historietas durante décadas fueron injustamente consideradas “literatura de baja categoría”, las series también hoy ganaron una importancia que las liberó de la sombra del cine, para finalmente erigirse como expresiones culturales de coyuntura. Un gallo para Esculapio demuestra no solo que directores como Stagnaro son imprescindibles en la pantalla, sino que también estos productos son necesarios para que la televisión argentina crezca, entendiendo que obras como Okupas o Tumberos, deben ser ficciones con legado y ya no más fenómenos aislados a los que recordar con nostalgia. Y a fuerza de picotazos, Un gallo para Esculapio prueba que la tele argentina, cuando quiere, puede ser más grande que cualquier pantalla de multicine.

Un gallo para Esculapio se emite los martes a las 22, por TNT, y repite los miércoles, a las 23.15, por Telefe

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