Un fin de semana para no repetir... por ahora

Pablo Plotkin
Pablo Plotkin PARA LA NACION
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19 de agosto de 2017  

Te vas un par de días a la costa en invierno. Las chicas, el perro, una docena de bultos, la ruta 2, las medialunas de Atalaya que ahora vienen en cajas como de alfajores y son cada vez más feas. "Tienen gusto a jamón", dice una de tus hijas.

Te habían recomendado ir por Las Armas. Son 70 kilómetros más y no se entiende cuál es la ventaja. El Google Maps ni siquiera lo pone entre las opciones, pero es una de esas verdades instaladas por conductores mañosos.

Villa Gesell en invierno tiene algo. Es el pueblo de los náufragos, los escritores, los churros, los muelles vacíos, las parejas abrigadas frente al mar, de los que toman mate en los listones de la casilla de una escuelita de surf o en el refugio del guardacostas, lugares que fuera de temporada parecen abandonados o detenidos en el tiempo, como las revistas encajonadas en el mueble de una casa de verano. La vajilla cubierta de sal, una lista de compras de otra década, el paso tenue de las generaciones.

Ahora estás a la altura de Las Gaviotas. No hay casi nadie y la playa es inmensa. Dejaste el auto junto a la entrada de uno de los hoteles que se construyeron sobre los médanos. El clima es formidable por ser agosto, pero tenés una gripe atroz que te complica la existencia. Te enojás como si el mundo te debiera algo, como si merecieras algo mejor para este fin de semana. Vas a la farmacia por un descongestivo.

Salís marcha atrás y escuchás un ruido espantoso. Bajás del auto y ves el frente de la carrocería desencajado. El paragolpes está casi suelto y el motor es la dentadura negra de un monstruo con la mandíbula rota. Te lo tomás con una calma rara. Cuando estás en racha, este tipo de cosas son como señales que confirman cierto orden del universo. Esto iba a pasar, podría haber sido peor.

Le diste a uno de esos tocones que bordean las propiedades, y aunque no te explicás cómo el impacto fue tan violento en una distancia tan corta, encontrás pedazos de plástico por todas partes, un resorte, una especie de esponja negra y una montaña de granas de caucho como las que te quedan en los botines después de jugar un fútbol cinco.

El portero del lugar donde parás te consigue un mecánico que trabaja los fines de semana. Al rato llega un tipo joven y pequeño en un Fiat Uno de combate y te dice que rompiste una pieza importante, el filtro de gases, el recuperador, algo así. Parece confiable y dice que en un día puede arreglar el repuesto de forma provisoria y soldar la carrocería para que puedas salir a la ruta.

Vas con él hasta el barrio Carmencita, a la altura de la avenida 23, el Villa Gesell invisible. Volvés con tu familia y a partir de ahí lo llamás y lo whatsappeás con método. Te tira plazos que no cumple y a la noche te dice que el auto tendrá que dormir en su taller.

El domingo la cosa se estira. "Me llevó más trabajo del que creía." Empezás a calcular los daños de no estar el lunes en la ciudad. Casi no existen, pero en tu mente adquieren un peso desproporcionado. Al filo de tu hora límite, el mecánico te manda un mensaje diciendo que ya está. Hizo un trabajo magnífico. "Esto es casi provisorio para siempre", dice sobre el filtro que rearmó con los fragmentos. El precio suena razonable y le decís: "Me salvaste". Él se queda en Carmencita y vos te ponés en marcha: Madariaga, Conesa, Dolores, ruta 2. Te salteaste Las Armas, te vas a saltear Atalaya.

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