Dramático contrapunto sobre el bullying

Gabriel Isod
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20 de agosto de 2017  

El pequeño poni

Dramaturgia: Paco Bezerra/ Adaptación: Ignacio Gómez Bustamante/ intérpretes: Alejandro Awada, Melina Petriella/ escenografía y video: Maxi Vecco/ iluminación: Marcelo Cuervo/ vestuario: Daniela Dearti/ música original: Silvina Aspiazu/ dirección: Nelson Valente/ teatro: El Picadero, Pasaje Santos Discépolo 1857/ funciones: Sábados, a las 22.15, domingos, a las 18/ duración: 65 minutos/ Nuestra opinión: buena

Melina Petriella y Alejandro Awada
Melina Petriella y Alejandro Awada Crédito: Hernán Guya

Es llamativa la predilección por la dramaturgia ibérica en la escena comercial de los últimos años. Menos sugerente es el achicamiento de las producciones, piezas de pocos personajes y reducida escenografía hablan de una época de ajuste. El pequeño poni cumple con esas premisas: es una obra de autor español y cuenta con un elenco de dos actores: Alejandro Awada y Melina Petriella. Ellos encarnan a una pareja que debe lidiar con el bullying que su hijo sufre en el colegio.

El espacio escénico consta de una mesa, diversas sillas y un perchero, todo de un blanco furioso. Con el correr de la obra, esa asepsia hará contraste con el corrosivo problema que crece en el seno familiar. Hay, también, un cuadro que refleja, desde el uso de proyecciones, la cara del personaje ausente que moviliza la obra: el hijo de la pareja, Miguel. Darle rostro a Miguel es algo que la dramaturgia esquiva y que la puesta prefiere reponer, sirve como recordatorio de lo que está en juego y que los padres a menudo olvidan. El caso está basado en hechos reales. Trata de un niño que, fascinado por los dibujos animados de Mi pequeño poni, lleva una mochila con sus héroes infantiles a la escuela. Como consecuencia, recibe sistemáticos ataques físicos y verbales. A falta de mejor idea, el colegio exige que deje de llevar la mochila. De ahí nace el contrapunto: Irene, asustada, insiste en que Miguel deje su mochila. Jaime aboga por el derecho a su libre elección. La lucha de los padres y de la comunidad escolar tiene, así, al niño como campo de batalla.

La dirección de Nelson Valente enfatiza las zonas dolorosas del texto, los escasos momentos humorísticos aparecen velados. El tono que impera es realista, los ampulosos gestos con los que Awada empieza se van sofocando con el avance de la obra. La estructura dramática es una sucesión de diálogos que a menudo caen en situaciones en las que un personaje afirma algo y el otro su contrario. Incluso problemas que se anuncian al comienzo (los horarios diurnos de ella ante los nocturnos de él, por caso) parecen olvidarse para la tercera escena. La obra avanza más por discusión que por acción dramática real, lo que puede hacer caer el interés.

El mérito de la pieza está en conseguir evitar la moraleja fácil, los lugares cómodos que cerrarían un problema que sigue abierto. Países nórdicos han encontrado nuevas formas de enfrentar el bullying, analizaron que no sólo los acosadores sino los testigos son una parte fundamental del fenómeno. Notaron que los casos bajan si no hay gente que, por acción u omisión, consienta la violencia. Sobre los testigos apunta y arma su relato El pequeño poni. Esos que, en definitiva, somos todos nosotros.

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