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Alicia Carletti en Cuenca

María Sonia Cristoff
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12 de marzo de 1999  

Viajar por América había significado siempre para Alicia Carletti ir a Nueva York: las exposiciones, los museos; el trabajo en general contribuyó a asentar esa ecuación. El año último, en cambio, el mismo tema la sumergió en la porción latina del continente: fue invitada a participar de la Bienal Internacional que se realiza desde hace 12 años en Cuenca, Ecuador.

El tema de esta edición de la Bienal -en la que han tomado parte también Rogelio Polesello, Iturria y Camporeale, entre otros- era justamente América: vidas, cuerpos e historias . Alicia C. participó con un cuadro de su serie Alicia en el País , a la que pertenece también la obra con la que ganó el segundo lugar en los premios Costantini de 1998.

"Por recomendación de una excelente amiga ecuatoriana que tengo en Buenos Aires decidí volar hasta Guayaquil y, desde ahí, tomar un vuelo interno hasta Cuenca. Cuando llegué a Guayaquil, sin embargo, tuve un instante de profundo arrepentimiento. El avión en el que tenía que hacer ese trayecto de media hora era ínfimo, apenas cabían unas pocas personas sentadas en asientos de colectivo.

"Era una empresa familiar -Austro Aéreo, leí, pero aun así no pude recuperar la confianza-. El padre era el piloto, la madre vendía los tickets y las hijas hacían de azafatas. Anunciaban los vuelos con cartulinas escritas a mano. El vuelo fue, a pesar de lo que indicaba mi pánico, óptimo, sin ningún tipo de sobresaltos. Cuando llegué me contaron que el hombre había sido piloto presidencial durante años y que hay gente que reserva su ticket con mucha anticipación porque sólo con ese avión se sienten seguros para deslizarse entre las montañas ecuatorianas."

Un arte hecho por todos

La Bienal era una fiesta: una de las primeras cosas que lograron sorprender a Alicia C. y a Jorge Alvaro -su marido, también plástico- fue el hecho de que toda la ciudad estaba al tanto y participaba del acontecimiento; no era una actividad recortada, sectorizada. Las mujeres en los mercados, los taxistas, todo el mundo tenía algo para decir.

"El día de la inauguración, por ejemplo, hubo una gran fiesta en la Plaza Central en la que participó gente del pueblo como si se tratara de otra de sus tantas festividades, no de un fenómeno artístico aislado. Bien entrada la noche soltaron farolas romanas, esos globos de papel propulsados por una llama de fuego; se los veía flotar encima de las casas, con los Andes allá atrás.

"Un día fuimos de visita a la montaña, una zona increíble que se llama El Caja, ubicada casi a 4 mil metros de altura sobre la parte occidental de la cordillera de los Andes. Es un paisaje devastador, absolutamente solitario, donde no se ve nada, pura montaña virgen. En todo el trayecto sólo cruzamos un zorro que pasó como una exhalación.

"Aunque en general me gustaba mucho más estar en la ciudad, en ese lugar donde las casas, los balcones, las iglesias, los mercados, todo me resultaba rico, sugerente. En los mercados, los indios otavalos venden pintura de Tigua, un tipo de representación muy naïve. Son cuadros que permiten reconstruir algunas de sus tradiciones: el Carnaval, la cosecha.

"Es fácil distinguir a los otavalos de los integrantes de otras tribus por la forma de vestirse de las mujeres, que es algo bellísimo. Usan polleras tubo negra, una blusa blanca y siempre, en todos los casos, un collar dorado que cubre perfectamente todo el contorno del cuello."

Alicia C. recordaba de su infancia los sombreros de Panamá como algo especialmente atractivo. Por eso le sorprendió ver en los mercados de Cuenca muchas mujeres que tejían la paja toquilla con que se fabrican. Con los días averiguó que aquello de Panamá señalaba un copyright dudoso: en realidad, esos sombreros son originarios de Cuenca. De hecho, desde el siglo pasado, fueron un elemento de importancia en la economía local- y desde allí eran exportados en grandes cantidades durante la obra de construcción del Canal de Panamá.

Dice Alicia C. que cada vez que podía dejar sus actividades a un lado trataba de instalarse lo más posible en la vida cotidiana de ese pueblo "con ángel propio", un lugar que todavía no se parece a tantos otros, como suele ocurrir hoy con varias ciudades del mundo. Se internaba entre los puestos de los mercados; comía en el Raymipampa, el restaurante que está frente a la catedral, donde se reúnen muchos de los artistas del lugar, y caminaba por la orilla del Tomebamba, el río que atraviesa Cuenca, cuando todo el mundo estaba durmiendo la siesta.

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