Los castillos de Silicon Valley

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22 de agosto de 2017  • 00:13

Apenas terminó el concierto en el famoso Shoreline Amphitheatre de Mountain View, CA, se prendieron las luces y junto con hordas de adolescentes (y treintañeros) fuimos abandonando las premisas del lugar. Afuera, se apilaban las GBikes, bicicletas de colores que los empleados de Google usan para moverse por la ciudad. Me esperaba una larga caminata antes de volver a casa.

Desde el resto del mundo puede parecernos que Google se está apoderando del mundo. Pero caminando por Mountain View, hogar de Google, la sensación es incluso mucho más cruda. En Googletown es difícil encontrar alguna propiedad que no lleve el logo multicolor. Hasta hace unos años, Google daba trabajo a un 10 por ciento de la población y era dueña de poco más del 10 por ciento de las propiedades. Básicamente, Google era el 10 por ciento de la ciudad.

Pero esto no es suficiente. Facebook, Google, Apple y el resto de gigantes tecnológicos de Silicon Valley están topándose con un problema común: el costo de vida en la bahía de San Francisco se hizo tan alto que alquilar cerca de la oficina se vuelve imposible. Esto no sólo genera fricción con quienes viven en la zona hace décadas y ahora deben afrontar un costo de vida varios órdenes de magnitud superior, sino que también se vuelve un problema para sus propios empleados, cuyo viaje diario se hace más largo a mayor distancia.

En parte, la solución que encontró Google es abrir nuevas oficinas en ciudades cercanas como Sunnyvale o San José, donde las opciones de vivienda pueden ser (apenas) más accesibles. Pero también contempla soluciones más bien directas: está trabajando con la ciudad de Mountain View para desarrollar unas 9850 casas que estarían disponibles en el mercado.

Este tipo de iniciativas pueden hacernos recordar a las company towns o colonias industriales, ahora con sabor Silicon Valley. Con este nombre se conocía, en el siglo XIX, a las ciudades que se instalaban en torno a una empresa, generalmente dueña de los edificios de trabajo y de las viviendas. Iglesias, escuelas, comercios y todo tipo de tiendas y servicios solían quedar a cargo de las mismas empresas, atendiendo las necesidades de sus empleados y sus familias. Fordlândia, en Brasil, fue fundada en los años 20 por Henry Ford en torno a una planta de caucho. La motivación, según una carta de la época, era “ no solo generar dinero, sino desarrollar una maravillosa y fértil tierra.” El proyecto fracasó estrepitosamente y en 1945 Ford se desvinculó de la ciudad.

El camino que por su parte optó por tomar Facebook es el de inaugurar una suerte de company town moderna en Menlo Park, donde se ubicada actualmente la empresa. “Willow Campus” consistirá en una mini-ciudad compuesta por 1500 casas, que contará con oficinas, comercios, parques, zonas de entretenimiento, gimnasios, y una importante cantidad de espacios comunes.

En la Edad Media, el feudalismo consistía en la combinación de estructuras legales y militares que giraban alrededor de relaciones de distintos tipos. Estas relaciones, que solían derivarse de la posesión de la tierra, establecían obligaciones mutuas entre los señores feudales, los vasallos y los siervos. Fue la revuelta contra el Antiguo Régimen, junto a una plétora de otros motivos, lo que encendió a la Revolución Francesa, cuya desigualdad no hacía más que incrementarse hasta el momento en que la revolución se hizo inevitable. Al menos este paralelo es el que establece el multimillonario Nick Hanauer —que se jacta de pertenecer al 0,01% más rico del mundo— cuando argumenta que la desigualdad en EE.UU. va a terminar sobre todo con los más ricos. “A no ser que nuestras políticas cambien dramáticamente, la clase media va a desaparecer, y estaremos de nuevo en la Francia del Siglo XVIII, antes de la Revolución”.

Quizás la Revolución no esté a la vuelta de la esquina, pero en Silicon Valley el terreno escasea, la desigualdad aumenta, y las empresas se manejan con sus empleados como si fueran su propiedad. Hace un par de años, Apple, Google, Intel, y Adobe tuvieron que desembolsar unos 415 millones de dólares luego de ser acusados de complotar secretamente para no contratar empleados de cualquiera de las otras empresas. La gran diferencia con los vasallos medievales, es que el juramento de lealtad en aquella época al menos era explícito.

Ya en 1995 Douglas Coupland tuvo el tino de llamar jocosamente “microsiervos” a los empleados de Microsoft que trabajaban en Redmond, bajo la protección de su “señor” Bill Gates. Lo que diferenciaba, en aquella época, a los “ciberseñores” de los “microsiervos” era el hecho de haber fundado sus propias empresas. Luego de aquella caminata nocturna por Mountain View, mientras se me congelaban los dedos esperando a que me pasaran a buscar, me pregunté si aún habría lugar para nuevos castillos y ciberseñores en Silicon Valley.

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