Yerma (hay un niño en la calle): pasión, latido, explosión

Leni González
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26 de agosto de 2017  

Un elenco numeroso y parejo
Un elenco numeroso y parejo Crédito: Gabriel Reig

Yerma (hay un niño en la calle) / Autor: Federico García Lorca / Adaptación y dirección: Roberto Ibáñez / Intérpretes: Silvana Coppini, Roberto Caute, Pablo Viollaz, Nonnel Nhoj, Denise Bell, Cecilia Fava, Carolina Casal, Daniela Cimminelli, Cecilia Cabrera, Claudia Bosco, Laura Hierro, Maricel Vicente, Alejandra Muratori, Rubén Ramírez, Marcelo Beltrán Simo, Horacio Serafini y Camila Truyol / Escenografía: Víctor de Pilla / Vestuario: Alicia Gumá / Luces: Betina Robles / Ayudante de dirección y coreógrafo: Darío Dorzi / Funciones: domingos, a las 20 / Sala: El Portón de Sánchez, Sánchez de Bustamante 1034 / Duración: 70 minutos / Nuestra opinión: muy buena

Apenas antes de entrar a la sala, la nena cubierta con capucha ofrece estampitas a la gente de la fila. Algún distraído niega con la cabeza y continúa hacia las butacas, donde ella se escabulle veloz como los que escapan ante el grito del acomodador, sorprendido en medio del ritual de los celulares. Las luces se apagan y chiquita, hecha un ovillo, se queda a un costado de la escena, visible para todos pero invisible para los actores que no reparan en su presencia.

Sin cambiar casi nada del texto de Federico García Lorca estrenado en 1934, el director Roberto Ibáñez agregó el subtítulo "hay un niño en la calle" e incorporó en los márgenes de la obra a este personaje para dar, quizá, lugar a la esperanza. Porque en Yerma, uno de los tres dramas rurales lorquianos junto con Bodas de sangre y La casa de Bernarda Alba, no queda ninguna. La casada marchita está encerrada entre el mandato social de la maternidad como única misión femenina, un matrimonio sin amor con un hombre que no logra ni quiere darle hijos, y su imposibilidad de encontrar alguna alternativa: resignarse, romper la honra familiar e irse con otro varón, criar a cualquier niño no parido por ella. Nada le sirve y la amargura se apodera de su alma.

"No hay en el mundo fuerza como la del deseo", le dice una vieja a Yerma. Deseo que prospera y multiplica o deseo frustrado que se estrella contra el muro, la puesta de Ibáñez pone el acento en la pasión sexual como fuerza que revitaliza a quienes la ejercen o torna enjutos y agrios a los que la desconocen. Esa tensión recorre toda la obra desde el comienzo, con Juan y Yerma en la cama con sexo y la charla posterior, en la que ella reclama más cercanía de ese marido de "cintura fría"; cada vez que Yerma y Víctor aparecen juntos, el coro de mujeres -al que el director otorga un gran protagonismo- suspira, gime y arenga para que este pretendiente se anime ("cagón", le grita una) y ambos crucen la frontera de las imposiciones; o cuando las lavanderas se reúnen alrededor del río y se muestran no sólo como murmuradoras de pueblo, sino también como mujeres que se tocan y desean ser tocadas. En todos los personajes se pone en superficie la intimidad velada por la época.

La escenografía también explicita lo no dicho. Son tres elásticos metálicos de cama, utilizados de distintas formas, que parados funcionan como ventanas/rejas de mujeres enjauladas en sus mundos de detalles, siempre vestidas de blanco (sólo las no encerradas, la Vieja pagana y la bruja Dolores, llevan colores). A un costado, el cajón flamenco que toca Pablo Viollaz (también actúa como Víctor) explota, latido a latido, la musicalidad de la poesía de Lorca a la que Ibáñez suma la canción sevillana "Contigo no pasa el tiempo". El elenco, numeroso no sólo para el off (son 17), tiene un desempeño muy parejo y de mucha conexión, en el que se destaca Silvana Coppini con su Yerma apasionada, que camina de la ilusión a la oscuridad, ciega a otra salida que no sea la tragedia.

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