Zukerman, un violín que se eleva con las mejores propuestas

Pablo Kohan
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27 de agosto de 2017  

Orquesta Filarmónica de Buenos Aires Solistas: Pinjas Zukerman, violín; Amanda Forsyth, chelo/ director: Maximiano Valdés/ programa: Brahms: Doble concierto para violín, chelo y orquesta, Op.102; Mendelssohn: Sinfonía N°3 en la menor, Op.56, "Escocesa"/ Teatro Colón/ Nuestra opinión: muy buena

El violinista israelí
El violinista israelí

El jueves pasado, el Colón estuvo totalmente colmado desde la platea hasta el paraíso. Las razones para semejante convocatoria son muchas y variadas, pero no es erróneo considerar que, en este caso, la multitud acudió al teatro por la presencia de Pinjas Zukerman, un violinista excepcional que, ya con medio siglo de carrera, ciertamente esplendorosa, ha impreso su nombre como una marca indeleble. En segundo lugar, no es equívoco conjeturar que un programa que incluye dos obras tan maravillosamente románticas, sólidas, profundas y atrapantes como el Doble concierto, de Brahms, y la Sinfonía escocesa, de Mendelssohn, van a congregar a una muchedumbre, independientemente de las glorias que puedan portar los intérpretes que las lleven adelante. Y por último, no es un hecho menor que la Filarmónica de Buenos Aires, una orquesta que viene acumulando años y años de altas performances, tiene un numerosísimo público que le es fiel y consecuente. Lo más importante, en todo caso, no fue que la suma de estos tres factores promovió una concurrencia masiva, sino que la confluencia de todos ellos derivó en un encuentro de gran valor artístico. Para que este resultado pudiera ser concretado, hay que mencionar, además, que al frente de la orquesta estuvo Maximiano Valdés, un muy buen director chileno de larga trayectoria.

En la enumeración de elementos del párrafo anterior no apareció Amanda Forsyth, una muy buena chelista canadiense, nacida en Sudáfrica, notable como integrante de numerosos ensambles de cámara pero que, como solista, y nada menos que al lado de Zukerman, su esposo, no estuvo a la altura de las circunstancias. Si bien en la cadencia de apertura y en los pasajes solistas que Brahms le otorga al chelo, denotó un buen sonido y gran prestancia, su trabajo general, a lo largo de toda la obra, fue sólo correcto. El chelo de Forsyth no alcanzó el protagonismo que debería haber tenido, por un lado, sobrepasado por el total de la orquesta y, por el otro, y casi de modo inevitable, opacado por el violín de Zukerman, definitivamente un músico superior. Como siempre que lo hemos podido apreciar en nuestro país, el violinista israelí deslumbra por los infinitos sonidos que obtiene de su instrumento, por las variantes y la libertad que les imprime a sus fraseos, por la abundancia de colores, por una afinación irreprochable y porque aun en los momentos aparentemente más intrascendentes, su violín se eleva con las mejores propuestas.

Es llamativo que la Sinfonía N° 3, de Mendelssohn, aparentemente, el relleno de ocasión para completar un concierto en el cual lo convocante era el Doble concierto, de Brahms, con dos solistas lujosos, haya emergido, en definitiva, como el momento más destacado de la noche. Valdés, con una gestualidad poco afecta a las exageraciones y sin "coreografías" impactantes de ningún tipo, condujo la orquesta por los mejores caminos. Desde la introducción del primer movimiento, que sonó tenue y exquisita, hasta la plenitud vital del último movimiento, Mendelssohn estuvo en las muy buenas manos de Valdés y de los músicos de la Filarmónica. Algunos desajustes mínimos en el Scherzo no alcanzaron para mellar una muy buena interpretación de esta bellísima sinfonía. Una vez más, como siempre, el público que fue a ver a la Filarmónica de Buenos Aires se retiró plenamente satisfecho.

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