Deudas emocionales. Una llave para avanzar

Crédito: Latinstock
Carina Durn
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28 de agosto de 2017  • 10:12

Otro domingo en mi hogar, con un té negro y mi gata enroscada sobre uno de mis abrigos. Cada vez que me olvido de acomodar mi ropa, Simona aprovecha para hacerse un bollito sobre ella y dormitar; irradia una paz, potente, que me llega hasta el corazón. Ese estado suyo me hace olvidar instantáneamente lo difícil que será sacar el pelo que me deja sobre las prendas. Observo mi computadora y leo: 27 de agosto y simplemente no lo puedo creer. ¡27 de agosto! Este es el mes en el año donde siento que todo lo que resta hasta llegar a diciembre, empezará a cobrar una velocidad incontrolable; que los días, como espejismos, se esfumarán en tan sólo un par de despertares. Hay tantas cosas que me propuse realizar el primero de enero y, si bien me siento encaminada, a veces desearía que la semana me regale más horas, o que el reloj –tirano imparable – detenga su marcha por un instante.

A veces me gustaría que se detenga porque, si bien sé que mi tiempo es hoy y que necesito accionar para hacer que las cosas pasen, simplemente lo único que quiero es tirarme boca arriba y llorar. Nada más que llorar.

Para lo que sigue, les comparto este tema visceral con sus violines, y cantado desde el alma:

Porque como suele pasarnos a todos, hay momentos en los que me siento como una niña. El cansancio extremo se apodera de mí y todo, pero todo, me sensibiliza: una palabra dura, aunque sin ser malintencionada, se transforma en una maldita roca que pega y duele; un leve dolor corporal, en una aflicción detestable; mis actividades amadas, en obligaciones molestas y sinsentido. Son momentos en los que ni yo me soporto y pienso: podría elegir sentirme bien, sonreírle a la vida, seguir avanzando en mis proyectos y, acá estoy, con unas ganas impresionantes de que el tiempo quede congelado, pero no para aprovecharlo mejor, sino para paralizarme sin sentir pérdida ni culpa.

Y entonces, en esos días del llanto y la nada, detengo esa maldita culpa y me recuerdo por qué pude superar experiencias que me hicieron sentir que mi autoestima había alcanzado el último subsuelo. Estoy en pie, con la frente en alto, porque en su momento decidí no ocultar más mis emociones; me propuse dejar de barrerlas bajo la alfombra para poder dolerlas con toda la intensidad correspondiente.

Detenerse para llorar, doler, penar como bebés enroscados en aquellos instantes donde el alma acumula una presión abrumadora, eso.... eso siento que también es accionar, abrazar el presente y dar pasos necesarios para avanzar. Simplemente porque las tristezas y las angustias apiladas en nuestro ser, son de las peores piedras que nos podemos cruzar en el camino. Disimular hasta ignorar nuestras aflicciones, tal vez nos detenga de estar tirados llorando un fin de semana, pero dudo que nos haga abrazar nuestras pasiones de forma real, comprometida y decidida en esta vida. Mi pasado me enseñó que las penas no admitidas y expresadas a nuestro propio ser, nos consumen una energía arrolladora que logra invadirlo todo hasta bloquear nuestra existencia.

Y para que nuestro tiempo sea hoy, para lograr que nuestros sueños se cumplan, debemos estar desbloqueados. En mi caso, por aquellos días oscuros en los cuales dejé de estar confortablemente adormecida y decidí hacerme cargo de mis sentimientos, me pregunté: ¿por qué lloro tanto? ¿Por qué me desvelo por las noches? ¿Por qué aun cuando sonrío, sé que en el fondo estoy angustiada? Abrazar la tristeza de manera real, fue lo que me ayudó a superarla. Después de sincerarme con mi situación, tuve el coraje de desprenderme de las espinas clavadas en mi alma para luego sanar las heridas. Enfrentarme a lo que me angustiaba, me dio la valentía para soltar y, recién ahí - liviana de opresiones-, mi personalidad volvió a encenderse y desbloquearse. Y sólo desbloqueada, pude volver a amar y pude empezar a dar lo mejor de mí para lograr que mis proyectos se conviertan en realidades y metas visibles en el horizonte.

Un viejo amigo una vez me contó que estuvo como diez años sin poder llorar la muerte de su padre. Sus lágrimas eran tan densas, que se habían atascado en su estómago, su corazón y su garganta. Tenía sueños, tenía objetivos dulces que alguna vez había imaginado posibles, pero simplemente los abandonó. Como autómata, se casó, tuvo hijos y fue a trabajar cada día sin cuestionarse demasiado nada, pero siempre con esa pequeña angustia instalada y molesta. El día que pudo llorar, fue el día que en el que se desbloqueó; fue también el día en el que decidió darle una vuelta de timón a su vida y retomar sus viejos sueños para ser feliz.

Crédito: Latinstock

Existen muchas formas de avanzar hoy, con paso firme y decidido, hacia nuestras metas tan anheladas. Y estos pasos, no siempre tienen que ver con el sueño en sí mismo. A veces, accionar es llorar cuando el corazón nos pesa, es golpear la almohada cuando creemos que la vida es injusta, y es mirar al techo durante todo un día y doler con fuerza y sinceridad; también es salir a pedirle perdón a ese amigo que lastimamos, es reparar el daño que dejamos en otro ser, es animarnos a soltar a aquellos que nos oprimen hasta ahogarnos, es tener nuestros trámites pendientes – y tan molestos- al día, y es abrazar con ganas a esa persona que tanto anhelamos ver.

Sí, sin dudas creo que saldar hoy nuestras deudas emocionales pendientes, significa dar grandes pasos hacia la realización de nuestros sueños.

Saldar las deudas del alma, hará que recuperemos una enorme energía y nos ayudará a avanzar mejor en nuestros proyectos.

Llorar no indica que eres débil. Desde el nacimiento, siempre ha sido una señal de que estás vivo.

Charlotte Brontë

Ustedes, ¿se permiten llorar un día entero? ¿O son más bien de reprimir las emociones? ¿Tiene todavía deudas pendientes con su alma? ¿Cómo creen que repercute eso en la realización de sus sueños?

Beso,

Cari

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