Game of Thrones colmó todas las expectativas

Con más impacto que sorpresas, se despidió hasta 2019
Dolores Graña
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29 de agosto de 2017  

El final de la séptima temporada de Game of Thrones, emitido anteanoche, más que sorprender, asombró. Lo hizo tanto por sus imágenes fantásticas del Apocalipsis Zombi según George R. R. Martin -autor de las novelas en las que se basa la serie de HBO- como por haber revelado satisfactoriamente buena parte de los interrogantes planteados hasta el momento (hasta el verdadero nombre de uno de sus héroes, Jon Snow). Quizá sea demasiado pedir a la "serie más grande del mundo" -sobre todo en sus instancias finales- que no caiga presa del impulso de satisfacer las expectativas de sus millones de fanáticos en todo el mundo.

Y sin dudas es casi imposible lograr lo que los creadores de la ficción, David Benioff y D. B. Weiss, consiguieron en ese final: comenzar a anudar la trama de la Gran Guerra contra los Ejércitos de la Noche y, a la vez, permitir un último respiro dramático a su media docena de protagonistas, de modo que puedan enfrentar el gran dilema que plantea la historia (la lucha por el poder individual o la supervivencia colectiva) y respondan a él de una forma que los revele por completo.

Si bien esta séptima temporada apostó todas sus fichas creativas al primer aspecto, y ha logrado con ello imágenes y escenas memorables, que seguramente aparecerán en todas las listas de lo mejor del año (la escena final de este capítulo seguramente estará entre ellas), es en el segundo frente donde reside su mejor apuesta a la inmortalidad. Los grandes personajes, en manos de eximios intérpretes, no necesitan efectos especiales, como se probó en estos ochenta minutos de acción que, admirablemente, encontraron resquicios de lucimiento para los grandes actores de esta ficción, especialmente los dos pares de hermanos unidos más por el odio que por el amor: los Lannister de Lena Headey y Peter Dinklage, y las Stark que componen Maisie Williams y Sophie Turner. Sin más preámbulo, los spoilers.

Lo público y lo privado

Por toda la importancia estratégica de la cumbre en King's Landing, en la que buena parte del elenco de Game of Thrones se vio las caras por primera vez, fue en los momentos privados -lejos de las declaraciones públicas y las lealtades políticas- cuando se libraron las verdaderas batallas en este último episodio, que quizá por ello fue tanto más satisfactorio que la temporada que clausura.

El zombi robado de los Ejércitos de la Noche cumple con su propósito de aterrorizar a Cersei Lannister, quien por primera vez se encuentra cara a cara con Daenerys Targaryen (cuya entrada triunfal, montada sobre Drogon, no parece impresionarla). La posibilidad de una tregua entre ambos bandos es sepultada por la rectitud de Jon Snow. Cuando el Rey del Norte reitera su lealtad a su "Dany" en público, ella no puede reprimir su admiración ni sorprenderse por su locura; Cersei -sabemos- no le perdonará el rechazo.

Es que Cersei será siempre Cersei, y en una escena memorable con Tyrion -Lena Headey es el arma secreta de esta ficción- vuelve sobre los horrores que personas como ella son capaces de cometer: "Cuando vi la garganta negra de la muerte sobre mí, el mundo desapareció: sólo estaban los míos", explica a su hermano menor, que intuye que está embarazada. "A mí nadie me deja", le dirá luego ante su hermano y amante. Pero Jaime lo hace.

"Un dragón no es un esclavo", explica Daenerys Targaryen a Jon Snow al relatar la decadencia de su familia (atada a la de las criaturas sobre las que fundamentaron su dominio). Y hay algo de declaración de principios sobre su relación (su parentesco es confirmado por Bran Stark y Sam Tarly, con la ayuda de un "práctico" viaje al pasado). Como GoT afirma desde la temporada anterior, es Jon, y no la Khaleesi, quien es el verdadero heredero del Trono de Hierro. Más allá del complejo dilema que se avecina para la pareja cuando llegue a Winterfell y se descubra como tía y sobrino, no queda más que aventurar cuál será el destino de la reina tras esa revelación. Todo el camino dramático del personaje estuvo sostenido en su convicción (y las señales proféticas que la respaldaban) de que era la soberana que Westeros necesitaba. El flamante Aegon Targaryen cree en ella mucho más de lo que cree en sí mismo, y sería muy decepcionante que la serie que llegó a tener cinco mujeres al frente de las principales casas nobles terminara convirtiéndola en apenas una consorte.

Nada de eso sucederá con Sansa Stark, que demostró que aprende despacio, pero aprende. Tras ejecutar a Littlefinger por sus crímenes, las hermanas parecen haber alcanzado un entendimiento que será de vida o muerte para lo que viene. La caída del Muro -protección sobrenatural de Westeros desde hace milenios- a manos del fuego azul del dragón antes conocido como Viserion es una de esas imágenes que definirá la serie para la posteridad.

Rating récord para el final

Con más de 16 millones de espectadores, el final de la séptima temporada rompió todos los récords anteriores de la serie. De hecho, según las cifras de rating en los Estados Unidos y la medición de quienes vieron el episodio extra largo a través del streaming de HBO, el capítulo midió un 36% más que el que cerró la temporada anterior.

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