Veinte años de Alta suciedad: un clásico sin tiempo de Andrés Calamaro

Andrés Calamaro
Andrés Calamaro Fuente: Archivo
Grabado en los Estados Unidos con un personal de lujo, el quinto disco solista de Andrés Calamaro demostró que estaba en su mejor forma como compositor, tuvo siete singles con ventas millonarias y reconfirmó, a sus 36 años, que el Salmón podía disputarle la corona de los solistas a Charly García y Fito Páez
Martín Graziano
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1 de septiembre de 2017  • 09:46

“Entonces vi un número quinientos mil escrito en el cielo”. La frase, que suena exactamente como una parábola bíblica, pertenece a Andrés Calamaro y fue pronunciada durante las sesiones permanentes de Deep Camboya. Sentado frente a Alfredo Rosso para su primera nota de tapa en Rolling Stone, el cantante evocaba algunas sensaciones sobre su disco capital: “no era muy optimista sobre la suerte de Alta suciedad mientras escribía las canciones –decía entonces-. Fue recién después de que Joe (Blaney) y yo terminamos de mezclar los temas en Miami, cuando nos dimos cuenta del potencial del disco. Entonces vi un número quinientos mil escrito en el cielo”.

Editado oficialmente el 2 de septiembre de 1997, Alta suciedad espeja la paradoja hasta en su título. El país atravesaba el último tramo de una primavera económica y resultaba más barato grabar y mezclar en los Estados Unidos que hacerlo en casa. Alta suciedad gozó de esos privilegios. Sus sesiones, registradas entre Nueva Jersey y Manhattan, contaron con un personal que aún mete miedo. Por un lado, la base de los X-Pensive Winos: Steve Jordan y Charley Drayton (ocasionalmente reemplazado por Chuck Rainey). Por el otro, Hugh McCracken y Eddie Martínez. Dos guitarristas cuyas fojas de servicio, unidas, incluyen buena parte del Adult Oriented Rock de los setenta: Paul Simon, Steely Dan, Hall & Oates, Billy Joel, Robert Palmer. El resultado, deliberadamente hi-fi (allí radica otro de los enclaves del título), fue balanceado por la guitarra avant-garde de Marc Ribot y la impronta del propio Calamaro.

“Ese casting es irrepetible –dice Andrés–. Los mejores músicos de todas épocas. Supersesionistas, los Winos. Eran músicos muy preparados. Blaney me ayudó en toda la grabación y tiene crédito como productor del disco. Hugh McCracken también me ayudaba bastante con los charts. Estoy realmente agradecido con todos los que grabaron Alta suciedad. Tiene un audio muy especial. La idea siempre fue darle a Blaney todos los elementos para que sacara verdadero jugo potencial de aquellas canciones y sesiones. Músicos, estudios y tiempo”.

Se ha dicho de mucho sobre la influencia de Bob Dylan. Sin embargo, excepto la portada y la progresión armónica de “Crímenes perfectos”, la gravitación del trovador de Minnesota es más ostensible a nivel ético: en el desparpajo del canto y el ojo clínico para detectar el naufragio social en la polaroid de entrecasa. El disco, entonces, tenía competencia para el Top 40 y sensibilidad canyengue. Esa transversalidad era su as de espadas.

A mediados del 97, Calamaro era una apuesta segura para Warner. Contaba con un handicap inmejorable en las ligas del rock, sex appeal y estaba en la plenitud de sus facultades como compositor. La corona de los solistas, por otra parte, estaba vacante. Charly deambulaba en la penumbra de Say No More y Fito Páez, después de una larga temporada bajo el reflector, se encontraba voluntariamente al costado del camino. Con 36 años y varias rupturas en su CV (el fracaso de su primer tramo como solista, la separación de Los Rodríguez), Andrés estaba dispuesto a comerse la cancha.

El disco superó incluso las expectativas más altas. Siete de sus quince canciones fueron cortes de difusión y no menos de nueve alcanzaron estatura de clásicos. En la era dorada de MTV Latinoamérica, los videos de “Flaca” y “Loco” rotaron hasta la exageración y Andrés –a diferencia de sus predecesores en el juego de los tronos- se convirtió en un ícono continental. La verdadera fortaleza, sin embargo, radica en que incluso las canciones que quedaron fuera de las antologías no solo están a la altura del partido sino que emiten esos reflejos que produce el rock cuando es parte de una cultura. Ahí está “Comida china”, la aproximación beatle al sueño del ketanal. Ahí está la ranchera de “El tercio de los sueños” y el parlamento iconoclasta de Antonio Escohotado en el reggae “Nunca es igual”. Ahí está el “El novio del olvido” o Yupanqui en New York.

Ubicada en la coda final, la versión de Pedro y Pablo cumple una función folklórica. Como dijo Il Corvino: “Calamaro es el encargado de que una niña de quince años que se copó con eso de que ‘lo que ocurre cuando vuelvo es que te quiero más’ se enteré de que existe un mundo desconocido donde habita, por ejemplo, Litto Nebbia”. Alta suciedad, entonces, pertenece a la historia del rock argentino. Pero también la excede. Habla de su tiempo, pero lo trasciende. Exactamente de esa materia están hechos los clásicos.

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