Barcelona

1 de septiembre de 2017  • 11:31

Es el último día de cierre y yo estoy en Barcelona. En menos de un mes, resolví que necesitaba un parate antes del OHLALÁ! Fest y la licencia de Agus Vissani, mi mano derecha, que se va a tener su segundo hijo y agranda la familia ohlalera. Lo decidí de un día para el otro, un poco pasada de resolver cosas y quedarme afónica de tantas reuniones. Necesitaba verano. Harta de verme las ojeras, saqué pasaje sincronizando las fechas con las de una íntima amiga, Kenta (la que hace un año me ayudaba a encontrar mi propio estilo, ¿se acuerdan?), que ya tenía un viaje planeado de un mes con otras amigas. Me subí al siguiente plan: una semana en Barcelona y otra para recorrer parte del Camino de Santiago. Armé la valija de trasnoche, sin entender bien si tenía que llenarla de zapatillas o vestiditos de playa. No sé aún si tengo ganas de caminar, simplemente me dejé llevar. Dije: “Lo que acontezca”. No organicé nada, estaba en el colapso de la organización, las chicas sacaron pasaje interno y hosterías y yo me dejé llevar. Mi único asesoramiento fue mi papá, que hizo el Camino hace unos años y me pasó algunas indicaciones, estilo: no cargues peso, embadurnate los pies de vaselina, usá sombrero, llevate un abrigo, que las zapatillas no tengan costura, cada una hora pará y estirá, tomá mucha agua. Pero me dijo algo más antes de salir: “Vas a ver que hay un momento en el camino en el que el cuerpo se encuentra con el alma”. Mi papá es poeta, además de tantas otras cosas, y tiene una sensibilidad muy especial. Me dijo esto y yo, que estaba pragmática enterrada bajo mi estrés, le dije: “No entiendo”. “Sí, ¿viste que cuando uno viaja, gracias a los aviones, el cuerpo llega rápido? Bueno, el alma tarda en llegar, y vas a ver que en un momento, cuando estés caminando, el alma entra al cuerpo de nuevo”.

Una hora antes del atentado que se produjo ayer en Barcelona, estábamos al comienzo de La Rambla, en Plaza Cataluña. Completamente desorientadas porque no entendíamos cómo llegar a Sitges, hicimos tiempo en algunos negocios y dijimos: “Volvemos mañana, que hoy es día de playa”. Y al fin dimos con el tren correcto. Cuando estábamos allá, Bel Ardila, la diseñadora de OHLALÁ!, me mandó un mensaje: “Solo quería saber si estabas bien, hubo un atentado y hay un par de muertos” (eran las primeras noticias). Y así, decenas de mensajes. Incluso de personas con las que desde hace tiempo no hablo: “¿Estás bien?”. Yo estaba –literalmente– colgada de una palmera. Entré a algunos sitios de noticias y empecé a entender la magnitud. Volvimos tarde, todo estaba desierto. No encontrábamos taxi ni nada abierto, caminamos hasta dar con un auto que conducía un señor con turbante y barba larga, no estaba de buen humor y hablaba un español entrecortado, nos dijo: “A mí nunca me duele la cabeza, pero hoy es todo muy triste, me duele mucho la cabeza”. Se hizo un silencio de duelo, y yo sentí el peso de la realidad. No me pasa de pensar: “¿Qué pasaría si hubiera estado ahí, y hubiera sido alguna de las víctimas?”. Me pasa que anoche no pude dormir, y hoy, igual que nuestro conductor, me levanté con dolor de cabeza. Me pregunto: ¿qué tengo que aprender de esto? Y quizá sea eso: que esta freak aprendiz suelte los aprendizajes para entregarse a la experiencia, a lo impredecible. Reconocer la conexión entre todos, no solo los que estamos acá en Barcelona, y el dolor universal de lo incomprensible e ilógico. Que la ordenadora compulsiva que soy habite este desorden. Hoy está casi todo cerrado, nos recomiendan no usar medios de transporte públicos ni ir a lugares turísticos, y la ciudad está completamente acongojada. Y yo, quizás antes de lo que estaba planeado, siento cómo el alma se hace una con mi cuerpo.

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