Letter to a Man: una maquinaria escénica asombrosa y perfecta, pero distante

Alejandro Cruz
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9 de septiembre de 2017  

Letter to a Man / basado en el diario de vaslava nikinsky / Actuación: Mikhail Baryshnikov / Música: Hal Willner / Vestuario: Jacques Reynaud / Iluminación: A. J. weissbard / Video: Tomek Jeziorski / Dirección, diseño de escenografía y concepto de iluminación: Robert Wilson con Mikhail Baryshnikov / Teatro Coliseo / Próximas funciones: hoy, a las 20.30, y mañana, a las 18; y del martes al domingo próximos / Nuestra opinión: buena

La silla, uno de los objetos que se resignifica en escena
La silla, uno de los objetos que se resignifica en escena Crédito: Lucie Jansch

Las diferentes capas que conforman Letter to a Man están ideadas hasta el máximo grado de articulación. En el orden que se quiera, el diseño sonoro, la interpretación de Mikhail Baryshnikov, las diferentes plantas escenográficas, el impecable trabajo lumínico, los tenues movimientos coreográficos, las proyecciones, las diversas ubicaciones del dispositivo sonoro en el espacio como la variedad de mínimos efectos están al servicio de una esta gran maquinaria escénica pensada en términos visuales.

Hasta aquí, los signos que definen la marca de Robert Wilson, una de las figuras claves de la renovación escénica del siglo pasado. Y hay que reconocer que esta vez, como ha sucedido en las otras oportunidades que presentó propuestas suyas en Buenos Aires, el artista norteamericano es absolutamente coherente entre sus ideas, las mismas que con enorme generosidad compartió con la prensa días atrás, y su decodificación escénica. En un reportaje reciente, el creador aseguró que la luz es todo. También lo es en esta propuesta basada en el diario una persona, el genial Nijinsky, que se debate con la oscuridad.

Esta figura emblemática de la danza clásica del siglo pasado escribió el diario en seis semanas. En verdad, más que escribir, el bailarín y coreógrafo ruso "desnuda" sus propias contradicciones, sus experiencias de vida más significativas, su relación con Dios como con los seres que marcaron su vida hasta ese mismo momento en el cual, desesperadamente, se tutea con la oscuridad de la locura, con la esquizofrenia.

Lo que propone Wilson en escena, así lo declaró, es un collage basado en ese diario. Une imágenes, fragmentos, objetos, materiales de procedencias diversas y la voz en vivo o pregrabada que suena en inglés, pero también en francés y ruso. A veces, repite un mismo concepto en medio de pulcros paisajes escénicos en los que se cuelan referencias al vodevil, el pop art, la fotografía testimonial, el clown y el cine de los 50, articulados con un plano sonoro en el que conviven músicas de los compositores Arvo Pärt y Alexander Mosolov junto a canciones de Bob Dylan y Tom Waits.

Y claro, él: Mikhail Baryshnikov, el bailarín ruso devenido en una especie de clown de las sombras de Nijinsky. Su mayor logro en escena, como ya lo había demostrado en The Old Woman -obra que se vio en Buenos Aires, en la que compartía escenario con Williem Dafoe-, es ser funcional a la maquinaria wilsoniana desplegando su enorme talento al mismo nivel que las otras capas que hacen a esta propuesta tan perfecta en términos de lenguaje.

Ahora bien, puede suceder algo paradójico: que la perturbación de ese hombre que se debate con la locura no llegue a perturbar al espectador. Como si Letter to a Man se tratara de una visión esteticista de la locura que apela a formas extremadamente puras y bellas, pero alejadas de ese cuerpo en desequilibrio, en pleno debate.

La maquinaria asombra, de eso no hay dudas. El todo, sus partes. La foto de la platea la noche del estreno aplaudiendo de pie (seguramente, hay que sumarle la carga simbólica que implica volver a encontrarse con Baryshnikov en escena, en la que podría ser su última presentación en la ciudad), dan cuenta de la potencia de esta propuesta admirable desde lo visual, lo interpretativo y lo sonoro. Eso sí, distante.

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