En Madagascar se habla en italiano

Silvina Pini
Silvina Pini PARA LA NACION
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9 de septiembre de 2017  

La playa más bella del mundo se llama Nosy Iranja: dos islas pequeñas en medio del océano Índico, unidas por un banco de arena blanca que desaparece cuando sube la marea. Un paisaje doblemente simétrico, una isla frente a otra, el mar a la izquierda y a la derecha que aletea suavemente. Llegué en el momento exacto al lugar exacto, al paraíso. Pero no hay paraíso sin infierno.

Al poco tiempo de que la lancha me dejó en la orilla, una niña se acercó y me preguntó: " Pizza?", y para mi asombro remató: " Aspetto qui". Ocurre que en el archipiélago de Nosy Be a la que pertenece Nosy Iranja, en el norte de Madagascar, el turismo es mayoritariamente italiano. Y en uno de los diez países más pobres del mundo, la necesidad de calorías es un buen estímulo para aprender idiomas.

Los vuelos directos Fiumicino-Nosy Be evitan el paso por Antananarivo, pero mi vuelo no llegaba desde Roma, sino desde Buenos Aires, después de veinte horas y con una escala en Johannesburgo. Llegué de noche y desde el aire, la capital del país parecía afectada por un apagón. En realidad eran las bombillas de 40 watts que apenas iluminan una por casilla. El taxista que me llevó desde el aeropuerto de Tana -así le dicen a la mayor ciudad del país, donde viven un millón y medio de almas- se dio vuelta y me sonrió cuando le dije que era argentina. "¿Argentina? Hay un clamor para que el próximo presidente sea argentino", dijo mientras esquivaba baches y gente que caminaba con niños, paquetes de leña y bidones de agua, por calles sin veredas ni alumbrado público. Se refería a Pedro Opeka, nominado dos veces al Nobel de la Paz, un cura católico que antes de tomar los hábitos había sido albañil y cuando vio la gente viviendo en un basural, guardó la Biblia y se puso a levantar un merendero. Treinta años después, se transformó en un barrio que alberga a más de 25.000 personas. Sin el velo de la naturaleza que todo lo torna más amable y a pesar de la obra de Opeka, la pobreza sigue siendo atroz. En Tana ni siquiera se acercan a pedir pizza al extranjero.

A la mañana siguiente partí de la ciudad. De día la multitud tenía el rostro de la resignación. "Llevan leña porque muy poca gente tiene gas envasado, la mayoría cocina a leña o a carbón. Y el agua es para cocinar arroz", me explica el chofer mientras me lleva al encuentro de la razón de mi viaje: el árbol de El Principito, el baobab, los lémures que sólo habitan esta isla, la mariposa cometa y los camaleones. Paraíso de la diversidad para biólogos, entomólogos y defensores del medio ambiente.

Los lémures se dejan ver en su hábitat natural, un privilegio casi único para las especies en peligro de extinción. El guía, con una remera de una fundación protectora de la vida salvaje, explicaba que la principal amenaza de los lémures es la tala de bosques para leña y cultivo de arroz, dieta básica del pueblo malgache. Y mientras un lémur balanceaba su cola anillada y se concentraba en pelar un fruto, yo no podía dejar de escuchar las palabras en italiano de la niña malgache: " Pizza? Aspetto qui". Las nobles intenciones de los protectores del hábitat de los lémures chocan contra las posibilidades de alimentarse de un pueblo donde la mitad de los niños menores de cinco años están desnutridos.

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