Proyectar: un mal mecanismo

Maritchu Seitún
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9 de septiembre de 2017  

El mecanismo de la proyección está tan instalado en nuestra sociedad que ni siquiera nos damos cuenta de que lo usamos y de que nuestros hijos lo aprenden de nosotros. ¿Qué quiere decir "proyección"? Poner en otra persona o situación la responsabilidad de lo que nos pasa, muchas veces se convierte en echarle la culpa a alguien, no hacernos cargo de nuestra parte en diferentes temas de la vida. Podríamos también ver en la otra persona -y criticarlo- aquello que nos molesta de nosotros mismos, en ese caso nos costaría reconocer que la otra persona funciona como un espejo en el que nos reflejamos sin darnos cuenta.

Es un mecanismo primitivo, empieza cuando son muy chiquitos: lo notamos al año o dos cuando se enojan con la mesa con la que se golpearon, incluso a esa edad lo favorecemos porque les encanta pegarle a esa "mala mesa" y los ayuda a calmarse. Pero debería ir desapareciendo a medida que crecen y tienen la fortaleza para ir entendiendo y haciéndose responsables de sus decisiones, actos, deseos y pensamientos.

Proyectamos delante de nuestros niños: cuando me enojo porque considero que otro auto me encerró sin tener en cuenta que yo me estaba metiendo en su carril, por ejemplo. O cuando no puedo ir al acto patrio de mi hijo y acuso al colegio de que avisaron con poco tiempo o que son unos desconsiderados al hacerlo en ese horario.

También lo hacemos con ellos: "Ustedes me vuelven loca" (ellos desobedecen o se portan mal pero loca me pongo sola); "¿Cómo no me recordaste que te hiciera el disfraz? Ahora no tengo tiempo" (la culpa es tuya)... Son muchos los ejemplos que se me vienen a la mente.

Les hace mal a nuestros hijos, en primer lugar, porque somos modelos para ellos de proyección, pero también porque confunde su percepción. Ellos registran algo que no es lo que decimos nosotros. Son chicos y dudan de ellos mismos y no de nosotros, y a menudo no pueden defender sus argumentos ante los nuestros, porque además somos grandes y tenemos más práctica de argumentación y siempre hay una pequeña verdad en lo que decimos, pocas veces es todo blanco o todo negro. Es nuestra tarea hablar teniendo en cuenta el contexto y haciéndonos cargo, para enseñarles a ellos a hacer lo mismo.

Para colmo de males este mecanismo (que seguramente aprendimos de chicos y usamos sin revisar) no nos permite conectarnos con el dolor del daño que causamos y disculparnos con el otro: ese papá se convence de la validez de su enojo: el colegio se equivocó en su convocatoria al acto, pero entonces no registra su dolor por no poder verlo, ni el dolor del hijo porque su papá no va a ir. Como sociedad tenemos que aprender a hacernos cargo de nuestras acciones y palabras, también de nuestras no acciones y de nuestros silencios, y eso empieza por casa. Mientras los adultos sigamos usando el viejo esquema de "yo no fui", "fue tu culpa", complicamos nuestro presente y arruinamos nuestro futuro y el de nuestros hijos.

La autora es psicóloga y psicoterapeuta

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