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Cómo lidiar con los "psicópatas laborales"

Crédito: Ilustración de Elda Broglio.
No va a atacarte con un cuchillo en la ducha, pero sus actitudes pueden tirar para abajo tu liderazgo. ¿Cómo reconocerlos y trabajar con ellos?
Denise Tempone
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18 de septiembre de 2017  • 00:00

El mundo de las empresas y los equipos de trabajo podría ser representado como un océano interminable. Cuando arrancás tu vida laboral, sos lanzada a esas aguas en las que todo es posible: conocer a tus mejores amigos y encontrar también a tus peores enemigos. No importa qué tan amigable sea el entorno que te haya tocado, tarde o temprano, todas nos cruzamos con esas personas que razonan, interpretan ¡y actúan! de una manera que a todas vistas resta, pero que no cambian por nada del mundo.

En diferentes grados, los usualmente llamados “psychos” de oficina agitan las olas y se divierten de lo lindo viendo cómo los demás la reman para que el barquito no se hunda. ¿Trabajar con alguien así es un castigo divino? ¿O hay esperanzas de usarlo a favor?

Actitudes psycho

Las organizaciones subsisten a través del conflicto. Son una perpetua negociación entre personas que llegan con historias personales, intereses individuales y proyecciones profesionales. Por esto, esperar que todo fluya sin dramas es un tanto naíf. Sin embargo, si entendemos que cada “jodido/a” es diferente y aprendemos a desentramar los roles más típicos que representan, podemos usarlo a nuestro favor o, al menos, neutralizar sus efectos colaterales.

No siempre los “psicópatas laborales” son mala onda; todo lo contrario, incluso pueden generar mucha empatía y confianza. El problema es que, en un punto, sus artimañas terminan perjudicando, y eso es lo que hay que detectar.

¿Cómo reconocerlos con sus actitudes más típicas?

El desacreditador serial

Todo le parece un embole, inviable o “raro”. Si no opina, tira gestos sobradores o muestra desgano frente a las tareas. Y jamás aporta demasiado. Entusiasmarlo es muy difícil y simplemente parece que no tiene sangre en las venas, que vino al laburo con el mismo entusiasmo con el que iba al colegio obligado por su mamá. Pero incluso cuando podría elegir irse, no lo hace.

Ponelo a favor. Tu rol es asignarle tareas lo más concretas posibles, que no se presten a debates y que no dependan de su energía para crecer o evolucionar. Lo burocrático, lo puntual y estandarizado, va a funcionar perfecto con él. Va a despotricar, sí, pero ¿acaso no iba a hacerlo de todas formas?

El “lleva y trae”

Arma rumores, confirma hipótesis destructivas (“parece que nos echan a todos...”) e influye en el ánimo colectivo del grupo. Usa la confianza de sus colegas para ser el centro de atención y mina la reputación de otra persona o de un proyecto, con detalles que desmotivan a cualquiera. Se vuelven especialmente jodidos cuando se meten en temas personales.

Ponelo a favor. Para empezar, no participes de sus tejes y manejes. No te conviertas en la líder que alimenta las redes que capturan la energía creativa. Si le tirás “el dato”, que sea algo positivo para el grupo, que entusiasme al resto cuando lo ponga a circular. Y otra cosa: tratá de mantenerlo ocupado. El chisme y las elucubraciones son señal de tiempo libre.

El botón

Su hobbie es señalar errores ajenos y resaltar las cosas que se están haciendo mal. No tiene ningún drama en apuntar el dedo hacia la cúpula de una empresa, el dueño de la corporación y hasta la compañía de Internet que contrataron. Su “botoneada” puede tener muchos estilos: ser camorrera, sutil, irónica o mala leche.

Ponelo a favor. Mostrale los proyectos desde el inicio, porque, en general, lo que tiene para criticar es válido. Así te asegurás también de que la queja se vaya agotando para cuando la presentación sea oficial. Estas personalidades pueden ser irritantes, pero son constructivas, y mostrarle cierta disposición a valorar su ojo clínico podría incluso mejorar el trato.

El creador de tensión

Es el que disfruta de generar malestar. En general, muestra una agresividad o acidez desmesurada que opera como censuradora del pensamiento de los otros. Es lógico: si tenés a alguien que se burla de las ideas ajenas, el grupo se cohíbe y el personaje en cuestión comienza a tener el control. Este tipo de personalidades es muy dañino en ambientes creativos, cuyo éxito depende de la libertad de pensamiento, es decir, de hacer sentir seguro a tu equipo para que pueda expresar incluso tonterías que luego pueden transformarse en buenas ideas.

Ponelo a favor. Si es posible mantenerlo fuera de los momentos más volados, de creación, no lo dudes, pero aprovechá sus características a la hora de rever ideas que comienzan a tomar forma, porque obliga a los demás a ponerse firmes respecto de lo que quieren, a defender lo suyo y profesionalizar sus presentaciones.

un disfraz para las inseguridades

No todos adquirimos las mismas herramientas para socializar. A medida que desarrollamos nuestra personalidad, vamos construyendo mecanismos para emparchar nuestras inseguridades y sentirnos, si no valorados, al menos tenidos en cuenta. En un mundo ideal, todos seríamos capaces de reconocer nuestras limitaciones y contaríamos con recursos para sumar talentos y encontrar eso en lo que realmente somos buenos y útiles. En el mundo real, en cambio, a veces es mucho más fácil y seguro generar posturas que, con el mínimo esfuerzo, nos permitan conservar lo que tenemos, e incluso avanzar, a costa de crear problemas y empacarnos en actitudes rígidas e infantiles.

jefes psychos

En los últimos años, el mundo corporativo cambió. En el antiguo paradigma, las estructuras verticalistas, con jefes controladores que podían meterse incluso con tu aspecto físico o vida privada, eran la regla. El sistema paternalista del jefe severo que ganaba respeto a través del miedo era algo que se buscaba, y de ahí que los esquemas agresivos parecieran naturales. Hoy, la incorporación de las “estructuras colaborativas” en las empresas más productivas del mundo cambió las reglas del juego.

Si las corporaciones que más crecieron (con Google a la cabeza) son las que permiten a sus empleados integrar diversos aspectos lúdicos de su personalidad, trabajar por objetivos y expresar sus inquietudes, esto significaba que tal vez había una forma diferente de sacar lo mejor de nuestras fuerzas productivas. Esto, sumado a una mayor conciencia sobre temas como el bullying, la violencia de género y la discriminación sexual, hace que las empresas estén más atentas al trato que los jefes propician a sus empleados. Hoy hay otra mentalidad y esto también exige cambios de liderazgo.

Experta consultada: Eribel Cullari, psicóloga especialista en gestión de talento y RR. HH.

¿Conocés alguien así? ¿Cómo la piloteás? También leé: Tu jefe, un aliado en las dificultades e ¿Infeliz en el trabajo? Cinco señales para saber cuándo cambiar

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