María Callas: a 40 años de un legado soberbio

Una serie de grabaciones de la memorable soprano completa un catálogo sin par
Luis Gago
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18 de septiembre de 2017  

Callas
Callas Fuente: AFP

MADRID.- Sus obras sobreviven a los genios, y el sustantivo cuadra a la perfección con Maria Callas, una cantante de vida breve y logros muy largos que, en muchos sentidos, revolucionó el mundo de la ópera en unos años dorados para el género, que conocieron una enorme profusión de grandes voces y personalidades descollantes. Sin embargo, su arte y su fama -en igual medida- trascendieron fronteras con un ímpetu único, y cuatro décadas después de su muerte su nombre sigue simbolizando, quizá como ningún otro, el poder de la ópera para expresar y transmitir emociones inexpresables e intransmisibles de ningún otro modo. ¿Por qué?

En la cantante griega se produjo una confluencia de elementos que raramente suelen darse de manera conjunta: una voz que ella supo moldear y "especiar" hasta convertirla en inconfundible; una apabullante intuición escénica que transformaba en teatro -casi siempre en puro teatro- todas y cada una de las notas que cantaba; una tendencia natural a operar una perfecta mímesis con los personajes que encarnaba. Callas era Ana Bolena, era Medea, era Tosca, era Violetta Valéry, era Norma, era la Elvira de I puritani, y viéndola u oyéndola resultaba imposible pensar otra cosa; un don innato para insuflar veracidad dentro del casi siempre muy alambicado artificio operístico; el todo se coronaba con un talento que fue in crescendo para saber destilar las enseñanzas que le brindaba su propia vida, no siempre amables. Sus cancelaciones, las habladurías sobre su persona, los vaivenes de su vida privada o incluso su muerte temprana no son lo que ha convertido a la Callas en un mito, tan vivo ahora como hace 40 años.

Son circunstancias coyunturales cuya vigencia está condenada a diluirse. Lo que le valió el apelativo de "la Divina", y lo que hace que hoy sigan reeditándose e interesando sus grabaciones, es su voz, su musicalidad y la sustancia irrenunciablemente dramática de su arte.

Nacida en Nueva York, en 1923, Callas se trasladó a los 13 años a la Grecia que llevaba en su sangre, donde muy pronto se hizo cantante, aunque fue, naturalmente, en Italia donde se curtió como artista y donde alcanzó enseguida prominencia internacional. Allí colaboraría también con las grandes batutas de la época (Tullio Serafin, su mentor; Gianandrea Gavazzeni, Victor de Sabata), y allí vería asociado para siempre su nombre al de Luchino Visconti en diversos montajes ofrecidos en el Teatro alla Scala de Milán ( La vestale, La sonnambula, Anna Bolena, La traviata, Ifigenia in Tauride), donde también sería dirigida en una legendaria Lucia di Lammermoor por Herbert von Karajan.

La voz de Callas, de amplísima tesitura, generoso volumen y tonos oscuros, supo aclimatarse a entornos estilísticos muy diferentes, incluidos los papeles de agilidad, que parecían quedar fuera de sus características vocales. Se valió también de los casi inevitables cambios de color de un instrumento de su magnitud para perfilar mejor a personajes sombríos como Norma o Lady Macbeth, a la que sabe infundir esa voce aspra, soffocata, cupa (áspera, ahogada, cavernosa) que quería Verdi. En Callas, que no quiso ni aspiró a ser una estilista, predomina la expresividad sobre la perfección, el personaje sobre el intérprete, el mensaje sobre el medio. Y su voz, pronto víctima de sus excesos o de su generosidad, según se mire.

Lejos de concentrarse en unos cuantos papeles que le habían reportado la fama, no sólo amplió incesantemente su repertorio, sino que lo hizo a menudo rescatando del olvido óperas que la historia había dejado arrumbadas: por ejemplo, Il turco in Italia, de Rossini, que resucitó en el Teatro Eliseo de Roma en 1950, o varios títulos belcantistas ( Il pirata, A nna Bolena, Poliuto), que empezaron a cobrar cada vez más peso en sus apariciones escénicas. Son éstas justamente las que constituyen el eje de la edición que acaba de publicar Warner (sello que en 2013 compró el catálogo de EMI, la mayor parte de su carrera), una suerte de secuela y complemento natural de la que lanzó hace dos años con sus grabaciones de estudio entre 1949 y 1969, con un total de 26 óperas y 13 recitales.

La grabación más antigua de esta nueva edición data también de 1949 (un Nabucco dirigido por Vittorio Gui), mientras que la última es de 1964 (su Tosca, con Tito Gobbi en la Royal Opera House). En total, 20 óperas completas, 12 de las cuales no llegó a grabar nunca en estudio. Tres blu rays permiten también ver a Callas, con su gestualidad incomparable y su traza de cariátide griega, en recitales ofrecidos en París, Londres y Hamburgo en los años 50 y primeros 60, su período dorado. En ellos puede sentirse su magnetismo escénico (que hizo que en 1969 Pasolini le pidiera encarnar a Medea en su peculiar traslación de la tragedia de Eurípides), su rostro anguloso y su mirada abismal, que la sitúa a la par que otras personalidades hipnóticas como Anna Magnani o Joan Crawford. Callas, además, cantaba con todo su cuerpo, y los escalofríos que sigue produciendo cómo lo hacía parecen predestinados a perpetuarse.

Por: Luis Gago

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