¿Qué pensaría Borges del Papa?

Loris Zanatta
Loris Zanatta PARA LA NACION
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19 de septiembre de 2017  • 00:55

El Papa Francisco habló con los periodistas en el avión que desde Colombia lo llevaba al Vaticano. Es un rito conocido y nunca trivial, que el Papa suele usar para enviar mensajes importantes. El conejo que esta vez salió de su galera sorprendió a muchos. Hablando de las migraciones, el tema que sacude a Europa, dijo: “Un gobierno debe manejar este problema con la virtud propia del gobernante, es decir, la prudencia. ¿Qué quiere decir? Primero: ¿Cuántos lugares tengo? En segundo lugar: no sólo recibirlos, sino también integrarlos. El número es éste; más no puedo, porque existe el peligro de la no integración".

Sabias palabras de sentido común, celebradas por todos. “Una lección de realismo”, comentó el Corriere della Sera. “Vuelve la calma”, escribió el vaticanista de Le Monde. El Papa ha vuelto en sí, han pensado muchos. Sí, porque hace apenas un mes había dicho lo contrario. Celebrando el día del migrante y del refugiado, había pedido "recibir, proteger, promover e integrar". Lejos de reconocer límites, había exigido que a "todos los migrantes y refugiados se les dé la posibilidad de realizarse como personas en todas las dimensiones”. Los países de acogida debían, entre otras cosas, garantizarles el acceso a los servicios básicos, un mínimo para la subsistencia, la libertad de circulación y el acceso a los medios de telecomunicación. Impecable. Lástima que fuera "una lección de irrealismo". De hecho, el pobre Francisco fue blanco de críticas. Se entiende que muchos hoy atribuyan su viraje a esas mismas críticas; o a los sabios consejos de alguien; o, por qué no, a las terribles noticias de crónica negra que han tenido recientemente de protagonistas a algunos migrantes.

También yo quisiera abrir la puerta a todos los migrantes y ofrecerles todas las oportunidades. Mi conciencia se beneficiaría enormemente. Pero las consecuencias serían terribles. Al hacerlo, daría más bien mi pequeña contribución al enorme tensión que ya acosa a Europa y a la ola de xenofobia que se alimenta de ella; ola que sube desde las periferias, donde la mezcla entre la inmigración y los agudos problemas locales es explosiva y amenaza a todos, comenzando por los migrantes.

El Evangelio no es un manual de ciencia política, sociología o macroeconomía. Proclamar sus principios es una cosa, gobernar un país es otra. Ahora el Papa lo reconoce.

Pero si la inmigración, guste o no, tiene que ser administrada, y por lo tanto limitada, no queda más que ir a sus fuentes en busca de un remedio: África. Y de África habló Francisco: “En el inconsciente colectivo está la cuestión de que cuando los países desarrollados van a África es para explotarla “, dijo. Esta sería la causa de la atávica miseria africana, el origen de la gran migración: la explotación occidental. ¿Pero, es así?

No sé si lo que el Papa afirma se encuentra en el imaginario colectivo o es el fruto de una visión del mundo superada; ni entiendo lo que quiere decir con ese verbo, “explotar”, lleno de implicaciones morales. Sé, en cambio, que el país que más invierte en gran parte de África es China. No sabría exactamente decir cuánto “explota” o cuánto contribuye al crecimiento de África, que ya no es el uniforme océano de miseria que ha sido durante mucho tiempo: hay países que no ven la salida del túnel, pero hay otros que están a punto de despegar. Más que lanzar anatemas genéricos, sería útil entender por qué y aprender de los ejemplos positivos.

¿Y Occidente? Se sabe que para muchos, incluido el Papa, tiene la culpa de todo. En este caso, sin embargo, su culpa sorprenderá. La mayor culpa occidental en África es, actualmente, el exceso de “caridad”. La "caridad mata", escribió en un libro famoso Dambisa Moyo, una prestigiosa economista de Zambia.

La ayuda occidental a los países más pobres de África es muy importante. Con frecuencia cubre porcentajes muy altos de su producto nacional. A eso se agregan las cancelaciones periódicas de la deuda.

Bueno, dirán algunos ¿qué hay de malo? Hay mucho de malo, porque tantas ayudas no estimulan el crecimiento en absoluto; alimentan en cambio la eterna adolescencia económica y la irresponsabilidad política africanas. Los gobiernos africanos saben muy bien que aunque malgasten la ayuda, los países occidentales, acuciados por los remordimientos, les darán más. Peor aún: la ayuda distorsiona las instituciones políticas, tomadas a menudo por gobernantes corruptos que se adueñan del botín de la ayuda y con ella construyen su riqueza y su dominio. Y puesto que el secreto del desarrollo es el acoplamiento virtuoso entre las buenas instituciones políticas y los correctos incentivos económicos, la ayuda mata el crecimiento e inhibe el desarrollo. Pero entiendo: es más fácil y más popular condenar a los "países desarrollados" que invocar la democracia y el buen gobierno en los países pobres; aunque esto, también, equivale a tratarlos como adolescentes eternos. A Borges, más cáustico que irónico, no le gustaba "el rasgo demagógico de Cristo". ¿Qué diría del Papa?

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