Cuando la técnica no es suficiente

Pablo Kohan
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22 de septiembre de 2017  

Orquesta Filarmónica de Buenos Aires

Solista: Dmitry Masleev, piano/ director: Enrique Arturo Diemecke/ programa: Saint-Saëns: Concierto para piano y orquesta n° 2, op.22; Beethoven: Sinfonía N° 7 en La mayor, op. 92/ en el teatro coliseo/ Nuestra opinión: buena

Muy poca gente se acercó hasta el teatro Coliseo para ver a la Filarmónica de Buenos Aires, que tenía como gran atractivo la presentación de Dmitri Masleev, el último ganador del Concurso Chaikovsky de Moscú. Paradojas de no prever o de no imaginar, fue, en definitiva, la orquesta porteña la gran protagonista de la noche mientras que quien llegaba precedido de premios y distinciones y de una larga enumeración de conciertos en las ciudades más importantes del hemisferio norte dejó flotando un aire de invencibilidad técnica, pero también muchas deudas en cuanto a la capacidad artística para no quedarse encerrado sólo dentro del terreno de la pura mecánica.

El segundo concierto para piano y orquesta de Saint-Saëns comienza con una cadencia que, por su tempo lento, cierto aire majestuoso, su rítmica punteada y sus acordes y arpegiados, remite directamente a una obertura barroca. Masleev lo vio como una oportunidad para demostrar potencia, ciertamente poco oportuna y ajena a esas bellezas más solemnes que hercúleas. Pero, además, la robustez puede (y debe) tener colores, matices y multiplicidad de toques. Para el muy joven pianista ruso, todo sonó un tanto duro y monocorde, así en el forte como en el piano. Al mismo tiempo, emprendió los segmentos de velocidad con una soltura, una seguridad y una técnica descomunales. Tan descomunales como uniformes e invariables. A lo largo del concierto, todo fue admirar una digitación prodigiosa y una musculatura sorprendente. Saint-Saëns elaboró el último movimiento sobre las pautas de una tarantella velocísima que, por supuesto, incluye melodías que tienen su encanto, toques de buen humor y, por supuesto, pasajes del más puro virtuosismo. Para Masleev todo pareció reducirse a este último punto. Dueño de una técnica asombrosa, el tiempo dirá si sabrá dotarla de lírica, de poesía y de la capacidad para saber extraer del teclado más colores, sonidos e intenciones. Fuera de programa, para afirmarse más aún en el virtuosismo más pirotécnico, tocó, a una velocidad infernal, una adaptación de la originalmente más elegante que frenética polonesa de Eugene Onegin, de Chaikovsky.

Tras una brevísima pausa de escasos minutos, Diemecke comenzó a dirigir, con sus reconocidas capacidades, la Sinfonía N° 7 de Beethoven. El primer movimiento, cuya exposición no fue repetida, transcurrió un tanto altisonante en su introducción y con algunas imperfecciones que lo deslucieron un tanto. Pero desde el segundo movimiento, las certezas de Diemecke y los músicos confluyeron en el buen sendero para ofrecer una interpretación más que digna de una obra que siempre suena apasionante y maravillosa. Particularmente el "Scherzo", el tercer movimiento, sonó estupendamente bien en todas sus muy cambiantes facetas.

Fuera de programa, y sumamente extraño para un concierto de la Filarmónica, Diemecke dirigió dos arreglos sinfónicos muy bien escritos sobre un tango y una canción de Carlos Gardel, "Por una cabeza" y "El día que me quieras". Con todo, con esta nueva vestimenta, esas dos maravillas de la música popular argentina devienen en dos cuasi híbridos orquestales desprovistos de las significaciones originales y carentes de sus inconfundibles sabores y sus necesarios arrebatos.

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