Arte y política en las mil historias de la ciudad ardiente

Paula Vázquez Prieto
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23 de septiembre de 2017  

The Deuce

Creadores: David Simon, George Pelecanos/ elenco: James Franco, Maggie Gyllenhaal, Margarita Lavieva, Emily Meade, Gary Carr, Gbenga Akinnagbe/ Los domingos, a las 21, en HBO (disponible además en HBO Go)/ Nuestra opinión: excelente

Maggie Gyllenhaal en una escena de The Deuce, de David Simon
Maggie Gyllenhaal en una escena de The Deuce, de David Simon Fuente: LA NACION

Hacía tiempo que una serie no conseguía sumergir al espectador en un mundo tan concreto y material como lo hace The Deuce. Ya en sus primeras imágenes se puede percibir el aire de la Nueva York de los 70, rebosante de nocturnidad y sordidez, con proxenetas y prostitutas recorriendo las calles húmedas por el rocío, con carteles de neón y bares de reviente, con esa aura de misticismo que lentamente se apagaría con la llegada de la siguiente década.

La nueva serie de HBO, creada por David Simon (artífice de aquella joya de culto llamada The Wire) y George Pelecanos, cuenta la historia de una ciudad y de un tiempo, de un arte trash como el porno en sus inicios más marginales, de una incipiente industria alimentada por los despojos de la prostitución callejera y el placer voyeurístico de sus clientes.

Por The Deuce pululan muchos personajes: Vinnie y Frankie Martino (ambos interpretados por James Franco), dos gemelos inmersos en la vida neoyorquina, uno barman y el otro apostador, hijos de inmigrantes italianos y aspirantes a los retazos existentes del sueño americano; Candy (extraordinaria Maggie Gyllenhaal), una prostituta independiente en un mundo de proxenetas, que mantiene a su hijo y a su madre, que descubre el arte y el negocio detrás de esas películas de sexo amateur; Abby (Margarita Lavieva), una estudiante rebelde moldeada al calor del incipiente feminismo, dueña de su cuerpo y sus decisiones, y una amplia gama de prostitutas y cafishos, clientes y policías deambulando por la calle 42, aquella de gloria venida a menos, de sexo en las cabinas de teléfono, de un submundo aguerrido y fascinante.

Dos de los grandes méritos de esta ficción son la lúcida lectura de los tiempos de Nixon, con los coletazos de la Guerra de Vietnam en ciernes y con esa gélida sensación de peligro que todavía transmitía la Guerra Fría, y la notable mirada sobre la cultura de la época, tanto la callejera como la que se alimentaba desde el renacido Hollywood. The Deuce arde de cinefilia, con sus ocres que evocan la fotografía de Gordon Willis en El padrino, con los carteles de Mondo Trasho de John Waters y El conformista de Bertolucci que presiden las veredas del "amor", con ese pulso febril que podía sentirse en las primeras películas de De Palma o Friedkin. Todo eso es The Deuce, un mundo conocido por el cine, recreado en películas como Taxi Driver, de Scorsese, o Hardcore, de Paul Schrader, y redescubierto bajo una nueva luz incandescente que tiene mucho del viejo neón.

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