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Francisco Javier: docente, creador y referente de la comunidad teatral

1923-2017
Carlos Pacheco
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25 de septiembre de 2017  

Fuente: LA NACION - Crédito: Ricardo Pristupluk

"El teatro tiene algo que no tiene ningún otro arte y es que se ve colectivamente. La gente se ubica codo a codo viendo el espectáculo, transmitiendo, de alguna manera, sentimientos, emociones." El director Francisco Javier (su verdadero nombre era Jorge Lurati) se relacionó con esta actividad siendo muy joven. Cuando se formaba en el Colegio Nacional, dos de sus maestros más destacados, Ángel Batistesa y Monner Sans, lo llevaron al Cervantes a ver Ollantay, de Ricardo Rojas, interpretado por Luisa Vehil y Faust Rocha. La experiencia lo marcó para siempre.

Javier, que falleció ayer en Buenos Aires, a los 93 años, fue uno de los creadores argentinos más destacados dentro del campo escénico contemporáneo. Un apasionado investigador y docente que estuvo ligado también al campo de la gestión. Fue presidente del Centro Latinoamericano de Creación e Investigación Teatral (Celcit) de la Argentina, secretario del Instituto Internacional del Teatro (ITI), consejero del Fondo Nacional de las Artes y director del Departamento de Artes del Espectáculo de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. Como docente trabajó en el Conservatorio Nacional de Arte Dramático y en la Escuela de Teatro de La Plata.

Ligado al teatro francés, no sólo se doctoró en la Universidad de París con una tesis sobre el espacio escénico, sino que, además, se transformó en un profundo conocedor del movimiento denominado teatro del absurdo, siendo Eugenio Ionesco uno de sus autores más reconocidos. Aquella tesis fue publicada en el país años después a través de una edición que realizó el Banco de la Provincia de Buenos Aires y resultó uno de los estudios más importantes sobre el tema desarrollados en la Argentina.

Durante la década del 70 Francisco Javier, junto al grupo Los Volatineros, realizó una serie de proyectos en los que puso en práctica parte de aquellas investigaciones espaciales y además enfatizó sus búsquedas sobre la creación colectiva en espectáculos como ¡Qué porquería es el glóbulo!, Cajamarca y Hola Fontanarrosa.

Al cabo de su carrera realizó aproximadamente ochenta puestas en escena tanto en escenarios alternativos y oficiales como comerciales. Montó clásicos internacionales, nacionales, autores contemporáneos y también en algunos casos reparó en la nueva producción dramatúrgica que se generaba en Buenos Aires.

Además, trabajó en el ámbito de la ópera con puestas en el Teatro Colón y en el Argentino de La Plata, como Marianita Limeña, de Valdo Sciammarella; Le Jongleur de Notre Dame, de Jules Massenet, L'italiana a Londra, de Doménico Cimarosa; Ollantay, de Constantino Gaito, y Hansel y Gretel, de Humperdink.

Entre otras distinciones, fue reconocido con el Premio Argentores- Impulsor a la investigación teatral, en 2003. En ese mismo año recibió el Premio Clarín por su puesta de Novecento, de Alessandro Baricco, y el Premio ACE por la dirección de La indigna señora B, de Bertolt Brecht. Recibió también el Premio de la Honorable Cámara de Diputados por su trayectoria, en 2004. En 2011 el Instituto Nacional del Teatro le otorgó el Premio a la Trayectoria Regional y hace un par de años el Fondo Nacional de las Artes lo condecoró con su premio mayor.

Una de sus últimas puestas en escena fue El especulador, obra de Honoré de Balzac, en el Teatro San Martín.

Lamentablemente, la comunidad teatral ha perdido a uno de sus referentes más importantes. Ferviente trabajador, hasta el año pasado seguía imaginando proyectos con un interés inusitado. Su salud había comenzado a debilitarse, pero no dejaba de asistir al teatro o pensar futuras puestas en escena.

Para los estudiantes de las generaciones de los años 70 y 80, Francisco Javier resultó un guía maravilloso. No sólo les propuso revisar el teatro clásico, sino, además, investigar en las nuevas dramaturgias. Podríamos afirmar que fue uno de los precursores del teatro performático en nuestra ciudad.

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