La "ciudad Pata Medina"

29 de septiembre de 2017  • 00:43

"Patalandia" podría ser el nombre de una ciudad rendida ante a la violencia y la extorsión, subordinada a la ley de la patota. ¿En eso se había convertido la capital de la principal provincia argentina?

El “Pata” Medina es un símbolo de la degradación; no sólo de la degradación de una ciudad, sino también de la degradación de la Justicia, en primer lugar, y de la propia noción de comunidad civilizada.

Durante más de veinte años, Medina impuso –desde la conducción de un gremio estratégico- un método de imposición por la fuerza. Lo hizo, hay que reconocerlo, con frontalidad y sin disimulo. Hizo alarde de impunidad y exhibición obscena de un caudillismo violento. Serán los jueces los que –más vale tarde que nunca- determinen hasta dónde llevó las cosas en su propio beneficio. Pero alcanzan las crónicas periodísticas para saber de quién hablamos.

El problema, sin embargo, no es el “Pata” Medina. ¿Cuántos jueces y fiscales miraron para otro lado durante más de veinte años? ¿Cuántos empresarios cedieron a la extorsión y entraron en el ´toma y daca´? ¿Cuántas instituciones hicieron silencio? ¿Cuántos funcionarios de cuántos gobiernos callaron ante una patota que metía miedo, se adueñaba del espacio público y ostentaba sus negocios turbios? ¿Cuántos vecinos nos resignamos a no poder transitar por la “avenida del Pata Medina”, ubicada en el corazón de La Plata y a nueve cuadras de la Gobernación? Por supuesto, no todas las responsabilidades son iguales. No son los vecinos atemorizados los que deben explicar su resignación o su impotencia. Ha habido, además, excepciones en un paisaje de complicidad e indiferencia. Pero, entre todos, nos acostumbramos a vivir en “Patalandia”; una ciudad como tantas otras de Argentina, en la que la impunidad de los audaces ha acorralado a los decentes; en la que las patotas han pisoteado el derecho a convivir en paz.

En la “ciudad Pata Medina” se perdieron oportunidades de desarrollo, de crecimiento, de trabajo, de acceso a la vivienda y de mejoramiento de la infraestructura pública. Lo sabíamos todos, como todos sabían en Itatí que el narcotráfico había colonizado el poder; como todos sabían en Lomas de Zamora que La Salada era un imperio montado sobre la ilegalidad. Como todos saben tantas cosas.

Habíamos asumido que construir en La Plata era 25% más caro “porque está el Pata”. Se había aceptado que para cualquier emprendimiento (fuera chico, mediano o grande) “hay que arreglar con el Pata”. Fue sabido que el Estadio Unico costó más caro y demoró mucho más tiempo “por las exigencias del Pata”. Y se sabía ahora que el tren eléctrico no llega nunca “por un conflicto con el Pata”.

El problema no es que un marginal intente imponer su ley y su ambición; el problema es que lo pueda hacer sin encontrar obstáculos. El problema, en definitiva, es la indolencia judicial frente al avance de las mafias; el problema son los poderes –públicos y privados- que entran en connivencia con esas mafias; el problema es la resignación frente al imperio de las patotas.

Desde esta perspectiva, sería simplista y erróneo creer que el problema desaparece con la detención de un sindicalista convertido en símbolo.

Medina es ahora una causa penal, que deberá tramitarse con todos los recaudos y garantías del debido proceso. Nos queda el enorme desafío de reconstruir un sistema de normas y de instituciones, en el que no se permita que otra mafia venga a ocupar ningún lugar vacante. La Plata tiene ejemplos, valores y una rica historia para resistir desvirtuaciones y atropellos. No es –después de todo- la ciudad del Pata Medina; es la de Favaloro, la de Sábato, la de Balbín, la de Oyhanarte, la de Pettoruti, de Vucetich y de Almafuerte. Es también la de miles de hombres y mujeres íntegros que hoy respiran aliviados y esperan que, al fin y al cabo, no gane la impunidad.

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