Cinco años después, resurge la AMIA

El nuevo edificio, con una plaza seca como antesala, exhibe un lenguaje en el que predominan las ideas de solidez y seguridad
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12 de mayo de 1999  

Después de un largo proceso, en el que se discutió primero la permanencia en el lugar donde se consumó el fatal atentado, vuelve a radicarse en el 633 de Pasteur la sede de la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA).

Cuando se resolvió permanecer en el antiguo emplazamiento (como un signo de tenacidad frente al infortunio), la entidad realizó una selección de antecedentes y su Comité de Reconstrucción decidió encomendar el anteproyecto a un equipo integrado por los arquitectos Alberto Bystrewicz, Luis Bernardo Erijimovich, León Gradel-Leo Kopelioff, Luis y Julio Grossman, Horacio Najlis-Nora Wolaj, Jorge Sumbre, Carlos Szlak, Alfredo Szmulewicz, y Gustavo y Leonardo Saiets.

El asesoramiento y cálculo estructural corrió por cuenta del ingeniero Alberto Fainstein y Asociados, mientras que el ingeniero Israel Grinspun asesoró en instalación eléctrica y Simón Skigin lo hizo en aire acondicionado. El equipamiento y realización del auditorio estuvo a cargo de los arquitectos José Saragusti y A. Sturm.

Los arquitectos del equipo de proyecto tuvieron que ajustarse a rigurosas normas de seguridad, las que implicaban premisas inamovibles como pautas de diseño y condicionaban las soluciones posibles.

El equipo de proyecto adoptó como propuesta básica la que trazó el arquitecto Alfredo Szmulewicz, y adecuó los planos definitivos a una ampliación operada en el ínterin por la anexión de un lote lindero.

El proyecto ejecutivo y la documentación respectiva fueron encomendados al estudio de los arquitectos Luis y Julio Grossman, mientras que el arquitecto Luis B. Erijimovich se ocupó de la dirección de obra.

Por las características de una construcción que, además de su complejidad estructural, depende de un complicado y variable flujo de fondos, el edificio tuvo momentos de rápido avance y períodos de muy lenta evolución.

Hoy, a pocas semanas de cumplirse cinco años desde el fatídico 18 de julio de 1994, se está por habilitar un edificio que simboliza la respuesta civilizada y constructiva a un acto irracional y asesino. Un edificio que se planta de cara hacia el futuro.

Programa y respuesta

El programa de necesidades era semejante al del edificio que la bomba destruyó, y el volumen por construir era también análogo para cumplir con las limitaciones reglamentarias.

Teniendo en cuenta que las funciones de la AMIA pasan en gran medida por el área de la cultura, y que esa actividad moviliza mayor cantidad de público, se decidió destinar a las áreas de carácter cultural la parte baja del edificio.

Así, el auditorio se sitúa en el subsuelo, lo mismo que el microcine y la biblioteca; el museo de la comunidad también se ubica en un medio nivel por debajo de la cota del acceso. Cabe consignar que la mitad de la superficie cubierta total del nuevo edificio fue destinada a actividades de carácter cultural.

La cafetería, localizada en un medio nivel por encima del vestíbulo de la entidad, funciona como transición entre las áreas culturales y los sectores administrativos y asistenciales del organismo mutual, los que ocupan los 8 pisos de la semitorre que resulta de una planta que se recuesta sobre la medianera derecha del predio.

Las estipulaciones de seguridad, además de separar la fachada 15 metros de la línea municipal, fijaban una proporción de llenos y vacíos que los arquitectos decidieron utilizar positivamente en la sintaxis que identifica el lenguaje de los frentes.

Así, cada piso cuenta con dos filas de ventanas que se ajustan a una modulación cuadriculada que desmaterializa la idea de pisos , con los cristales a filo exterior en el frente y el contrafrente y a filo interior en la fachada que corre paralela a la medianera, la que mira al Norte y en la que se quiso reforzar el efecto de un plano fuerte, opaco, perforado por una serie regular de agujeros cuadrados.

El alejamiento del bloque edificado permitió conservar a la vista las cicatrices dejadas por el viejo edificio, dibujadas sobre la medianera derecha y que son parte del marco que rodea a la plaza seca formada como paso previo a la entrada principal.

Una escultura del artista israelí Jakov Agam -en cuya elección no participaron los arquitectos proyectistas- protagoniza el espacio de la plaza seca con un lenguaje colorido y abstracto.

Este paso por un recinto a cielo abierto, antes de ingresar en el edificio, servirá para siempre como recordación de un episodio lúgubre que no va a impedir, sin embargo, que la vida siga desarrollándose con la fuerza y la espiritualidad que caracterizaron al pueblo judío a lo largo de milenios.

Una obra diferente

Por múltiples razones, la construcción de la nueva sede de la AMIA implica un tipo de obra diferente.

  • El Comité de Reconstrucción, que fue dirigido en el principio por el ingeniero Luis Perelmuter, estuvo integrado por los ingenieros Moisés Altman, Aarón Warsawski, Carlos Yablonovsky, Miguel Bruckner, Efrahim Rebrij y Felipe Kompel, y el doctor Daniel Berger.
  • En la etapa terminal, colaboraron para su concreción Mois Zeitune y el ingeniero L. Chulmir.
  • El equipamiento del piso quinto, con despachos, sala de reuniones y puestos de trabajo, fue realizado por Tecno Sudamericana.
  • Fue asesor en luminotecnia el arquitecto Juan Carlos Masip, respondiendo a la idea de los proyectistas, que preferían luz indirecta en los espacios del gran hall y anexos.
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