El adiós a Coriún Aharonian

A los 77 años falleció en Montevideo el compositor, musicólogo y docente, maestro de Jaime Roos, Fernando Cabrera, Leo Masliah y los hermanos Jorge y Daniel Drexler, entre otros músicos orientales
Humphrey Inzillo
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13 de octubre de 2017  • 19:45

“Los dos años de taller de composición de canciones que hice con Coriún fueron la experiencia de aprendizaje estético y humano más importante que tuve en mi vida”, escribió en su Instagram Jorge Drexler apenas se enteró de la triste noticia del fallecimiento del compositor, musicólogo y docente Coriún Aharonian, a los 77 años. La tristeza se instaló en todo el ambiente artístico de la Banda Oriental, ya que por su labor a lo largo de más de cinco décadas, se hace imposible contar una historia musical del Uruguay sin el influjo de Aharonian, referente ineludible de ese movimiento.

Cuando en 2004 Jorge se ganó el Oscar, le llevó de regalo a su maestro la partitura de “Al otro lado del río”, la canción por la que obtuvo el galardón de la Academia de Hollywood, con una dedicatoria que decía, palabras más o menos: “Para Coriún, que me lo enseño todo sin usar una sola partitura”. Es que en sus talleres de música popular, Coriún –dogmáticamente- eludía cualquier referencia formal vinculada a la lectoescritura.

Jorge Drexler no fue su único alumno pródigo. Tres generaciones de músicos uruguayos, incluyendo a Daniel Viglietti, Jaime Roos, Fernando Cabrera, Leo Maslíah, Daniel Drexler, Fernando Condon, Elbio Rodríguez Barilari, Carlos Da Silveira, Bernando Aguerre, Emil Montgomery y Diego Azar, entre muchísimos otros, tomaron clases en su departamento del parque Posadas, en el barrio El Prado, que posee uno de los archivos sonoros y documentales más valiosos del Río de la Plata.

En una entrevista de hace unos años para Rolling Stone, Cabrera recordaba que en ese mismo departamento estudiaba con Graciela Paraskevaídis (notable compositora, esposa de Coriún, fallecida hace pocos meses) composición, instrumentación y orquestación contemporánea. Con Aharonian, en cambio, se dedicaban al análisis de la música popular, en una abanico que iba de los Beatles a Violeta Parra. Cada semana, además, los integrantes del grupo de estudio compartían sus composiciones, que eran analizadas y discutidas entre todos.

En ese ámbito, a lo largo de distintos años, surgieron canciones como “Imaginate m´hijo”, “El ómnibus” y “El concierto”, de Leo Maslíah; “Tablado del Colombes”, “El loco”, “Bar de Brecha” y otras gemas del repertorio de Montresvideo (el primer grupo de Cabrera); “Luna del Cabo”, de Jorge Drexler; “Gozas mi amor” (compuesta a partir de una métrica en la letra a partir de un tiempo distinto al de la música) y “La no identidad” (disparada por un tema central en los debates que se generaban en sus talleres), de Daniel Drexler. “Haber sido testigo del nacimiento de algunas de esas obras maestras es una de las experiencias ma´s fuertes de mi vida”, decía Cabrera. “Por supuesto, cuando las escucha´bamos queda´bamos en shock.”

Masliah también guarda gratos recuerdos de aquellos encuentros: “Fue una época bárbara, donde se daba todas las semanas la posibilidad de escuchar nuevas músicas (tanto canciones como obras de música «culta») de Fernando Cabrera, de Bernardo Aguerre, Carlos Da Silveira y otros, así como la posibilidad de confrontar con ellos las cosas que me iban saliendo. Se daba en esos años algo que luego -me parece- dejó de existir en el medio musical y cuya existencia probablemente músicos de generaciones recientes no puedan siquiera; y es que cualquier música que se hiciera, además de presentarse en sí misma como posibilidad realizada de hecho sonoro, implicaba una toma de posición sobre la música en general y sobre cómo pararse frente a ella en ese momento histórico”.

Pero más allá de su labor como docente, en 1971, junto a Daniel Viglietti y Los Olimareños (Braulio López y Pepe Guerra), entre otros, Coriún gestionó un préstamo no reembolsable para fundar un sello discográfico independiente y sin fines de lucro: Ayuí/Tacuabé. Ayuí para las producciones de música popular y Tacuabé para la música académica. Las primeras ediciones incluían a Los Olimareños, al humorista Wimpi, el guitarrista Agustín Carlevaro, el compositor Héctor Tosar y, también, la primeras grabaciones de Silvio Rodríguez, Pablo Milanés y Noel Nicola, antes, incluso, de ser lanzadas por sellos cubanos. Ayuí editó también los primeros trabajos de Jaime Roos, el Pájaro Canzani, Los que Iban Cantando, Rubén Olivera, el grupo Rumbo y muchos más. Años después, lanzo también los discos debut del Cuarteto de Nos (en un splits con Alberto Mandrake Wolf), Jorge Drexler, Daniel Drexler y Herman Klang, entre muchísimos otros.

Pero su activismo musical venía de varios años antes. En octubre de 1966, Coriún había fundado el Nu´cleo Mu´sica Nueva, una institucio´n no gubernamental y sin fines de lucro, junto a Ariel Marti´nez, Conrado Silva y Daniel Viglietti, dedicada a difundir la mu´sica culta contempora´nea. Antes de cada concierto, Coriu´n –disci´pulo de otro gran musico´logo oriental, Lauro Ayestara´n– lei´a una proclama.

Gozaba, además, de un prestigio internacional como compositor, y era común enterarse que sus obras se estrenaban en Berlín, en Estocolmo, en Bourges (Francia).

Escribió varios libros, entre los que se destacan Introducción a la música y Músicas populares del Uruguay, además de participaciones con ponencias como “Qué es y para qué sirve la música popular”, en el marco del Primer Taller Latinoamericano de Música Popular, realizado en 1983, que incluía la participación, entre otros, de Jorge Lazaroff, Rubén Lena, Armando Tejada Gómez, Eduardo Larbanois, Alberto Muñoz y Gustavo Mozzi, entre otros. Y las liner notes en infinidad de discos, entre los que se destacan Canciones de la Resistencia – Uruguay 1977-1982, Lauro Ayestarán: un mapa musical del Uruguay y Eduardo Fabini, Las cinco grandes obras sinfónicas.

Cuestión de identidad

“Tres generaciones de músicos uruguayos aprendimos con él a encontrarnos con nuestra identidad, a reconocerla, a valorarla y a reírnos de ella y con ella”, recordó Jorge Drexler. “Era un maestro de la paradoja. Siempre desconcertante y sorprendente. Siempre sincero y generoso. También era un ejemplo de ética artística: siempre sistemático, minucioso y respetuoso. Pero sobre todo, era su amor, lo que lo desarmaba a uno: sus abrazos eran un entidad en sí misma.” No es casual que el modo de evocarlo en las redes haya sido con el video de un abrazo, el día que el autor de Frontera celebraba sus 50 años, registrado con oportuna maestría por el realizador Ariel Hassan.

La cuestión de la identidad que señala Drexler en central en su aporte a la estética local. Ese fue uno de los temas que eligió poner en el centro de la discusión, como disparador en la reflexión y el ejercicio creativo de sus alumnos, de sus talleristas, de sus discípulos.

El legado de Coriún no es intangible. Aunque el eclecticismo de todos aquellos que pasaron por sus clases no se corresponde con un determinado patrón, todos forman parte de un mismo legado. “Coriún era desconcertante“, recuerda Daniel Drexler. “Nunca sabías lo que te podía llegar a decir. Pero recuerdo que la primera vez que fui a tomar clases con él nos mostró su música. Y nos contó una anécdota. Cuando Mauricio Ubal y Rubén Olivera le mostraron «A redoblar», el tema que se transformó en un himno de la resistencia contra la dictadura, y en un hit absoluto del grupo Rumbo, Coriún se los destrozó. «Les dije que publicarlo así era una locura, por suerte no me hicieron caso», nos dijo. Tenía autocrítica y contando eso le sacaba mucho peso a sus opiniones. De todos modos, siempre que terminaba un disco iba a mostrárselo a Coriún. Lo más lindo que tenía la ética y la empatía. Me transmitió amor por la música, respeto por lo que hacía y por todo lo que tenga que ver con el género humano. Lo voy a extrañar porque era un referente en cada encrucijada que tenía en mi vida, no sólo en aspectos musicales.”

Por su parte, Fernando Cabrera manda un mensaje tan escueto como sentido, que sintetiza un ánimo general: “Sumado a la partida de Graciela, hace unos meses, me siento más huérfano. Igual que se sentirán otros muchos amigos y colegas. ¡Qué difícil honrar ahora, Graciela, Coriún, vuestro legado!”.

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