Por qué Buenos Aires tendría que ser como Medellín

Jorge Melguizo
Jorge Melguizo Fuente: Brando - Crédito: Kiko
Detrás de la idea de urbanizar las villas porteñas, en lugar de erradicarlas, está Jorge Melguizo, el colombiano que lorgó que el gobierno porteño cambiara su paradigma.
Franco Spinetta
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13 de octubre de 2017  • 15:49

Jorge Melguizo llegó en 2012 a la Ciudad de Buenos Aires contratado por la Secretaría de Hábitat e Inclusión del gobierno porteño y la primera sensación que tuvo fue la de una fuerte desazón . No podía entender cómo en la capital de la Argentina había villas de semejante tamaño, complejidad y precariedad, sin servicios públicos, sin siquiera asfalto, donde los niños necesitaban comedores comunitarios para no pasar hambre. "Hombre, esta es una Argentina que no me imaginaba", se dijo a sí mismo. Y concluyó: "Esto también es América latina".

El crecimiento de las villas, en las que viven alrededor de 300.000 personas, se produjo en una ciudad que paradójicamente mantiene niveles de ingreso per cápita similares a los de un país europeo. Sin embargo, al comparar, Jorge no pensaba en Oslo o Berlín, sino en su Medellín natal, la ciudad colombiana que fue el símbolo del narcotráfico y la violencia, y que se transformó en un ejemplo mundial de urbanismo con enfoque social e inclusivo.

Jorge Melguizo tuvo mucho que ver con ese cambio. Asumió como secretario de Cultura Ciudadana de Medellín en 2004, dos años después de que el gobierno colombiano llevara a cabo la Operación Orión en el barrio donde nació y creció, la Comuna 13: uno de los epicentros de la delincuencia paisa. Orión (88 muertos, 370 detenidos arbitrariamente y 95 desaparecidos) fue el quiebre de una larga historia de violencia y muertes que se había consagrado a través de la tristemente célebre figura de Pablo Escobar. "Siempre digo que las múltiples violencias de Medellín trajeron dos buenos resultados, cínicamente hablando", dice. " Nos convertimos en una potencia mundial del trasplante de órganos en 1991: 6.700 muertos. Y Medellín pasó a ser un gran laboratorio social, educativo, cultural y urbano: aquí ensayamos todo lo posible para salir de esa situación".

A Jorge le gusta hablar sobre todo del poder simbólico de la política cultural: la decisión de apropiarse de los lugares del horror y resignificarlos, de "abrazar a los barrios que fueron postergados y marginados". En ese plan, la Alcaldía construyó parques-bibliotecas en donde había cárceles o centros de tortura, llevó servicios públicos, elevó la calidad del transporte público, instaló escaleras mecánicas para que los habitantes no tuvieran que subir durante horas las empinadas laderas, y les empezó a pagar a los artistas de las barriadas por los murales que colorean sus intrincadas calles. El resultado: una disminución del 95% de los homicidios.

Comuna 13 en Medellín, un modelo de urbanización
Comuna 13 en Medellín, un modelo de urbanización Fuente: Archivo

Esas ideas fueron las que trajo bajo el brazo para aplicar en la Ciudad de Buenos Aires. Marina Klemensiewicz, por entonces secretaria de Hábitat e Inclusión (SECHI), pensó en él cuando sus planes integradores chocaban con el resto del imaginario del funcionariado PRO, que veía la cuestión de las villas de una manera muy diferente. Melguizo lo cuenta así: "En la primera reunión que tuvimos, le pregunté a Mauricio Macri por qué recién en su quinto año de gobierno se había interesado en el tema. La respuesta fue que aquí no se hablaba de otra cosa que no fuera la erradicación de las villas". El especialista colombiano tuvo que dedicar sus primeros encuentros a derribar mitos arraigados: "Primero, no es posible erradicar ninguna villa: hay que radicarlas, aun a costa del sector que los apoya electoralmente que no quiere saber nada con eso. Segundo, ¿por qué plantean que no pueden crecer en vertical como el resto de la ciudad? ¿Cuál es la diferencia entre Recoleta y la villa si los departamenticos son de 30 m2 en ambos lugares? El problema no es la verticalidad, sino la informalidad".

Melguizo habla de dos tipos de desafíos que atraviesan todos los asentamientos latinoamericanos: "Hay cuestiones que requieren mucho tiempo, como la solución de la pobreza, las inequidades, incluso la criminalidad. Pero no hay excusa para no resolver lo coyuntural: los servicios, la basura, la salubridad. Eso es inversión y, con voluntad, se resuelve rápido" .

Con una simple pregunta, Jorge logró torcer el destino de las políticas de inclusión de las villas porteñas: ¿cómo construir una nueva sociedad? "Impulsamos una estrategia de comunicación en la SECHI, cuyo concepto era de Villa a Barrio, que era muy simple: empezar a nombrar no solo las falencias, sino la vida de esos lugares, los liderazgos positivos". ¿Qué hay en las villas que el resto de la sociedad no ve? Jorge pidió que buscaran personas de la villa 31 que tuvieran un doctorado o maestría. Le contestaron que sería muy difícil porque apenas el 1% podría llegar a ese nivel educativo. "Entonces son 400 personas (la 31 tiene alrededor de 40.000 habitantes) y alcanza para hacer un relato por día durante más de un año", contestó, y retrucó: " ¿Cuántos narcos creen que hay en la villa? Si fuese el 1%, habría una guerra civil. Pongamos que sean 100, es el 0,25% de sus habitantes. Sin embargo, para los habitantes de Buenos Aires es una villa de narcos. El resto, el 99,75% parece no existir: empecemos a nombrarlos".

En la Villa 31 bis empezaron a refaccionarse algunas casas
En la Villa 31 bis empezaron a refaccionarse algunas casas Fuente: LA NACION - Crédito: Ricardo Pristupluk

Jorge marca también los prejuicios estéticos y compara las villas con las ciudades medievales, con sus pasillos laberínticos tan buscados por los turistas. "Es otra manera de ver la ciudad, no como prolijas manzanas, sino con la fisonomía que adquirieron las villas que son parte de la historia reciente. Hay que respetar las diferencias, incluida la arquitectura".

Más allá de que ya no asesora al gobierno porteño, rescata "muchísimo" el plan para llevar el Ministerio de Educación a la villa 31 y transformar el Elefante Blanco en el Ministerio de Desarrollo Social. También lo entusiasma la idea de cambiar la traza de la Autopista Illia para crear ahí un espacio verde en altura. "A mí me gustan mucho esos gestos, tienen un simbolismo muy fuerte que rompe las distancias", comenta.

A sus 55 años, Jorge tiene claro que mucho de lo que hace tiene que ver con su marca de origen. "Haber vivido 24 años de mi vida en la Comuna 13 hace que me quede fácil entender el problema urbano: el gueto, la estigmatización", dice y remarca la palabra "estigma" como una carga que lleva cualquier persona que haya salido de algún barrio catalogado como "violento". "No se trata de los barrios más violentos, sino de los más violentados. Si vengo de un lugar así, no puedo ser sujeto de estigma, sino de apoyo y abrazos".

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