Las plazas no son basureros

Sonia Berjman
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14 de abril de 1999  

La mayoría de los paseos de Buenos Aires surgió para sanear sitios contaminados y degradados, como huecos, basurales, mataderos, mercados de carretas, cementerios, toriles ... También con objeto de brindar un paisaje grato a los ojos y a las actividades lúdicas. Es decir, las plazas y los parques de nuestra ciudad nacieron bajo las consignas del urbanismo francés del siglo XIX: higiene, ornato y recreación para toda la población por igual.

Hoy, lejos estamos de haber mantenido aquellas pautas originales. El primer lugar de la lista de los no lo constituyen, sin duda alguna, los perros. No por los perros mismos, sino por las conductas de los humanos que los cuidan y que no deberían tener lugar en una sociedad civilizada. Si su actividad es comercial y obtienen un importante lucro, que éste no sea a costa de la salud de toda la sociedad, sino que sea solventada por ellos mismos. Que los paseadores de perros compren o arrenden baldíos, los que convenientemente tapiados sirvan para que los fieles amigos del hombre retocen ... y dejen adentro sus indeseados regalitos . ¿O acaso los chicos que van al arenero de la plaza dejan caca en vez de moldecitos?

Sigamos con los vecinos inadaptados que no ven los basureros y dejan olvidados desde papelitos de caramelos y cajitas de cigarrillos hasta elementos mucho más comprometidos como preservativos usados. Es indudable que la población porteña necesita urgentemente ser provista de anteojos de aumento. O de educación cívica.

Pero las plazas también albergan otros elementos que son bienes de alto valor económico y estético, como las esculturas, los monumentos, las fuentes, que en ellas se colocan para hermosearlas. Y aquí le toca el turno a los funcionarios. Estos objetos artísticos no pueden ser tirados de cualquier manera sobre un cantero, un rincón o una pradera de césped. Cada uno de ellos requiere un estudio particularizado de implantación y una adecuación del entorno. Y lo que es más importante aún, la consideración del paseo como una integridad, debida al proyecto de un profesional que debe ser respetado. ¿A quién se le ocurriría pintar la Rosada de azul o cantar como tango una zamba de Yupanqui? Mejor olvidemos el nombre del intendente que demolió con una topadora la obra del maestro Burle Marx que le daba sentido a la plaza Perú. Pero no olvidemos nunca ese gesto autoritario de alguien que se creyó juez por detentar un cargo público. Los funcionarios pasan, los vecinos y la ciudad quedan.

Desde hace unas décadas, Buenos Aires está perdiendo aquella imagen de ciudad elegante que la había consagrado en el mundo. El gusto se adquiere, la estética se estudia, la educación se brinda, el respeto se ejercita. Entre todos. Es nuestra obligación y nuestro desafío.

La autora es doctora en Filosofía y Letras (UBA) y en Historia del Arte (Sorbona), e investigadora del Conicet.

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