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Peras humanas y manzanas mecánicas: ¿cuál es el coeficiente intelectual de Google?

Fuente: Archivo
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17 de octubre de 2017  • 00:12

“¿Pueden las máquinas disfrutar de comer frutillas con crema?”

Seguramente si nos topásemos con esta pregunta en algún diario nos parecería ridículo, nos indignaríamos y hasta podría hacernos exclamar, golpeando la mesa: “¡todo este asunto de la inteligencia artificial ya es cualquier cosa!” Y algo de razón tendríamos.

En uno de los trabajos académicos más bellos alguna vez escritos, Alan Turing en 1950 evalúa la pregunta por la capacidad de pensar de una máquina y se adelanta a una miríada de objeciones. Es entre ellas que desestima la incapacidad de una máquina para disfrutar de comer frutillas con crema como un buen criterio para la inteligencia. ¿Acaso no podemos imaginar seres inteligentes que simplemente no tengan esa capacidad de disfrute?

Hace algunas semanas circuló un nuevo trabajo académico, realizado por tres investigadores chinos, donde se estipula un modo de valorar la inteligencia de las máquinas, análogo al del coeficiente intelectual para los humanos. Como no podía ser de otro modo, algunos medios se hicieron eco del trabajo y se nos vino encima el aluvión de titulares: “Google tiene la Inteligencia Artificial con mayor IQ, revela estudio”, “La inteligencia artificial de Google no le gana a un niño de 6 años: estudio”, entre muchos otros que tampoco vale la pena citar.

No hay forma sutil de indicar que esto es un absoluto sinsentido, una estupidez enorme, y exactamente el tipo de desinformación que debemos activamente denunciar si nos interesa elevar el nivel de la discusión acerca de los avances de la inteligencia artificial y hacer retroceder a la “mala ciencia” que plaga algunos medios de comunicación. Si el asunto de medir la inteligencia humana es aún objeto de críticas y lejos estamos de un consenso, comparar a la “inteligencia artificial” con la cognición humana —en palabras de Ben Goldacre— “es un poco más complicado”.

Lo que los investigadores chinos hicieron fue retomar un criterio de evaluación de inteligencia que habían desarrollado en 2014 para comparar motores de búsqueda, y lo aplicaron a los principales “asistentes inteligentes” del mercado. En otras palabras: definieron a gusto lo que entienden por “coeficiente intelectual de una máquina”, aplicaron ese criterio a un montón de productos y luego los compararon. Así es como concluyeron que el IQ de Google es de 47,28, el de Baidu es 32,92, el de Bing es 31,98 y el de Siri (Apple) es 23,9. Para llegar a estos números, definieron como “sistema inteligente” a aquel que tiene cuatro habilidades: adquirir, dominar, crear y devolver conocimiento.

Hasta ahí podemos disentir metodológicamente, pero no es muy diferente de evaluar cada una de estas soluciones de acuerdo a cualquier otro criterio arbitrario. El asunto es cuando los investigadores hacen, sin ahondar en detalles, el salto entre este supuesto “coeficiente intelectual” de las máquinas y cierto “coeficiente intelectual absoluto”, que permite la comparación con el de los humanos. De ahí que el supuesto coeficiente intelectual de la IA de Google esté apenas por debajo del de un niño de 6 años. Como decía algún comentario en internet: comparar peras humanas con manzanas mecánicas es como jugarle una pulseada a una prensa hidráulica.

Inteligencia vs coeficiente intelectual

Fuente: Archivo

De todos modos, la pregunta que motivó la investigación es digna de ser recuperada. Entre tanta discusión acerca de los peligros de la inteligencia artificial — la supuesta incipiente amenaza del robopocalípsis, etc. — lo que estos investigadores se preguntan es: ¿podemos desarrollar un método cuantitativo para evaluar qué tan grande es esta amenaza? Ojalá alcanzara con sólo hacer buenas preguntas, el trabajo de los filósofos sería tanto más fácil.

Otro punto interesante, que también plantean, es que nos enfrentamos a dos problemas: no tenemos modelos unificados para la evaluación de la inteligencia de sistemas computacionales “cognitivos” y no tenemos modelos unificados para la comparación de la inteligencia humana con la de una máquina. Incluso podemos concederles que su diagnóstico está en lo correcto: el principal problema es no contar con un modelo unificado para la evaluación de la inteligencia de todo ser pensante (vivo o no).

La inteligencia, o al menos la inteligencia humana, es un conjunto de talentos. Podemos ser muy buenos en algo y pésimos en otra cosa. Es por esto que hacer colapsar la idea de coeficiente intelectual con la de inteligencia es particularmente negligente. Las máquinas nos superan en tareas intelectuales constantemente: ajedrez, cálculos matemáticos, reconocimiento de imágenes, planificación de rutas, optimización de procesos, etc. ¿Esto significa que son más inteligentes que nosotros? En algunas cosas, sí. Pero esto no hace que agoten todo lo que la noción de “inteligencia” puede abarcar.

Es importante detenerse en estas discusiones para arrancar sus puntos débiles de raíz. No siempre se trata de que la discusión en sí misma sea absurda o una mera pérdida de tiempo, sino que es la soltura con la que se dicen estas pavadas lo que, a la larga, muy probablemente termine perjudicándonos. La comparación de la capacidad intelectual (con perdón de la palabra) de los sistemas desarrollados por Google o Apple y un niño de 6 años es un asunto complejo. Trivializarlo no sólo hace quedar a los investigadores como payasos, sino que deja de lado las otras preguntas incómodas que debemos hacernos, aquellas que realmente valen la pena y tienen consecuencias para nuestra vida cotidiana.

En cualquier caso, no queda claro que fuera intención de los investigadores concluir el tipo de burradas de las que se hicieron eco los medios, sino más bien proponer un criterio (útil o no) para continuar la discusión. Es apenas un trabajo académico, probablemente intrascendente, que quedará sujeto a alguna refutación académica, o simplemente se perderá en el olvido.

Puede que la pregunta por el coeficiente intelectual de las máquinas no sea exactamente la misma que la pregunta por el disfrute de las frutillas con crema, pero definitivamente es pura fruta.

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