Sensibilidad de época

Carolina Arenes
Carolina Arenes LA NACION
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16 de octubre de 2017  

Ya no quieren pescar. Cuando eran chiquitos, ése era un programa infaltable en las vacaciones. El más grande todavía recuerda el día en que sacó con su propia caña un cazón bebe desde el muelle de San Clemente. No tenía más de cinco años y fue un hit en sus relatos de infancia: "¿Te acordás cuando pesqué un tiburón?".

Pero ahora no quieren saber nada de la caña, el reel, la caja de pesca con anzuelos, boyas y plomadas que guardo en la terraza, aunque ya hace mucho que no se usan y tienen más polvo y telarañas que conquistas. No sólo me gusta pescar, sino que también disfruto de los preparativos, me gusta disponer la línea, no me molesta encarnar o sacar la presa si la suerte pone algún ejemplar de lo que sea en el anzuelo y hasta tengo paciencia para deshacer galletas imposibles. Ahora hace mucho que no saco las cañas de su funda, pero solamente verlas me trae el recuerdo de las vacaciones y de mi padre. La pesca era el abuelo, les digo a mis hijos. ¿Cómo quieren que no pesque más?

A mis hijos esas nostalgias no les mueven un pelo. No quieren que pesque y argumentan con sensibilidad de época: es un acto de crueldad gratuita contra un animal. Un claro golpe bajo, porque saben que detesto ese imaginario, me comparan a mí -¡a su madre!- con uno de esos cazadores que contratan exóticos safaris para maltratar a los nativos con caprichos de reyes y matar por diversión rinocerontes y elefantes. Un pez no es lo mismo que un mamífero, les digo, y mucho menos que uno de esos prodigios de la naturaleza. Y ellos: no es lo mismo, pero igual siente y sufre. Lo devuelvo al agua, catch and release, me embandero. Y ahí nomás desparraman argumentos, y cuando les faltan datos, el celular y Google, siempre ubicuos, les dan una ayudita.

Escucho. Investigadores de la Universidad de Edimburgo y de la Universidad de Glasgow estudiaron los receptores de dolor en los peces y encontraron que son sorprendentemente similares a los de los mamíferos. Los peces sí tienen la capacidad para percibir el dolor y sufrir, y aunque sean liberados, mientras están enganchados no sólo padecen dolor físico, sino también terror.

Busco mi celular. Contraataco: investigadores de la Universidad de Wisconsin, Estados Unidos, publicaron en la revista científica Fish and Fisheries y en otros medios un estudio que afirma que es muy improbable que los peces sean capaces de sentir dolor aunque se les clave un anzuelo o sean sometidos a luchas en la punta de una línea. Esto se debe a que no poseen estructura cerebral ni terminaciones nerviosas suficientes para experimentar las sensaciones de dolor. Incluso, cuando el animal se debate luego de ser clavado, sólo está reaccionando de manera inconsciente.

Otro rasgo de época: todo está en Google, una cosa y también la contraria. Así que, por el momento, tablas.

Con alguna malicia, es verdad, les señalo el plato de comida, las milanesas que justo en ese momento llevo a la mesa. Pero no quiero meterme en esas aguas, ya me están diciendo que una cosa es matar para comer y otra es hacerlo para divertirse.

Me quedo pensando. No sé si pescar me divierte. Es otra cosa. Me gusta el tiempo detenido, la emoción del azar, me gusta esa actividad que es inactividad la mayor parte del tiempo. Me acuerdo de un hermoso libro infantil, El pescador de tigres. Un niño que viene caminando por la playa ve a lo lejos la silueta de un anciano en el espigón. "El muelle estaba desierto salvo por un hombre que pescaba, me llamó la atención la precisión con que realizaba sus movimientos. Pero más me sorprendió que su caña no llevara carrete, ni sedal, ni anzuelo? ni cebo." El hombre le explica al niño que no necesita anzuelo, ni hilo, ni caña, ni carnada, que tampoco necesita un pez. Lo único que lo impulsa es la experiencia de la espera. La inminencia de lo que está a punto de ocurrir.

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