Del Facebook al testimonio en vivo

Una serie de relatos en la red social derivaron en un espectáculo de la actriz Brenda Fabregat y la dramaturga Eloísa Tarruella
Verónica Dema
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22 de octubre de 2017  

La actriz Brenda Fabregat y la dramaturga Eloísa Tarruella
La actriz Brenda Fabregat y la dramaturga Eloísa Tarruella Crédito: Prensa

Cuando su marido se fue de la casa y la dejó con sus dos hijos ella no encontró mejor lugar para descargar su dolor que su muro de Facebook. En esa red social, la actriz Brenda Fabregat empezó a narrar su drama en posteos tragicómicos. Las devoluciones eran de lo más ocurrentes y sus contactos le pedían que siguiera escribiendo. Y ella siguió escribiendo esa especie de diario íntimo abierto al mundo, carente de intimidad que tan bien le hacía. Hasta que un día la leyó la actriz y dramaturga Eloísa Tarruella y supo que en esos textos había algo más que una catarsis en pocos caracteres.

De esos monólogos por entregas que Brenda lanzaba a las redes y que Eloísa detectó como padecimientos cotidianos que se traducían al humor de una forma magistral, con matices, gags, momentos emotivos, surgió El mundo en mis zapatos, una obra de teatro que fue escrita por ambas y que puede verse los sábados a las 22.30 en Pan y Arte (Boedo 880); a partir del primer domingo de noviembre las funciones serán los domingos a las 19.30.

Fue concebida como una comedia con toques de drama en algunas escenas puntuales, de danza y, también, de momentos de stand up por otros. El texto tiene como hilo conductor los fracasos laborales, amorosos, el lado B de la rutina matrimonial y de la maternidad, la crisis de los 40, los consejos de las madres y tías casamenteras, todo esto atravesado por la particular mirada de Brenda, la actriz que le puso el cuerpo a su propia historia de vida ficcionada.

La actriz Brenda Fabregat protagoniza El mundo en mis zapatos
La actriz Brenda Fabregat protagoniza El mundo en mis zapatos Crédito: Prensa

La actuación de Brenda es potente, de entrega total. Como espectador uno observa que en cada escena hay intensidad, que en ese cuerpo ocurren sinceras vibraciones. Ella padece la tiranía de una escuela de danzas que no la tolera con un rollito de más. Ella se prepara cuidadosamente para deslumbrar al chico que le gusta y él la denigra y la avergüenza. Ella destapa una botella de vino sola, en vísperas de Navidad. En esos gestos la obra nos habla sin eufemismos a las mujeres; en alguno de esos episodios, sino en varios, nos identifica, nos solidariza y nos abraza.

La construcción del personaje de Brenda se devela como un trabajo intenso, física y emocionalmente hablando. Y también está muy lograda la caracterización, con mínimos elementos, de otros personajes presentes en la vida de Brenda: su tía, un compañero de trabajo, un joven al que ella quiso de joven.

La música es clave en la obra y se vuelve un actor más en ciertas circunstancias. Este punto es un acierto de la directora ya que, como la protagonista está sola en escena, con la música logró crear climas, acompañar y colaborar en la construcción de sus estados. Por momentos genera comicidad (como es el caso del tema "Super Freek", "Careless Whispers", "Sobreviviré", por ejemplo), en otras escenas juega con lo emotivo ("Claro de Luna de Beethoven), para cerrar con un simbólico "Caminante no hay camino", interpretado por Joan Manuel Serrat. La obra apela a la metáfora del andar, habla de los tropiezos de la vida, de las ventajas de caminar con elegancia, de saber que, a veces, hay que retroceder para avanzar. Los zapatos, en esta propuesta teatral, son la excusa para bucear en los recuerdos, por eso ocupan un lugar relevante en la obra y en la vida.

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