Futurología libre de humo

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24 de octubre de 2017  • 00:26

Es fácil hablar sobre el futuro. No sólo es fácil, es atractivo. E incluso es entendible que así sea. ¿Quién va a venir en cinco años a verificar si hay una impresora 3D en cada casa? ¿En diez años alguien recordará a los que dijeron que no habría más autos manejados por humanos? Hay una receta que no falla. Vamos a necesitar un escenario, una buena presentación, abundantes gráficos que refieran a números imposibles de imaginar, alguna que otra referencia a la cultura popular (que si toca el nervio de la nostalgia, mucho mejor) y un orquestado uso de los adjetivos “disruptivo”, “exponencial” y “revolucionario”. Si podemos cerrar con un esperanzador mensaje, cartón lleno.

Pero hablar sobre el futuro no debería hacerse tan a la ligera. Sobre todo porque en los escenarios en los que se lo hace no queda claro que lo que se dice sea mera especulación, que a duras penas calificaría como ciencia ficción. Esto se agrava aún más si reconocemos que en la actualidad tenemos serios problemas frente al desafío de hacer buena comunicación pública de la ciencia, que no solo logre revertir la influencia del discurso anticiencia que promueven las supersticiones y pseudociencias, sino también recuperar el prestigio de la ciencia en los medios, debilitada a partir de la epidemia de titulares que comienzan con “según la ciencia…”.

Los límites del futuro visible

Nadie sabe cómo va a ser el futuro. Pero parecería ser que cuando se trata de aquello que escapa a nuestro conocimiento, nuestra tolerancia a las adivinaciones y sinsentidos aumenta. La ciencia es sin duda uno de los más impresionantes logros de la humanidad, y eso no es poca cosa. Pero la propia labor científica también establece cuáles son sus límites. Son estos límites los que algunos futurólogos en su prestidigitación dejan de lado, haciéndolos desaparecer en ese sombrero de mago que es el futuro. La diferencia es que sabemos que el mago de hecho no corta a su asistente a la mitad, sino que nos invita a suspender nuestro escepticismo para dejarnos engañar.

Matt Novak es un escritor estadounidense que desde hace diez años mantiene el blog Paleofuture donde recopila aquellos futuros que no fueron. Su trabajo consiste en revisar las predicciones que se hicieron en los últimos 150 años y presentarlas para nuestro deleite. En 2014, al cumplirse 50 años de las predicciones para aquel año de Isaac Asimov, Novak escribió un artículo sobre por qué los futurólogos siempre se equivocan. “Cada predicción es producto de su tiempo. Es decir, las ideas futuristas casi siempre dicen más acerca de quienes hacen las predicciones que del futuro mismo”, sostiene. Según las lecturas más caritativas Asimov predijo a los vehículos autónomos y a la automatización hogareña, aunque no pudo adelantarse a ARPANET, precursor de internet, que surgió apenas 5 años después.

Kurzweil y la singularidad

Pero a pesar de sus aciertos y desaciertos, la contribución a la ciencia y su popularización por parte de Asimov es innegable y sus predicciones estaban bien enmarcadas en un mero ejercicio especulativo. Esto contrasta con la futurología de figuras como Ray Kurzweil, famoso por predecir que para el 2045 se dará cierta “singularidad tecnológica” que supondrá la invención de una “inteligencia artificial” superior a la humana. Esto, naturalmente, conllevará profundos cambios para la humanidad. Obvio que quienes adhieren a esta teoría (los “singularitarianos”) prefieren futuros que están lo suficientemente cerca como para tener que preocuparnos pero no lo suficientemente cerca como para que tengan que hacerse cargo si sus predicciones no se cumplen. El problema está en que nunca pueden dar cuenta de cómo sus predicciones se realizarán, sino que ofrecen vagos argumentos acerca de curvas exponenciales y cómo (debemos confiar) los problemas actuales serán disueltos por el todopoderoso futuro.

Comentando acerca de las ideas de Kurzweil en 2007, el autor de Gödel, Escher, Bach (1979) Douglas Hofstadter decía: “es como si tomaras un montón de buena comida y un poco de excremento de perro y lo licuaras todo hasta no poder distinguir lo bueno de lo malo. Es una mezcla entre porquerías y buenas ideas, y es bastante difícil separarlas entre sí, porque se trata de gente inteligente; no son estúpidos.” Por su parte el filósofo Colin McGinn, reseñando el libro Cómo crear una mente (2012) de Kurzweil, dice que es interesante por momentos, más o menos legible, algo informativo, pero terriblemente exagerado. Ambos comentarios resumen bien la frustración de una creciente porción de la comunidad científica que se siente inhibida de comentar sus ideas cuando no implican el tipo de resultados que estos futurólogos anuncian. Aún peor, es este tipo de mala ciencia el que aumenta la desesperación por publicar trabajos que a duras penas cumplen con estándares científicos.

El futuro en la cultura pop

“Hay gente que se siente estafada por el futuro”, dice Luciano Banchero en Futuro Pop (Paidós, 2017). En su libro Banchero hace una celebración de la vida en universos de ciencia ficción, pero no por eso deja de hacer una oda al progreso científico. Entre sus páginas, plagadas de referencias a la “cultura pop”, discurre en el permanente juego entre la desenfrenada imaginación de escritores y cineastas y los avances científicos concretos. Pero lejos de hacerlo de manera ingenua, Banchero—al igual que Novak—reconoce que en las obras de ciencia ficción más que una mentada predicción acerca de cómo será el futuro está la proyección de cómo estos autores quieren o temen que suceda. En el camino algunas de las predicciones se cumplen y otras no, pero esto tiene que ver con que muchas veces lo que los distingue no es la clarividencia sino, como dice Banchero, la capacidad de prestar atención a su presente. No hay que confundir el poder contar sobre un presente mal distribuido con predecir el futuro.

Quizá los futurólogos nos seducen tanto porque logran hacernos sentir bien. Vienen en todos los colores y nos presentan futuros en los que de hecho nos gustaría vivir. Futuros a los que no tenemos ni la menor idea de cómo llegar, pero no importa. Logran acurrucarnos en sus utopías tecnológicas, demasiado dulces como para ser ignoradas. A ellas se le oponen las distopías pesimistas en las que la humanidad es reducida a una patética sombra de lo que alguna vez fue, con la tecnología finalmente fagocitándonos en su dominación del paisaje. Lo peligroso en ambos casos es que tanto las distopías como las utopías inspiran a las metáforas que moldean no sólo nuestro vínculo con la tecnología, sino también la forma en que la desarrollamos.

Es por esto que no debemos dejar de hacer futurología, de proponer el diseño especulativo, ni de alimentar las ficciones que podrían llevarnos a otros mundos (u otras versiones del mundo en que vivimos). Pero debemos hacerlo con la responsabilidad que conlleva moldear el modo en que nos vinculamos con esos relatos. El trabajo especulativo sobre el futuro no implica necesariamente hacer mala ciencia, sino entender en profundidad el presente en el que vivimos y ser capaces de también atender a todo lo que se nos escapa. Parafraseando a Bertrand Russell, una vez que prendamos el ventilador y el humo de tanta mala futurología se aclare, seguramente encontremos algo de vigor en el aire fresco.

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