¿Podría Cambiemos ocupar el espacio del peronismo?

Laura Di Marco
Laura Di Marco PARA LA NACION
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26 de octubre de 2017  

Cristina Kirchner se parece a la protagonista de la película española Te doy mis ojos. El film relata la historia de la dependencia de una mujer con un hombre tóxico: una fusión insana donde ella se diluye en él, al punto de perder su identidad. A Cristina le sucedió algo similar con su identidad política: en los 70, antes de conocer a Kirchner, era una joven de izquierda. Sin embargo, su encuentro con el santacruceño la fundió, por décadas, en el peronismo clásico. Un peronismo al que, paradójicamente, siempre odió. Cuando Néstor murió, volvió a su sectarismo de izquierda y así empujó al abismo a un movimiento que, alguna vez, fue invencible.

La noche del domingo, Cambiemos salió a disputar el mercado electoral de ese mismo peronismo. La ola amarilla conquistó el 60% del territorio argentino. Se impuso, por primera vez, en provincias tradicionalmente peronistas como Buenos Aires. O pobres, como La Rioja, Salta, Chaco, Corrientes. La Matanza, epicentro de la campaña cristinista, llevó más votos para Cambiemos que cualquier otro distrito bonaerense. A Verónica Magario le fue peor que a Cristina. Macri sacó más votos en Lomas de Zamora que en San Isidro o Vicente López. Le ganó a Cruella de Vil en su patio trasero. María Eugenia Vidal -una socialcristiana devenida en una Evita macrista- derrotó a Sergio Massa en su propia casa: la primera sección electoral. La gobernadora salió a pelear votos peronistas en la provincia y ganó.

Con un peronismo socialmente cuestionado, fracturado y huérfano -una configuración inédita en un movimiento que siempre funcionó en torno a un jefe-, ¿podría Cambiemos reemplazar al partido de Perón como una nueva mayoría en la representación electoral?

En su discurso en Costa Salguero, el Presidente rozó una bandera cara para esa tradición: prometió sacar a los argentinos de la pobreza. Palabras que, con un Indec consistente, podrían chequearse seriamente en 2019. El objetivo es muy difícil: choca con el corset de una economía crónicamente enferma. Pero tampoco es totalmente imposible. ¿Y si logra dar algunos pasos hacia la reducción de la pobreza? ¿No estaría disputando la bandera de la justicia social?

"Consiguieron meternos a todos en el pasado", se lamentaba Massa en la madrugada de la derrota. El búnker tigrense estaba presidido por una pantalla muda: los renovadores le bajaron el volumen para no escuchar a Cristina, que, en un tramo de su discurso, se dirigió directamente a ellos, los "traidores". ¿No se dan cuenta de que sin mí no son nada?, parecía chicanearlos desde la pantalla.

Una semana antes de las elecciones, el intendente de Chivilcoy, el renovador Guillermo Britos, llamó a su jefe político para pedir auxilio. Los sondeos le mostraban que salía tercero en su propio territorio, arrasado por el tsunami amarillo. "Trabajá el corte de boleta", le aconsejó el tigrense. Britos temía la reacción de su propio electorado. Massa le enseñó cómo alentar el corte de una manera sutil y Britos logró salvar algo de la ropa. "Yo no puedo pedirle a un intendente que se suicide", les dijo a los suyos en su noche más oscura.

La conclusión postelectoral de Massa coincide con una idea de quien, por años, fue un gurú del peronismo: Carlos Corach. El ex hombre fuerte del menemismo suele afirmar que "gana aquel que lee mejor". Presente y futuro versus pasado, de eso se trataba esta elección: la mayoría de los líderes peronistas concluye que Cambiemos lo leyó mejor que ellos.

La politóloga María Matilde Ollier resalta que Macri escucha, aprende y está dispuesto a cambiar. No es un rasgo banal, sino que tiene una traducción política más profunda. Es esa capacidad para la transformación, cree Ollier, la que garantizó la supervivencia del peronismo a lo largo de las décadas. Semejante conexión con los consensos sociales lo llevó a ser privatista con Menem y estatista con los Kirchner. Las derrotas coincidieron con aquellos momentos históricos en los que leyó mal. No era liberación o dependencia lo que atravesaba a los argentinos en el 83, sino dictadura o democracia. La huella de la vida o de la muerte.

La plasticidad de Macri se expresa, por ejemplo, en las mutaciones que sufrió en su formación económica. Cuando era joven abrevó en la ortodoxia neoliberal, mientras que el gradualismo que practica hoy es ferozmente criticado por aquellos ortodoxos que fueron sus antiguos maestros.

"Se nos cayeron encima las torres gemelas", duelan en el universo peronista no K. Agobiados por la depresión, sus principales referentes configuran un inventario negro: desde el último fin de semana están dedicados a sopesar el poder de daño de Cristina Kirchner. Un daño que evalúan como gigantesco. Se preguntan, chatean entre ellos, hacen cálculos. "Antes que reconstruir el peronismo, los gobernadores están preocupados por cómo van a pagar los aguinaldos", medita, con resentimiento, uno de esos mandatarios, derrotado por Cambiemos.

¿Hubiera sido igual el resultado del domingo si Cristina no se hubiera presentado como candidata? Un par de ejemplos bastan para configurar la respuesta, aunque la lista parece infinita. Los Rodríguez Saá, que habían perdido las primarias por casi 20 puntos, lograron dar vuelta ese resultado con una fórmula muy sencilla: se despegaron de Cruella de Vil y provincializaron la elección. En Chaco, Unidad Ciudadana plantó su propia lista frente a la del gobernador Domingo Peppo y lo empujó al abismo. Juan Schiaretti, en Córdoba, tiene niveles muy altos de aprobación a su gestión; sin embargo, perdió por 18 puntos. ¿Por qué? La sociedad interpretó que votar a los candidatos del Presidente era sinónimo de sacar a Cristina del juego político. Y esta meta superior, para el ancho conglomerado anti-K, imprimió el pulso de la elección.

Los caciques del PJ, desolados, parecen haber llegado a un consenso: no hay chances de recuperación para 2019. La reconstrucción, si llega, recién será en la contienda presidencial de 2023, una cifra que aún suena a ciencia ficción. Calculan que recién entonces el justicialismo podrá configurar una oferta competitiva, después de haberse sacado de encima a Cristina. ¿Cómo? En las urnas de la próxima elección presidencial.

Descuentan que su ex jefa política, con 66 años, se presentará otra vez como candidata a la presidencia. Muy probablemente, perderá. La derrota despejará el territorio para una lenta reconstrucción.

¿Podrían pasarse, masivamente, los caciques del PJ a Cambiemos, como sucedió con Claudio Poggi en San Luis o con el intendente riojano Eduardo Paredes Urquiza? Semejante reconversión atentaría contra el punto nodal de la filosofía duranbarbista, cuyo guión argumental es que Macri y Cambiemos son "lo nuevo". Demasiados peronistas conviviendo con el oficialismo lo convertirían, rápidamente, en "lo viejo".

En 1983, Raúl Alfonsín obtuvo el 52% de los votos y logró componer una nueva mayoría. En el 85 volvió a ganar y mantuvo la mayoría en Diputados. Soñó con un tercer movimiento histórico. La postal que sigue es conocida: el presidente radical fue devorado, entre otras cosas, por la hiperinflación, mientras el PJ conseguía emerger del estado de coma. Pero entonces existía un líder inspirador, como Antonio Cafiero. Aquel PJ de los 80 no es el de hoy. Como admite uno de sus barones: "La gente siente hartazgo de lo que simbolizamos. Tal vez terminemos reconstruyendo una alternativa que no sea exactamente peronismo".

Cambiemos puede volver a transitar el surco fallido del alfonsinismo o inaugurar uno nuevo, más elevado, como sucede en aquellos caminos evolutivos donde se avanza en espiral. La política -como la vida- siempre ofrece una segunda oportunidad.

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