Saber bancarse el "no saber"

Miguel Espeche
Miguel Espeche PARA LA NACION
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28 de octubre de 2017  

El que sabe sabe, y el que no sabe? no sabe. Así dicen en el barrio. También dicen que el que sabe sabe, y el que no sabe es jefe, algo que en algunos casos, sin dudas, es verdad.

Pero acá queremos hablar del no saber liso y llano: ese que requiere que, ante ciertas preguntas, nuestra respuesta sea "no sé", y punto.

Hay que saber no saber. Aceptar que ignoramos algo requiere humildad y cierto grado de tolerancia a la frustración. En nuestra llamada cultura del conocimiento, no saber, para muchos, es una suerte de vergüenza o, peor aún, un motivo de profunda angustia que en ocasiones se pretende encubrir con un falso saber.

Un territorio que muestra esto es lo que pasa con los casos policiales. Es tal la angustia ante el desconocimiento respecto de quién es el culpable que en ocasiones se buscan falsos culpables o "perejiles" a quienes endilgar el caso. Para muchos, es peor la incerteza que parodiar una solución del problema a costa de ofrecer una falsa respuesta.

En este tipo de cuestiones no ayudan las novelas de Agatha Christie o las series del estilo de CSI, que siempre terminan con el triunfo del método deductivo frente la intención criminal del caso. Eso ocurre en las novelas, y en la vida real... ocurre poco.

Hablamos de lo policial, pero el arte de no saber es requerido en muchos otros ámbitos de la vida. Por ejemplo, sirve para decirle a un hijo que no sabemos algo (el nombre de un insecto raro, el origen del universo, la forma de llegar a algún lugar), pero que estamos dispuestos a investigar junto a él una respuesta. En ese caso, no saber ayuda a un acercamiento que es más importante que la respuesta. También el arte de no saber nos permite decirle al novio o novia que no sabemos si el amor será eterno, pero que, para el caso, queremos profundamente que así sea. El reconocimiento de que no sabemos habilita al deseo, las ganas, la aventura, por lo que es una linda fuente de vitalidad. Los "sabiondos" dogmáticos no sólo aburren, sino que terminan siendo peligrosos, sobre todo cuando creen que ese saber que dicen tener es lo que sostiene el mundo y no se bancan los misterios que la vida propone.

El autor es psicólogo y psicoterapeuta

@MiguelEspeche

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