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Le llegó al PJ la hora de pagar los destrozos

Héctor M. Guyot
Héctor M. Guyot LA NACION
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28 de octubre de 2017  

A la larga, nada es gratis. Casi todos los peronistas se subieron al carro mientras duraba la fiesta y llegó el momento de pagar los destrozos. Fueron doce largos años. Ahora el karma pasa la factura. En las urnas y en la Justicia.

Detrás de una y otra forma de pago hay una misma cosa: el hartazgo moral de la sociedad. No es que los argentinos nos hayamos reformado, pero la gran mayoría experimentó, ante la exhibición de atrocidades, algo parecido a la vergüenza. No había recuerdo de una rapacidad semejante desplegada con tanto descaro. Calcularon mal. Como quien mete la punta del pie en el agua, sondearon al pueblo y creyeron que podían ir por todo. Y llegaron bastante lejos. Estuvieron cerca de conseguirlo. Pero este pueblo, que parecía tener un precio, que parecía vacunado contra la obscenidad, un día dijo basta. Y lo dijo como deben decirse estas cosas, con el voto, en octubre de 2015. A partir de ese día, la suciedad escondida bajo la alfombra su fue sumando a lo que ya estaba a la vista. Lo que era mucho fue demasiado. Y llegó el voto del domingo. Y la detención de De Vido.

Es cierto que la elección se polarizó. La gente eligió entre la impunidad y la justicia. Tal vez, en la sospecha de que es precisamente eso lo que diferencia un régimen autoritario de una democracia republicana. También, un país saqueado de otro en arduo proceso de reconstrucción.

En su derrota, una vez más, Cristina Kirchner mostró su pulsión autodestructiva. Dinamitó al peronismo desde el gobierno y ahora parece decidida a completar la faena. La noche del domingo se mostró como vencedora y se sentó sobre sus votos para exigirles a sus compañeros el tributo de la obediencia y la lealtad. Sólo tiene para ofrecerles un techo exiguo donde guarecerse de la lluvia, pero sigue inspirando temor. Son muchos los que, como novios maltratados, han querido armar el bolsito y dejarla, aunque no saben cómo. Le temen, además, a la intemperie. A los que se fueron e hicieron rancho aparte no les fue bien. Algunos de ellos quieren volver. En verdad, todos quieren volver. Hoy los referentes peronistas son hijos pródigos sin arrepentimiento a la vista que buscan el camino que los lleve a casa. Es decir, al calor del poder. Todo lo que advierten, por ahora, es que la ex jefa suprema representa la ruta del delirio que los llevaría a la desintegración.

“Cristina es un ciclo político concluido”, se envalentonó Juan Manzur, gobernador de Tucumán, una de las nuevas esperanzas del PJ. Que haya pertenecido a ese viejo ciclo hasta el final es un detalle olvidable. Todo indica que apenas Cristina trastabille, se van a juntar otra vez a la sombra de los dos o tres que suman más votos para proclamar la renovación, donde habrá cabida para todos, de Moyano a Scioli, del “Chino” Navarro a Abal Medina, de Insfrán a los Rodríguez Saá. Si así viene la mano, no es impensable que en un rinconcito, apenas camuflados, se renueven incluso Aníbal Fernández y Amado Boudou.

¿Renovación es mover una sola ficha (Cristina) para dejar igual todo lo demás? Sin un mínimo de autocrítica seria, lo más probable es que la historia se repita de nuevo. Sería un error y un costo, porque el país necesita una oposición constructiva y democrática que aspire a la alternancia.

Mientras tanto la Justicia, en parte espabilada por el mismo viento que sopló el domingo, en parte empujada por el peso de las pruebas, avanza en las muchas causas abiertas por la corrupción de los años kirchneristas. Esta semana se produjo lo que hasta hace poco parecía impensable. El ex ministro alrededor del cual en apariencia se construyó un esquema de saqueo al Estado de proporciones industriales perdió los fueros que le servían de escudo y fue detenido, todo en el mismo día. Le llegó la hora, parece, al que se creía intocable. Esto, junto con el resultado de las elecciones, marca el principio de lo que podría ser un nuevo ciclo en la historia del país, bajo el signo de un ideal aquí muy declamado pero nunca puesto en práctica: todos somos iguales ante la ley. Se incluye en el “todos” a los ex presidentes, las reinas egipcias y los señores feudales.

En este nuevo ciclo es indispensable que un gobierno fortalecido y una oposición en verdad renovada restablezcan el valor de la palabra, todavía maltrecha por años de abuso y malversación. Los consensos, los acuerdos de convivencia, se tejen en la diversidad y entre los que piensan distinto. Esto vale tanto para los políticos en el Parlamento como para la gente en el llano o en los foros sociales. Bajar los niveles de violencia verbal nos haría bien a todos. Y sería el síntoma más inequívoco de que estamos dejando un ciclo atrás para empezar uno nuevo.

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