Diemecke, en su salsa; Bashkirova, moderada

Pablo Kohan
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30 de octubre de 2017  

Orquesta Filarmónica de Buenos Aires

Solista: Elena Bashkirova, piano/ director: Enrique Arturo Diemecke/ programa: Bartók, Concierto para piano y orquesta Nº 3; Richard Strauss, Una vida de héroe, Op. 40/ sala: Teatro Colón/ Nuestra opinión: muy buena

Cuando las impiedades y las peores cualidades del nazismo expulsaron a Bartók de Europa y de su Hungría natal al exilio neoyorquino, en 1940, el tiempo que le aguardaría habría de ser el de las privaciones, los extrañamientos y una leucemia final. Pero, además, no gozaba su música del aprecio ni de los mejores favores por parte del público norteamericano. Ante esa situación, Bartók atemperó algunas de sus cualidades más agrestes y las obras que compuso en Estados Unidos comenzaron a sonar, aparentemente, un poco más amables que aquellas que había escrito a lo largo de su carrera. El Concierto para piano y orquesta Nº 3 pertenece a este tiempo y su apertura se revela casi galante y desprovista de esos ritmos y esas complejidades tan maravillosamente bartokianas. En este sentido, el toque casi comedido que aplicó Elena Bashkirova pareció muy pertinente para aproximarse a esta obra postrera.

Dueña de una mecánica impecable y de un toque preciso y atinado, sobre todo en el más que poético segundo movimiento, Bashkirova, muy bien acompañada por Enrique Diemecke y los músicos de la Filarmónica, llevó a buen puerto a esta obra. Sin embargo, por debajo de las urbanidades aparentes, Bartók no dejó de lado las rugosidades, esas pautas rítmicas húngaras tan enrevesadas y los pasajes pianísticos endemoniados. Y fue en esos momentos donde Bashkirova, sin lugar a dudas, una gran pianista, lució algo tenue, menos punzante de lo necesario e, incluso, desbordada por alguna potencia orquestal. Vaya en su descargo que tal vez haya sido la muy mala ubicación asignada a este periodista por parte del teatro lo que motivó una apreciación inadecuada. En su defensa podrían argüirse los largos aplausos que le tributó el público y la aprobación manifiesta que exhibieron los músicos de la orquesta.

En la segunda parte, con una obra de Richard Strauss, Diemecke estuvo jugando de local. Si bien el director mejicano suele pasearse con suficiencia por todos los repertorios, con la música del compositor alemán encuentra un territorio que recorre como si fuera el living de su casa. Con Una vida de héroe, un extenso poema sinfónico autobiográfico, Diemecke estuvo en su salsa. De memoria y con esa gestualidad suya tan ampulosa como efectiva, condujo a su orquesta por los mejores senderos. Entendiendo la teatralidad y cada uno de los infinitos recovecos que alberga esta obra, Diemecke logró que la orquesta sonara plena tanto en las tenuidades más impalpables como en los momentos que requieren auténticas avalanchas sonoras, administró pausas y silencios exactos y manejó, con el mejor criterio, cambios de tempo, con las aceleraciones y las contenciones más necesarias. Y para que la interpretación tuviera su mejor realización, contó con una orquesta sumamente concentrada.

Un párrafo aparte para Pablo Saraví, el concertino de la Filarmónica, que tuvo a su cargo los complicadísimos pasajes solistas de la tercera unidad de la obra. Afinadísimo, con buen sonido y con esa solvencia que se le reconoce, no sólo que sorteó todos los posibles inconvenientes sino que encontró el espacio suficiente para mostrar toda su musicalidad. En el final del concierto, Diemecke, micrófono en mano, reconoció sus cualidades y, además, le entregó una plaqueta al cumplir sus treinta años de trabajo junto a la Filarmónica. Un festejo compartido y largamente celebrado por todo el público.

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