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Soledad Simond
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2 de noviembre de 2017  • 15:38

En la previa del OHLALÁ! Fest, tuve una pequeña revelación: una puede hacer todo, trabajar durante un año para algo, aprender lo que no sabía, salir de su zona de confort, lidiar con muchas personas diferentes, hacer magia con el presupuesto...; AHORA, si llueve, te jodiste. La ecuación de la vida misma: no controlás nada, al final. En los días previos, seguíamos el pronóstico minuto a minuto –milimétricamente, cuánto se corría la nubecita, si cambiaban los vientos o aparecían unos rayos de sol–. Delineamos todos los planes B mientras decíamos con una certeza dubitativa: “No va a llover”. Las predicciones no decían lo mismo. Todos los que organizan eventos al aire libre lo saben: es un riesgo. Y nosotros habíamos decidido asumirlo hacía tiempo. A un día del evento, parecía invierno de nuevo. Un frío... La “buena” era que pronosticaban que, si llovía, sería por la mañana y solo 3 mm; ni idea si eso implicaba para nuestras invitadas “mejor me quedo en casa mirando una serie” o “igual les hago el aguante y me voy para el Fest”.

Entonces, durante el armado, les propuse hacer un Gurupooja, una ceremonia milenaria de agradecimiento que aprendí en India. Pooja significa “nacido de la abundancia”, imagínense lo próspero de la intención (muchas veces me restrinjo estos impulsos por cierta cautela de no quedar como la loquita de la oficina, pero como estábamos en plan SOS Emergencias, creí que mi reputación no estaba tan en juego). La clave era que el OHLALÁ! Fest fuese un éxito. Entonces, me reuní con las mujeres que estuvieron más cerca de la organización –Fer Acosta, Cari Gentile, Flor Bermúdez, Flor Bustos– en una salita donde todavía estaban haciendo la instalación eléctrica. Les aclaré que no era un maleficio contra la tormenta, sino un momento para revisar por qué estábamos agradecidas. Así que 24 hs. antes del festival, como un presagio, agradecimos por las miles de mujeres que vendrían, por las personas que trabajaban con tanto entusiasmo desde hacía meses, los que armaban espacios, agradecimos la conexión femenina y el crecimiento personal y laboral.

Me sentí una privilegiada: no siempre se trabaja con tanto amor y conciencia, más allá del sueldo, de los rangos, de lo que espera la empresa, simplemente por el impulso de que sea lo mejor que puede ser. Se los comparto porque quiero que sepan cómo se engendró este sueño. Hoy, un mes después, estos son los motivos por los que celebro con ustedes:

1) No llovió. No sabemos qué o quién despejó el cielo; me quedo con la frase del Chino, líder de toda la técnica del festival: “A veces es tan buena la energía que sucede lo inimaginable”.

2) ¡Vinieron 7000 mujeres! Pero no se trata del número, sino de que para nosotras realmente fue un encuentro. Armonioso, lo más cuidado que pudimos para ser un evento masivo. Sinceramente queríamos que todas la pasáramos bárbaro.

3) Sentimos la fuerza del equipo: (disculpen, este es el momento Aptra) ¡la cantidad de áreas que participaron! Eventos, comercial, marketing, contenidos, Club LA NACION, todo el equipazo de redacción que llevó adelante la previa y cobertura en redes, online, diario, revista, canal LN+. Todos los jefes y sus equipos que se aliaron para que tuviera la contundencia que merecía. Nuestros sponsors, que apoyaron este megaevento cuando era solo una ilusión: Swiss Medical, Ford, Natura, Fructis, Alto Palermo y otras tantas marcas más. Y ni hablar de las bandas, los artistas, las oradoras, bailarinas, técnicos, meditadoras, talleristas, ambientadoras, cientos de personas con buena onda en cada rincón del OHLALÁ! Fest.

Por eso, sigo agradecida. Esto para mí es el éxito: que la armonía se convierta en eficiencia, y que hoy –todavía emocionadas– reconfirmemos que OHLALÁ! es mucho más que una revista, es una comunidad de mujeres increíbles, y este es el festival femenino del año. Gracias por venir. Nos vemos en 2018.

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