Elogio y crítica de la queja

Leonardo Ferri
Leonardo Ferri PARA LA NACION
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6 de noviembre de 2017  • 00:53

La queja siempre está a mano. Parte de ese ser argentino actual es quejarse un poco por todo, y cuando no es por todo, por algo. Lo que sea. Y no es que falten razones, claro. La Argentina (y el mundo, porqué no) siempre dan motivos: los políticos, la inflación, la inseguridad, el trabajo (cuando hay) y el trabajo (cuando sobra). Todos motivos válidos que dominan nuestra agenda de pensamientos diarios y terminan monopolizando nuestras conversaciones. Las redes sociales no hacen más que potenciar todo ese malestar. La lógica es tan simple como perversa. Es fácil sentarse frente al teclado para hacer catarsis acerca de ese compañero de oficina que no bancamos, o del proveedor de internet que no responde, o del subte que no pasa cada 3 minutos o del aumento de la nafta. Y está bien, hay que seguir haciéndolo.

Hace unos días abrí Twitter y lo único que encontré fueron quejas. Trato de elegir bien a quién seguir, pero aún así el scroll no me devolvió más que reclamos, chicanas y peleas. Los que hablan mal de unos y los que hablan mal de otros. Menciones a sujetos que no merecen ser citados, y que lo único que buscan es molestar y hacer ruido. “Twitter me agota”, escribí, y cerré la ventana. Me quejé de Twitter, hice catarsis.

Recordé un posteo en Facebook del actor Esteban Menis. Me gustaría recordarlo textualmente, pero decía algo así como que quejarse y criticar a los demás insume demasiada energía, y que pocas veces somos conscientes de eso. Él proponía utilizar esa fuerza en crear algo propio, en buscar alternativas a las respuestas negativas y en mirarse un poco más a uno mismo, siempre para mejorar. Era una queja hacia las quejas, pero sin un tono de queja. Lo decía muy bien, y sin sonar como un capo de la autoayuda ni del combustible espiritual. Puro sentido común.

Tomemos como ejemplo las marchas por los derechos de las mujeres. Un sector acusa al otro de pintar paredes y de que así no se cambia nada. El otro grupo se defiende, diciendo que la vida es mucho más importante que las paredes o un patrullero. Al siguiente hecho (porque lamentablemente siempre hay uno siguiente) el segundo grupo -que según este razonamiento sería el bueno- dice con ironía “Pero las paredes están limpias”, en una equiparación que responde a la hecha por el “grupo malo”. ¿Acaso son hechos comparables? No. Entonces, ¿por qué no dejar que las comparaciones las hagan quienes quieren hacerlas?

Renunciar a la queja es un camino complejo, un detox lleno de recaídas. El primero de los obstáculos es tomar real dimensión de qué es lo importante para uno y qué no lo es. El porcentaje de quejas y discusiones se reduce notablemente. Cuando se tiene éxito con esa gimnasia, se producen tres grandes cambios. El primero, la queja válida cobra mayor fuerza: siempre es mejor organizar mejores marchas y encuentros que dedicarse a convencer -sin éxito- a personas que intentan poner a una vida y a una pared en el mismo plano de importancia. El segundo, los pequeños triunfos de la vida cotidiana dejan de ser invisibles. Así, llegar a la parada y que el colectivo llegue rápido, o que el piloto de la estufa encienda fácil (y del horno ídem), o que cambiar un cuerito haga que uno se sienta plomero. El tercero, se tiene más tiempo. Abandonar esa serie que todos dicen que hay que ver y que a uno no le gusta también es un triunfo, porque se supone que el tiempo pasa rápido y es mejor aprovecharlo en otras cosas que quejarse de ellas.

Al menos a mí -un quejoso en recuperación- me funciona.

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