Elena Roger y Escalandrum tocaron en el festival de world music de Oslo y se preparan para el Teatro Colón

Luego de girar por Europa Elena Roger y Escalandrum se presentarán el próximo lunes en el Teatro Colón
Luego de girar por Europa Elena Roger y Escalandrum se presentarán el próximo lunes en el Teatro Colón Crédito: Lars Opstad
El lunes se presentarán en nuestro primer coliseo como parte del ciclo LN Cultura; en diciembre, cierra de la temporada con Snarky Puppy
Humphrey Inzillo
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21 de noviembre de 2017  • 16:27

OSLO. –“Mi abuelo era un luchador. Siempre fue un luchador. Una vez escribió una operita y, para estrenarla, vendió su auto. Pensaba que iba a mostrarla durante seis meses y no duró ni la mitad del tiempo en cartel. Aunque creía a muerte en su música, todo le resultó muy difícil”, dice Daniel Pipi Piazzolla en una especie de monólogo en medio del concierto que su grupo, Escalandrum, ofrece junto a la cantante Elena Roger en el escenario del Sentralen, el imponente centro cultural que funciona como una de las sedes del festival Oslo World. Hay, en el tono de su relato en inglés, cierta evocación al speech que su abuelo Astor ofreció en ocasión del histórico concierto en el Central Park de Nueva York, en 1987. La audiencia, integrada esencialmente por público noruego, pero que también incluye a varios argentinos y latinoamericanos, lo escucha con devoción. Emocionada, la embajadora argentina, Betina Pasquali de Fonseca, encabeza los aplausos.

La alianza estética entre Elena Roger y el sexteto, que completan los maestros Nicolás Guerschberg (piano), Damián Fogiel (saxo tenor), Gustavo Musso (saxo alto y soprano), Martín Pantyrer (clarinete bajo) y Mariano Sívori (contrabajo), tuvo un origen azaroso, pero funciona a la perfección. La interpretación de Roger es teatral, rea y sofisticada a la vez, como si su voz se proyectara del mismo modo que se proyectó su carrera: de los adoquines de Barracas a los escenarios de Broadway y de todo el mundo. Difícil no deshacerse en elogios para Escalandrum: la precisión del sexteto, con una fuerza arrolladora y un preciosismo pocas veces alcanzado en la música argentina, puede explicarse no sólo como la suma de talentos individuales, sino especialmente por los casi 20 años de rodaje compartido. El espectáculo se llama Piazzolla plays Piazzolla, y su reinterpretación de la música de Astor, con una formación que difiere largamente del modo en que fue concebida, empezando por la ausencia de bandoneón, es superlativa.

Antes, sobre el mismo escenario, el uruguayo Luciano Supervielle mostró su Suite para piano y pulso velado, una intimista y sofisticada cruza con aires de tango, música culta y hip-hop. Supervielle, integrante del colectivo Bajofondo, encuentra en este formato una nueva forma de exploración sonora, que se potencia por las visuales creadas por Agustín Ferrando Trenchi, que el propio pianista dispara desde el escenario. Supervielle también recreó algunos temas de Bajofondo y mostró una versión de “La cumparista” en el año que se celebra el centenario de su composición.

La ovación final para los rioplatenses es sólo una de las cientos de postales inolvidables que dejaron los 25 conciertos que, a lo largo de seis días, celebraron en Oslo las vanguardias desde la periferia. Una programación ecléctica que en la apertura tuvo a la legendaria Calypso Rose, que a los 77 años acaba de colaborar con Manu Chao y adquirió en Francia una popularidad inusitada. La cantante, oriunda de Trinidad y Tobago llevó aires caribeños a la fría noche de Oslo, con un repertorio basado en calipsos, pero con un sonido aggiornado, una sección de brasses poderosa y coqueteos con otros géneros, como el reggae.

Música sin etiquetas

“Para muchos artistas, tocar en un festival que incluye la etiqueta World Music en el nombre es problemático. Por eso, después de pensarlo durante varios años, decidimos cambiarle el nombre del festival y que sea solamente Oslo World”, explica la directora Alexandra Archetti, hija del antropólogo argentino Eduardo Archetti, exiliado durante la última dictadura y de la antropóloga noruega Kristi Anne Stølen. “La programación gira alrededor de temáticas. Y este año, el tema ha sido bastante difícil. Cuando querés mostrar la vanguardia, tenés que tomar riesgos. Hay artistas mucho menos conocidos a nivel global. Y ojo, que yo también considero a Oslo como una periferia.”

Rossy de Palma, una chica Almodóvar en Oslo
Rossy de Palma, una chica Almodóvar en Oslo Crédito: Lars Opstad

Archetti es una directora activa. Presenta la mayoría de los conciertos y vive el festival. Lo disfruta. Lo goza. Lo canta. Había que verla, por ejemplo, bailando junto a Rossy de Palma y un grupo de refugiados al ritmo de Love & Revenge. Ocurre que una de las iniciativas del festival consistía en que alguien del público comprara una entrada extra para un refugiado. Y esa noche, en el marco de la alianza con el festival Beirut & Beyond, se produjo el cruce de distintas realidades, de distintos mundos.

En la diversidad de escenarios, en la diversidad de propuestas, está el encanto de Oslo World. La cantante libanesa Yasmine Handam impactó con una performance potente: el periodista de Los Angeles, Betto Arcos, la calificó como “una Patti Smith del medio oriente”. Desde Ecuador, Mina ostentó su electrónica tribal, en un set que puso a bailar a cientos de noruegos con la prepotencia de su energía escénica como motor principal en Blå, un club ubicado en la zona más bohemia de la ciudad. Don Martin, referente del hip-hop noruego, fue el anfitrión del rapero y Performer sudafricano Stogie T, y de otros rimadores locales como Ezzari, Lotus y Jonas Benyoub.

Eternamente catalogada como “chica Almodovar”, la diva española Rossy de Palma llegó a Oslo para presentar Travelling Lady, un mediometraje realizado por la artista multimedia colombiana Jessica Mitrani. El film narra la historia de Nellie Bly, la reportera que a fines del siglo XIX salió a dar la vuelta al mundo apenas con una valija. Luego, acompañada por el guitarrista Hernán Romero y con visuales en vivo de la artista plástica Pi Piquer, mostró su faceta de cantante, con aires de flamenco y boleros, en un plan preformático, con guiños almodovarianos y alguna reminiscencia a Liliana Felipe. Con un carisma imbatible, Rossy improvisó un happenning cuando revoleó las rosas del ramo que le acercó la producción del festival al final del concierto, y terminó de cautivar así a una audiencia que, de movida, estaba rendida a sus pies.

Otro de los puntos más altos de un festival lleno de highlights fue el concierto de Bonga, legendario cantante y compositor angoleño. Su música tiene vínculos estrechos con el merengue y otros ritmos caribeños, pero el repertorio también incluye una versión de “Sodade”, clásico de la isla de Cabo Verde, popularizada en los años 90 por Cesária Evora. Su show en el Cosmopolite, un precioso venue con reminiscencias a Vorterix, reunió a la comunidad africana y latina de la ciudad: de Zimbabwe, de Cabo Verde, de Somalia, de Senegal y de las ciudades colombianas de Bogotá, Caracas y Barranquilla. Es gracias a este tipo de conciertos donde un festival de estas características, en una ciudad que se muestra cada vez más cosmopolita, cobra cada vez más sentido.

En ese contexto de eclectisismo musical, que incluyó shows de la brasilena Céu, el Celtic Roots Ensamble, Stanley Clarke, King Ayishoba e IBaaaku, entre otros artistas llegados desde distintos puntos del planeta, también se realizaron charlas que invitaban a reflexionar sobre el eje del festival, vanguardia y periferia. Desde el periodismo en la era de la posverdad, al concepto del Afrocentrismo, los delegados internacionales aportaron su mirada al debate, dejando espacio a la reflexión. Pero también hubo fiestas, y espacios para la emoción. En ese marco, la performance de los DJs ChrisTofu y Count Bassy en la apertura, remixando hits de la era del swing y músicas de distintas partes del mundo, fue un estímulo para dejarlo todo en la pista de baile. Igual de intensa fue la clausura, con la impronta electro-afro de DJ Nefertiti en una fiesta que no dejo, ni siquiera, lugar a las saudades del final de un festival que tuvo mucho de esos sueños que vale la pena soñar.

Elena Roger y Escalandrum. 3001 Proyecto Piazzolla. El lunes, a las 20.30, en el Teatro Colón, Libertad 621. Entradas desde 150 pesos

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