La universidad debe ser un puente hacia el futuro

Los estudios superiores deben volver a ocupar el rol de vanguardia que fue motor de desarrollo para los ciudadanos y para el país

16 de noviembre de 2017  

Las puertas de las universidades están llenas de jóvenes con miedo al futuro. Recibirse de médicos, de abogados, de psicólogos o de contadores ya no les asegura nada; ni siquiera les provee una perspectiva esperanzadora. Muchos títulos universitarios están más cerca de convertirse en un pasaporte a la frustración que en una plataforma de crecimiento y realización personal.

Ese título que hasta hace 30 años abría puertas y dibujaba un horizonte hoy se ha devaluado al extremo de generar angustia e incertidumbre en lugar de ilusiones y expectativas. Miles de jóvenes descubren, al recibirse, que el ejercicio de las profesiones liberales está cada vez más degradado. Tanto en la abogacía y en la medicina como en otras carreras tradicionales se asiste a una suerte de proletariado profesional que oscurece el presente y el futuro laboral de los egresados universitarios.

Las universidades, que antes eran el gran motor de la "movilidad social ascendente" y aseguraban a sus graduados una base sólida para el desarrollo profesional, hoy parecen -al menos en algunas áreas- expendedoras de pasajes hacia un futuro incierto. Entre ellas y la realidad se ha abierto una grieta de la que la propia universidad no se hace cargo.

Entre 2014 y 2015 (según datos oficiales procesados por LN Data), se inscribieron en las universidades públicas y privadas de todo el país 904.000 estudiantes. Más de 90.000 lo hicieron para estudiar abogacía; sólo 13.000, para ingeniería industrial. Más de 41.000 se anotaron en Psicología; sólo 2990, en Bioingeniería. En Medicina se inscribieron 33.267; en Ingeniería Agropecuaria, sólo 2565.

Estas cifras contrastan con las necesidades y las oportunidades de la Argentina. Somos el primer productor de alimentos por persona del mundo y el que tiene mayor número de empresas de biotecnología en América latina. Ocupamos el tercer lugar en el ranking global de cultivos genéticamente modificados y el primero en exportaciones de biodiésel. El país produce y exporta reactores nucleares. Y la industria argentina del software ha crecido hasta convertirse en una de las principales proveedoras a escala global. Pero ¿responden las universidades a las demandas y las oportunidades de estos núcleos de desarrollo?

Una respuesta está en los números: las empresas del sector tecnológico demandan unos 10.000 ingenieros cada año. Y entre las universidades públicas y las privadas suman, con suerte, 5000 egresados por año. Pero la otra respuesta está en los miles de abogados, de contadores, de arquitectos y de psicólogos que no encuentran oportunidades y que tironean por las migajas de mercados laborales cada vez más degradados.

El futuro hoy está en otro lado: en algunos nichos con alto potencial (como el de la industria tecnológica) y en empleos que todavía no conocemos porque ni siquiera han sido inventados. Pero las universidades siguen aferradas a esquemas y estructuras del siglo pasado. Varias de las nuevas casas de estudios -creadas entre 2003 y 2015 con propósitos discutibles- ni siquiera tienen oferta de ingenierías.

Hasta los años 70, el título de una carrera tradicional representaba una plataforma de superación y crecimiento. Ahora, montar un estudio de abogados, contadores o arquitectos es embarcarse en una aventura incierta y con pronóstico reservado. La carrera profesional en el sector público también se ha deteriorado en los últimos treinta años: la meritocracia casi ha desaparecido; se eliminaron los concursos y rigió, durante décadas, el código del "acomodo".

En este paisaje se ha extendido la pauperización profesional, que deriva en frustración y desviaciones. La economía informal, la "industria del juicio", la superpoblación de áreas del Estado, el debilitamiento del sistema de salud son apenas algunas de las patologías argentinas que tienen, directa o indirectamente, relación con este fenómeno.

Muchos profesionales "precarizados" se desesperan por un cargo en la administración pública para paliar sus necesidades. La angustia por la supervivencia les resta chances de afirmarse en la excelencia profesional, mientras en el Estado cumplen apenas un compromiso part time, sin estímulos ni expectativas. Se arma así un "combo" de frustración y mediocridad que alimenta el círculo vicioso. Las deformaciones éticas jamás están justificadas, pero muchas tienen que ver con este proceso de degradación: médicos que facturan en negro porque el sistema de obras sociales está colapsado; otros profesionales que caen en la misma inconducta porque la presión impositiva se devora los honorarios; abogados que "inventan" nichos de litigiosidad porque la "torta" ya no alcanza para todos...

Si antes el objetivo de un graduado universitario era crecer, a través de un esfuerzo que prometía buenos resultados, hoy la meta parecería ser otra: "salvarse". Inciden -seguramente- múltiples y complejos factores. Esta es una época de inestabilidades e incertidumbres en todos los ámbitos. Se han evaporado las certezas y las garantías que estructuraban los proyectos y expectativas de las generaciones anteriores. En el ámbito laboral y profesional ocurre algo que también atraviesa a las familias, a las instituciones y al propio entramado de vínculos sociales: todo parece volátil, provisorio, incierto. Es un tiempo en el que cuesta proyectar a largo plazo, en el que ya no existen "las cosas para toda la vida" (ni los trabajos, ni los matrimonios, ni los contratos sociales). Todo se transforma y "envejece" a mayor velocidad.

La de hoy es una generación más flexible, más dispuesta al cambio, quizá más creativa, menos dogmática y prejuiciosa. Es una generación que ha ganado libertades, pero ha perdido certezas. El reto es construir, para ellos, nuevas plataformas de formación y proyección laboral. Ya no alcanzan los títulos universitarios que les abrieron las puertas de su propio desarrollo a los padres y los abuelos de los jóvenes de hoy.

Por eso es fundamental que las universidades vuelvan a ocupar el rol de vanguardia que nunca deberían haber resignado. Es necesario que empiecen a hablar otro lenguaje, que generen nuevas alternativas, que promuevan y estimulen una mirada innovadora sobre la formación de grado. No se puede seguir con antiguos planes de estudios apenas maquillados ni conformarse con entregar títulos devaluados. La universidad debe hacerse cargo de la grieta que la separa de la realidad y asumir el liderazgo en la construcción de opciones que conjuguen con las demandas del futuro. Debe desarmar mitos, promover nuevas ideas y estimular enfoques creativos entre los jóvenes que ingresan a sus aulas. Y no se debe desentender del destino de sus egresados.

El desafío es captar estudiantes de ingeniería genética, de robótica industrial, de diseño de software o de animación digital. Hay que seducir a una generación que nació en la era tecnológica, pero que todavía cree que "lo más seguro" es un título de abogado, de médico o de contador. Hay que prepararse para lo que viene, que no está del todo claro pero que no tendrá mucho que ver con lo que conocemos hasta ahora. La universidad tiene un rol fundamental. Pero el puente entre el pasado y el futuro debemos construirlo entre todos, sin aferrarnos a viejas certezas que ya no conducen a ninguna parte. Tenemos que crear nuevas oportunidades, para que un título bajo el brazo vuelva a ser lo que supo ser: un motivo de orgullo y de esperanza.

Abogado, periodista. Director de la carrera de Periodismo de la Universidad Católica de La Plata

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