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Ruido blanco: un mash up tan delirante como prometedor

Natalia Laube
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17 de noviembre de 2017  

Ruido blanco / Texto y dirección: Franco Calluso / Intérpretes: Eugenio Schcolnicov, Rosalba Menna / Música: Franco Calluso, Manuel Embalse, Rosalba Menna, Eugenio Schcolnicov / Asistencia de dirección: Malén Warnke / Sala: Teatro Beckett, Guardia Vieja 3556 / Funciones: Viernes, a las 21 / Nuestra opinión: bueno

Cada tanto (una vez por temporada, digamos) surge algún nombre nuevo en el campo teatral que se instala en boca de un gran número de habitués y se vuelve una suerte de gestor del aire fresco en la escena. Sin dudas, este año ese nombre fue el de Franco Calluso. Ganador, a principios de 2017, del premio nacional de dramaturgia por su texto Nou fiuter y artista seleccionado en la Bienal Arte Joven para trabajar en el montaje de Ruido blanco, bajo la tutoría de Rubén Szuchmacher, Calluso llegó a la dramaturgia y la dirección a través de otro métier: la composición musical para obras de teatro. Este origen vocacional está presente en toda su puesta, que por estos días puede verse en la sala Beckett. No sólo porque Ruido blanco contenga, en efecto, temas musicales o porque cuente la historia de un músico, sino porque, incluso sin hacer de las melodías un elemento omnipresente, toda la obra es muy musical, en el sentido de que parece estar construida y guiada por los sonidos. ¿Qué acordes emana un paisaje níveo, monótono, frío durante todo el año? ¿Cómo suena la Antártida?

La obra cuenta la pequeña gran historia de un músico argentino que llega al mítico continente blanco gracias a una beca y encuentra el antídoto a su falta de inspiración en el canto de una foca que difiere de todas las demás. Por eso, la metáfora del aire fresco enunciada al comienzo de esta reseña no es cien por ciento arbitraria: la sensación de frío y blanco sempiterno que logra imponer, ese efecto que instala en los espectadores, es el segundo gran éxito de este trabajo. El primero son los actores. En sus respectivos papeles, Rosalba Menna (que interpreta tres papeles: la foca, la coordinadora de la beca y un científico ruso) y Eugenio Schcolnicov (el becario) logran personajes entrañables e inolvidables sin pasarse nunca de listos o graciosos. Con su artista-antihéroe y su foca descarriada, intensa, casi humana, Schcolnicov y Menna hacen reír y conmueven de una manera natural, casi a pesar de sí mismos. Con reminiscencias al mito de Orfeo y las sirenas y el lenguaje del animé que consumió en su adolescencia (imposible no pensar en Adventure Time), Ruido blanco es el mash up delirante de un director que abreva de sus gustos personales para crear un lenguaje propio, fascinante, que promete y dan ganas de seguir conociendo.

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