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La liberación de Kesha: habla de su disco ‘Rainbow’ y los trastornos de alimentación

Kesha en Topanga, California, en agosto
Kesha en Topanga, California, en agosto Crédito: Peggy Sirota
Antes de poder hacer uno de los mejores discos del año, tuvo que salvar su propia vida
Brian Hiatt
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23 de noviembre de 2017  • 10:58

Podemos empezar otra vez?” la mujer alta con la remera vintage de los Stones no está conforme con su grito. Está parada en una cabina de grabación de voces, y transpira un poco. “Cuando canto muy agudo”, dice, “me da mucho calor. Y no de manera sexy”. Reaparece el riff majestuoso de la joya de T. Rex de 1972, “Children of the Revolution”, y esta vez Kesha lo festeja con un grito salvaje. Mucho mejor. Continúa.

“You can bump and grind”, grita, en el límite de su rango vocal, con su vibrato agitándose, “if it’s good for your mind”. Mientras canta, sus manos tejen tapices en el aire. Cada una de sus uñas largas y pintadas tiene dibujado un pequeño arcoíris perfecto; tiene pulseras de color turquesa en ambas muñecas. En la sala de control, el productor Hal Willner, un hombre falstaffiano canoso de 61 años, marca el ritmo asintiendo. El tema está destinado a un disco tributo de varios artistas que está armando para el fallecido líder de T. Rex, Marc Bolan, uno de los muchos héroes de rock viejo de Kesha (ella lo llama su “gemelo de brillantina”, y menciona Electric Warrior, de T. Rex, en “Wherever You Are”, un tema de Warrior, su disco de 2012).

La sesión de esta tarde tiene lugar en los estudios Village de Los Angeles, un lujoso complejo de la vieja escuela donde se engendraron discos como Aja, Tusk o Doggystyle. Kesha ahora está aullando su sexta toma de la noche, después de sacarse la chaqueta de su brillante traje a medida, que combinó con botas de cowboy. Suena genial y se ve muy bien. ¿Pero quién es esta persona? Claramente, la vieja Ke$ha -aquella de las voces manipuladas digitalmente, el rapeo desenfadado, la higiene dental asistida con buches de whisky en la fiesta en la casa de un tipo rico- ya no va a poder atendernos. A los 30 años, mientras se recupera de un trastorno alimentario que casi la mata, y de una batalla legal desagradable y todavía no resuelta con su antiguo productor, Kesha Rose Sebert quiere que conozcamos a su verdadero yo, finalmente.

Un amigo de Nashville que la guía con “yoga, cánticos y cosas así”, recomendándole mantras -“mierdas hippies”- le dijo que “todos queremos ser vistos”, un consejo sabio que resonó en ella. “Me siento como yo misma”, dice Kesha, “por primera vez en la vida. Y pude hacer un disco del cual estoy extremadamente orgullosa, desde el fondo de mis tripas. Excavé las letras más descarnadas, que fueron muy difíciles para mí. ¡Y a la gente igualmente le gustó! Es hermoso, y es muy sanador. Siento que me están viendo como soy en verdad, y la gente está OK con eso”.

La excavación de tripas dio como resultado el ecléctico Rainbow, su largamente esperado y postergado tercer disco, que resultó ser uno de los mejores de este año: crudo, emocionalmente complejo, una sorpresa absoluta. Si los viejos hits de Kesha, más allá de la diversión, tenían un aspecto robótico, esta música salvaje podría leerse como una rebelión de los androides de Westworld. Se apoya fuertemente en el rock & roll, especialmente en dos temas alegres que grabó con Eagles of Death Metal, a quienes conoce desde que era una superfan adolescente, colándose en sus shows y haciéndose amiga de la banda a los 14 años. “Yo pensé: ‘¿Vos querés que nosotros aparezcamos en el disco?’”, dice el líder de esa banda, Jesse Hughes, “‘¿cuando hay tanta gente haciendo fila?’.” Hughes señala que terminó siendo uno de los ingenieros de sonido en la grabación, porque uno de los productores de Kesha estaba tan metido en el pop moderno que “no estaba seguro de cómo poner los micrófonos para grabar en vivo”.

También hay country, la cantidad apropiada para una artista que pasó parte de su infancia en Nashville, practicando canto tirolés en el patio de su casa. Hace un dueto con Dolly Parton en “Old Flames (Can’t Hold a Candle to You)”, una vieja canción cocompuesta por la mamá de Kesha y colaboradora frecuente, Pebe Sebert, y que en 1980 fue un éxito de country para Parton. En “Hunt You Down”, Kesha persigue una inesperada onda de rockabilly estilo Sun Studio, con ayuda de Rick Nowels, el colaborador de Lana Del Rey. “Lo que hicimos”, dice él, “fue muy, muy natural para ella”.

Rainbow debutó en el puesto Número Uno en agosto, nada mal para un disco que Kesha dice que no estaba segura de si algún día vería la luz. “Pasé por un montón de cosas”, dice, “y muchas de las que no podemos ni mencionar”. Decidió no decir ni una palabra sobre su batalla con su antiguo productor, Dr. Luke, ni siquiera pronunciar su nombre en el tiempo que pasamos juntos. Ella lo demandó en 2014, acusándolo de “años de abusos incesantes”, y alegando que él la había violado; acusaciones que Luke, nacido con el nombre Lukasz Gottwald, niega rotundamente (“No violé a Kesha, y nunca tuve sexo con ella”, twitteó él) y que contraatacó con demandas por calumnias e incumplimiento de contrato. El sostiene que Kesha inventó las denuncias para tratar de salirse de sus lazos legales con él.

En rehab, Kesha tocaba un teclado sin cable "porque no podés tener nada que pueda usarse para un suicidio".

El conflicto parece no tener un final a la vista, pero Kesha al menos sacó su disco, a través de Kemosabe, el sello propiedad de Sony que Dr. Luke fundó pero que ya no dirige, luego de que su contrato con Sony hubiera vencido este año. (Los representantes de Dr. Luke argumentan que no había nada que le impidiera a ella sacar el disco. Su abogada, Christine Lepera, dijo que “ella se exilió sola”. Representantes de Kesha dijeron que la opción de grabar sin Dr. Luke no había sido ofrecida hasta después de su demanda, y que Luke la está demandando por una cláusula en su contrato que requiere que él produzca al menos seis canciones de los discos de ella.) Ahora, Kesha parece ansiosa por superar todo esto y dejar el episodio atrás. “Podría pelear para siempre”, canta en el nuevo disco, “pero la vida es demasiado corta”. Y hay, según parece, mucho de qué hablar.

(Hughes es menos discreto sobre el tema. “Cuando ella estaba atravesando esos problemas”, dice, sin que se le pregunte, “nosotros éramos como sus hermanos mayores. Yo pensaba: ‘¿A quién cago a trompadas? ¿Querés que vaya a su casa ahora? ¿Querés que le rompa la cabeza hasta que cancele el contrato? Lo hago’. Así de intensamente me sentía acerca del tema. No es ninguna mentira, man”.)

Kesha entra en la sala de control y escucha cómo su voz se desliza sobre la pista grabada por The Imposters, el grupo de Elvis Costello, con Wayne Kramer, de MC5, en la guitarra. La otra noche, anticipando esta colaboración, Kesha estuvo “escuchando discos de MC5 y llorando”, dice. “‘Kick Out the Jams’ es una de las mejores canciones. La primera vez que escuché esa canción fue como meterme en la madriguera del conejo, con MC5 y después Iggy Pop. Fue básicamente el inicio de mi vida. ¡Tenía 10 años!” Sería tonto subestimar el conocimiento musical de Kesha, que en su adolescencia se extendía hasta cosas tan desconocidas como Safe as Milk, de Captain Beefheart: “Yo pensaba que ella iba a intentar ser la nueva PJ Harvey, o algo así”, dice Hughes. Pero en su lugar, firmó el contrato con Dr. Luke a los 18 años, tirándose de cabeza a la pileta de la gran maquinaria pop americana de la última década.

Mientras suena su versión de “Children of the Revolution”, Kesha frunce su nariz, pecosa y con un anillo dorado de adorno, en un gesto de sospecha. ¿No suena demasiado bien? “¿Le pusiste algo?”, indaga, preguntándose qué trucos de estudio puede haber en juego en la toma. Un poco de reverb, le dicen. “Suena como si estuvieras tocando en vivo con esa banda”, dice Willner, desplegando unos modales amables pulidos durante décadas de lidiar con rockstars.

“Así es como quiero que suene”, dice. Levanta un dedo en señal de amonestación, con los ojos entrecerrados: “¡No se te ocurra tocar ni un botón de Auto-Tune!”.

“No sabríamos cómo usarlo”, responde Willner. Ella se ríe con alivio. Una hora después, escucha una versión casi terminada de la canción, compuesta con varias tomas. “Suena jodidamente bien”, dice, mientras hace un exultante vaivén de pelvis, dedicado a nadie en particular, o al menos a nadie en el estudio. ¿Qué fue eso?, le pregunta alguien, en medio de las risas. “Mirá, no es para nada un movimiento para que alguien me chupe la pija”, dice de manera poco convincente, y se ríe.

Sus primeros dos discos, especialmente el debut, están repletos de voces manipuladas digitalmente, una decisión estilística que fácilmente podía confundirse con un intento de ocultar falencias. Una letra de un tema que no quedó en Rainbow, llamado “Emotional”, y que fue lanzado como un bonus track en Japón, sugiere cuán profundo cala este asunto: “Cuando dicen que no sé cantar/simplemente me quiero morir”. Pero no sólo dejó atrás el Auto-Tune. También dejó atrás la idea de “perfección”, toda su pesadilla lustrosa, retocada, raquítica e imposible. Lo “perfecto” la enfermaba, bastante literalmente. “No sé cómo lidiar con esa palabra”, dice. “‘Perfecto’ es una palabra difícil. Porque es como: ‘¿Qué mierda es perfecto? ¿Y quién decide eso?’. O sea, pueden metérsela bien en el culo.” En vez de perfecta, ella quiere ser humana, vulnerable, dejar que su vida desafine cada tanto, para que “quizás algun adolescente que esté escuchando” -en una sociedad que ofrece una app para ajustar el rostro llamada Facetune- “diga: ‘Oh, está bien ser simplemente una persona’”.

***

Kesha esta llorando. No está desconsolada ni nada, pero sus ojos azules ya de por sí centelleantes están brillando con lágrimas. Ha interrumpido su sesión de grabación y descansa en una sala cubierta de madera oscura que evoca el pasado del estudio como templo masónico, y que también se parece al sótano bizarro de la película de terror Huye. Kesha se emocionó pensando en sus fans, en lo “inquebrantables” que fueron a lo largo de sus altibajos. No lo menciona, pero algunos de ellos llegaron a hacer protestas públicas para tratar de que ella pudiera salirse de su contrato discográfico: "Lliberen a Kesha", decían carteles y hashtags. “No sé lo que hice”, dice, con la voz entrecortada, “para merecer gente tan maravillosa en mi vida”.

En una corte de Nueva York en febrero, Kesha rompió en llanto mientras un juez leía una sentencia en contra de su pedido de un requerimiento rápido que le permitiera grabar para otro sello. (El mismo juez luego desestimó el resto del caso, en una decisión que Kesha apelará, incluso si continúa la demanda por calumnias de Dr. Luke, sin juicio a la vista.) Cuando las fotos de ese momento y el rumor del juicio se difundieron, su causa se volvió un fenómeno internacional, y muchas de las mujeres más famosas de la música (y algunos hombres también) expresaron solidaridad: Adele lo hizo sobre el escenario en los Brit Awards, y Taylor Swift llegó al punto de donar 250.000 dólares para los gastos de Kesha. Swift, dice Kesha, es “un jodido encanto. Muy, muy dulce, muy, muy genuina, extremadamente generosa, me atiende el teléfono cada vez que la llamo. ¡Ni siquiera mi mamá me atiende siempre!”. Y, en cuanto a las últimas controversias de Swift: “No estoy muy actualizada con la cultura pop. ¿Debería saber algo? Yo vivo en mi reproductor de vinilos”.

Unos minutos después, Kesha vuelve a llorar, esta vez cuando piensa que va a salir en la tapa de Rolling Stone en Estados Unidos. “Es mi sueño desde que era chica”, dice al día siguiente. “Yo tenía tapas de Rolling Stone en las paredes de mi habitación en la casa de mi mamá. Son lágrimas de agradecimiento. No son lágrimas tristes.”

Sin dudas, ha estado muy emocional últimamente. En carne viva, en realidad. “No tengo nada que esconder”, dice. “Ni lo hermoso, lo bueno, lo malo, lo feo, nada.” Recuperarse de un trastorno alimentario, explica, genera la misma hipersensibilidad tambaleante que viven quienes atraviesan un tratamiento para recuperarse de sus adicciones. Uno de los co-compositores de Rainbow, Ricky Reed, recuerda cómo ella estallaba en lágrimas durante las sesiones y necesitaba, al principio, de mucho aliento. “Me encantan tus ideas”, terminaba diciéndole él a ella. “Sos una buena compositora. Cualquiera que te haya dicho otra cosa está equivocado.”

Parte del disco ofrece una ventana directa hacia sus sentimientos durante una internación de tres meses en un lugar llamado Timberline Knolls, en las afueras de Chicago. Allí compuso algunas canciones, después de convencer a la administración para que la dejaran tener un teclado a batería. No le dejaban usar uno con cable “porque no podés tener nada que se pueda usar para un suicidio. Y yo pensaba: ‘Yo respeto todo eso, pero por favor déjenme tener un teclado porque me va a explotar el cerebro. Tengo un montón de canciones en la cabeza, y necesito tocar un instrumento’”. Además, necesitaba auriculares para el teclado, así que lo usaba de una hora por vez, bajo una supervisión estricta. Pero las canciones aparecieron.

Rainbow abre con “Bastards”, un tema que sintetiza todo lo que se alejó Kesha de sus raíces electrónicas. Durante la primera mitad, lo único que escuchamos es la maravillosa voz de Kesha sin ningún adorno, y una guitarra acústica: “Tengo mucha gente a la que todavía debo demostrarle que está equivocada”, empieza. “Todos esos hijos de puta fueron malos demasiado tiempo.” La canción le apareció una vez cuando estaba atascada en el tráfico; cantó la mayoría en su teléfono, y tan pronto como llegó a su casa fue corriendo a buscar la guitarra. “Resume cómo me siento acerca de la gente cruel”, dice. “Creo que ser buena persona no está sobrevalorado.”

Desde la escuela primaria, donde los chicos más populares la molestaban, sentía que no encontraba su lugar. Era una chica artística, de una familia poco convencional. Sabía que quería ser cantante desde los dos años, y su mamá trataba su inminente carrera discográfica como un hecho establecido, diciendo cosas como: “Cuando vayas a sacar tu primer disco...”. Componían canciones juntas, “incluso si estábamos peleadas porque yo no limpiaba mi cuarto”, dice Kesha. “Y de repente, dejábamos la mierda atrás, y nos metíamos en un cuarto con un piano y una guitarra y componíamos la música más sinceramente hermosa. Cuando componés con tu mamá, no podés ser muy líder.”

Kesha hacía su propia ropa y armaba videos musicales desde que tenía nueve años. Pero, una vez más, nada de eso iba demasiado bien en la escuela. “Me negaba a conformar”, recuerda Kesha, “y ellos se negaban a ser amables”. En una ocasión, unos chicos le hicieron una broma elaborada que terminó con sus manos atadas a una mesa de la cafetería hasta que una empleada de los almuerzos tuvo que liberarla. Empezó a comer el almuerzo en el baño. Después se escapaba para almorzar con un novio que trabajaba en una tienda de guitarras. Años después, sentada en entregas de premios “junto a Rihanna y Katy Perry y todo eso”, esos sentimientos regresaban: “Me sentía como una marginal, la misma persona que en la mesa del almuerzo”. Rainbow termina con “Spaceship”, en el que se imagina un regreso a un planeta donde finalmente se sienta en casa.

Durante muchos años, Kesha sintió que tenía que “ser de determinado tamaño”, y tomó medidas cada vez más extremas para lograrlo. Dice que “cierta gente” en su entorno la hacía sentir vergüenza por querer comer. (En documentos del juicio, acusó a Dr. Luke de decirle que era “una maldita heladera gorda”. El niega haberla presionado para que bajara de peso.) “Realmente creía que estaba en la obligación de no comer nada”, recuerda. En cuanto a este tema, no muestra ninguna duda, no se pone sensible, ni cuando habla de los aspectos más oscuros. Quiere que la gente conozca esta historia, quiere ser un ejemplo de cómo conseguir ayuda y ponerse bien. “Y entonces cuando quería comer, sentía vergüenza, y me hacía vomitar porque pensaba: ‘Dios mío, no puedo creer que hice esa cosa horrible. Siento tanta vergüenza porque no merezco comer.” Lo cual, en cierto sentido, significa que decidió que no merecía vivir. Asiente. “Estaba matándome de hambre lentamente, muy lentamente. Y cuanto peor me ponía, cuanto más enferma me ponía, más gente me decía que me veía bien. Eran como: ‘Oh, Dios mío, ¡seguí haciendo lo que sea que estés haciendo! Te ves muy bien, fantástica”.

Recuerda que todo llegó a un límite en una cena con amigos y familia. Se sentó, fingiendo que comía, tratando de ver cómo podía esconder su comida. “Y yo pensaba: ‘Oh, Dios mío, ¿y qué pasa si salen y ven que tiré la comida en una maceta? ¿O si la ven en la basura?’. Y yo tenía una ansiedad cada vez más grande. Y después finalmente fue como: ‘A la mierda con esto. A la mierda con esto. ¡Tengo hambre!’. Y estaba tan ansiosa que sentía como que iba a explotar, por todos los secretos que tenía guardados. Todas las veces que fingía comer o las otras veces en las que vomitaba lo que comía, y trataba de que nadie se diera cuenta. Y yo estaba harta de esa mierda. Y me acuerdo de estar temblando porque estaba tan cansada, tan ansiosa, y estaba enojada de haberme permitido llegar a ese punto.”

Poco tiempo después, estacionó el auto en una estación de servicio y le pidió a su mamá que la encontrara ahí. Necesitaba ayuda. “Ya no sabía cómo comer”, dice. “En ese momento, me había olvidado de cómo hacerlo.” La mamá viajó en avión con ella hacia un centro de rehabilitación, donde un nutricionista le enseñó a Kesha cómo mantenerse con vida. “Me acuerdo de llorar por los carbohidratos”, dice, “pensar: ‘No puedo comerlo. Me va a poner gorda, y si soy gorda, no puedo ser cantante porque las estrellas de pop no pueden comer comida. No pueden ser gordas’”.

Pero incluso cuando empezó a recuperar su salud, se sentía “como una perdedora”. Al menos hasta que un amigo de la industria de la música, uno al que no va a nombrar, la llamó el día después de ganar varios Grammy. “El me dijo: ‘Felicitaciones a vos’”, dice ella. “Y yo le dije: ‘¿Por qué?’. Y él me dijo: ‘¿A quién le importan mis Grammy? Vos acabás de salvarte la vida’. Y eso me voló la cabeza, porque me hizo ver las cosas de una manera totalmente diferente.” Se dio cuenta: “Oh, un momento. Es cierto que recuperé mi vida, y elegí la vida por sobre una muerte lenta, dolorosa, vergonzante y autoimpuesta. Y necesito parar de ser tan jodidamente mala conmigo misma.”

¿Y qué más aprendió en la rehabilitación? Se ríe. “Escuchen el disco Rainbow”, dice.

***

En el escenario, 2009. "No cambiaría las listas de los Peor Vestidos ni la cresta. No cambiaría nada de esa mierda", dice Kesha acerca de su etapa más salvaje.
En el escenario, 2009. "No cambiaría las listas de los Peor Vestidos ni la cresta. No cambiaría nada de esa mierda", dice Kesha acerca de su etapa más salvaje. Crédito: Equinox-Rex/Shutterstock

Kesha protege de manera conmovedora a Ke$ha, su antiguo yo. Es casi como si fuera su propia hermana mayor. Uno podría esperar que renegara de parte de su vieja música, que la rechazara como parte de una fase juvenil o que culpe a Dr. Luke o a la industria por haber creado una imagen falsa; especialmente considerando que su demanda decía que Dr. Luke “controlaba por completo el contenido” de sus discos y que la “forzaba” a grabar “letras y canciones que ella no quería incluir”. (El niega todo esto.) Pero en vez de eso, ella sostiene que “Tik Tok” y otros de sus éxitos simplemente reflejaban a su yo más joven y salvaje. Seguramente, ella adoraba a Bob Dylan y Alice Cooper, pero también le encantaban las rimas juveniles de los primeros Beastie Boys, y fue ese costado el que emergió primero. Por no mencionar temas como el himno de orgullo LGBTQ “We R Who We R”, que tiene tanto significado para sus fans como “Born This Way” para los de Lady Gaga.

“Cuando lo hacía, me encantaba lo que estaba haciendo”, dice. “¡Era tan jodidamente divertido! No cambiaría todas las listas de los Peor Vestidos, no cambiaría mi viejo peinado de cresta, no cambiaría nada de esa mierda. Estoy orgullosa de haber sido esa muchacha atrevida que estaba lista para agarrar a la vida de las bolas.”

Kesha es inteligente, dice Hughes, al seguir conectada con su trabajo más viejo. “Si renunciás a una parte de vos mismo”, dice, “te estás echando a perder todo entero”.

A pesar de los rumores acerca de la supuesta verdadera naturaleza de su rehabilitación, insiste en que nunca tuvo problemas con la bebida ni las drogas, y que puede estar más segura de eso que la mayoría de la gente, porque su programa de tratamiento examinaba cada aspecto de su vida de cerca. “Revisé todo”, dice. “Yo solía tomar más, y ahora no. Y está bien. La verdad es que el alcohol no me gusta tanto.”

Kesha fue “siempre feminista”, dice, y veía cierto valor en objetivar a tipos de manera lúdica (“Date vuelta, muchacho/¡Dejame pegarte ahí!”) en sus letras. “Yo pensaba: ‘Voy a hablar así de los hombres y empatar un poco este juego’. Y sigo pensando que es algo jodidamente cool para una chica de esa edad. Y admiro muchas de las cosas que hice. Porque realmente por momentos no me importaba una mierda nada, y eso era muy cool.” Pero eso también podría transformarse en una pose. “Había momentos en los que tenía mucho dolor emocional”, dice, cambiando el tono. “Estaba lastimada en mis sentimientos y yo fingía que nada me importaba un carajo. Y es una fachada. Ponete brillantina, salí y actuá como si estuvieras feliz.” Cambiando de vuelta: “Y la mayor parte del tiempo, la verdad es que yo sí estaba realmente feliz”.

Pero también estaba, según su demanda judicial: “rota, lastimada y traumatizada”, y “vivía con constante miedo” de Dr. Luke. (Otra vez, él niega esto.) Según cuenta ella ahora, todo pasaba demasiado rápido como para poder procesarlo. Compuso y grabó todo su disco de 2010, Cannibal, en un mes, por ejemplo. “Sentía como si me dijera: ‘Mantené la cabeza por encima del agua y seguí nadando’”, dice, antes de cambiar de metáfora: “Era como si estuviera todo el tiempo sobre una cinta para correr, y yo corría a toda velocidad”.

***

La tarde después de su sesión en el estudio, Kesha tiene una cita para hacerse un tatuaje. Ya tiene más de 30, incluyendo una cabeza de tigre gigante en la mano izquierda. Se hizo el primero, un ancla en la muñeca, con un tipo que conoció en la calle durante un viaje a Cuba a fines de su adolescencia. El tipo trató de venderle un sofá, pero cuando ella le dijo que quería un tatuaje, la llevó arriba y le hizo uno. Hirvió una aguja mientras cargaba a un bebé en un brazo. Así empezó su costumbre de acumular una serie de “cicatrices electivas”.

Su tatuador preferido actual es uno más profesional que el improvisado de Cuba: un tal Derrick Snodgrass, un tipo buenmozo, de barba gruesa, vestido completamente de ropa de motoquero, un artista aclamado que trabaja en una tienda exclusiva oculta en la parte trasera de un comercio del centro de Los Angeles. “Estás haciendo que me vea cada vez más escalofriante, a medida que avanza mi vida”, le dice Kesha, cuando se sienta en una silla plegable roja para que le haga un dibujo preliminar en los dedos. “Me encanta.”

Hoy, se va a hacer un tatuaje de ocho partes a lo largo de los dedos. Tenía dos ideas: o “Stay free” o “Live free”. Snodgrass insistió en esta última. “La otra”, dice, “suena como un comercial de tampones”.

“Live free” funciona bien para ella. “Creo”, dice, “que captura el tono de mi vida bastante bien… Este mensaje nunca va a ser no positivo para mí”. Tiene una camisa larga estilo Western y una minifalda y botas altas hasta las rodillas. Se acuesta boca abajo para parte del tatuaje, que le duele mucho, aunque no tanto como los que tiene en las palmas de la mano: el planeta Saturno en la izquierda, un ojo en la derecha. “Es como que te disparen una y otra vez”, murmura. “Aaaah, a la mierda con mi vida... ¡a mi dedo no le gusta esto!”

Pero después ya está. Y de paso aprovecha y hace que Snodgrass le arregle una carita feliz que se había tatuado sola en su casa.

"Sentía como que iba a explotar todos los secretos que tenía adentro, dice acerca de su trastorno alimentario.

El novio de Kesha, un rockero de rostro dulce llamado Brad, está celoso de su libertad para hacerse tatuajes en la mano. En cierta medida, le gustaría que pare. Viven juntos cerca del canal en Venice, en una casa llena de instrumentos musicales y los tres gatos de Kesha: Charlie, Mr. Peeps y Queso.

Su estilista le presentó a Brad hace un par de años, y Kesha sospechaba al principio, porque no tenía barba. El vello facial siempre había sido obligatorio para ella. “Después me besó, y fue el beso más lindo que hubiera recibido”, recuerda. “Yo pensé: ‘Wow, sos un alma muy pura. Dios mío’. Y desde ese momento supe: ‘Tengo que quedarme con vos’.” Mientras estaba en rehabilitación, él se tomaba un avión todos los fines de semana para verla. Se sentaban y pintaban durante un par de horas. Ese era su cortejo.

No está segura de cuánto tiempo planea quedarse en Venice, por más feliz que esté ahí. “No sé si alguna vez voy a quedarme en un lugar más de un par de años por vez”, dice. “Quiero vivir en una isla en el Caribe, o en un barco en algún momento, ése es un objetivo que tengo. Pero no tengo idea de cómo se van a sentir mis gatos con eso.”

Después del tatuaje, paseamos por las calles gentrificadas del Downtown. Cuando un restaurante de comida recién salida de la granja no nos deja sentar porque todavía no son las 5:30 exactamente, caminamos hacia un lugar que supuestamente provee los huevos del restaurante.

Kesha siente algo muy profundo por los animales. “Cuando interactúo con ellos, hay como un intercambio de energía”, dice. Tiene ganas de intercambiar algo de energía con las cuatro gallinas. “Quiero acariciar una”, dice, “pero tengo miedo de infectarme la mano”. En su lugar, agarra un pedazo de lechuga y trata de alimentarlas a través de la reja. Las gallinas, hasta entonces calladas, empiezan a cacarear entre ellas, como si desconfiaran de la visita. Están reaccionando más o menos como Jerry Seinfeld en una alfombra roja este año cuando Kesha intentó abrazarlo y él la reachazó. Ella me traduce el comentario de las aves del corral: “‘¿Podemos confiar en esta señora?’”.

Intentar hacerse amiga de una pandilla de gallinas hipsters es una cosa, pero a Kesha le gusta nadar con tiburones de verdad. “Soy como una gran embajadora de los tiburones”, dice. “Siento que tienen mala reputación. Y son tan inteligentes.” Pero, ¿acaso no comen gente? “Depende del tiburón”, dice. “Y depende de a dónde vayas a nadar, y depende de tu energía, de cómo te comportás con el animal. Es casi igual que con las personas. Si te comportás de manera agresiva, en general te devuelven agresión.”

Es justo. Pero en un mundo repleto de animales peligrosos, ¿Kesha va a poder estar a salvo finalmente? Para contestar eso, hay que dejar que su viejo amigo Hughes cuente una historia. Una vez, ella estaba fumando marihuana con los pibes de Eagles of Death Metal, cuando tenía alrededor de 16 años. Un tipo -no un miembro de la banda- le agarró un pecho. Ella le preguntó con calma si había sido un accidente, si en realidad él sólo había querido pasarle el porro. No, contestó él, y ella no lo dudó. “Le pegó una trompada directamente”, recuerda Hughes, con admiración palpable. “¡Pum! En medio de los labios, le cortó el labio superior. Después, lo perdonó recién cuando él pidió disculpas.”

Se ríe. “Yo la admiro”, dice. “Es una jodida heroína, y una verdadera luchadora.” Agrega un último punto destacado: “Y ella es la que gana”.

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